¿Tienes preparado a tu perro?

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Es junio, las espigas de las cunetas de los caminos hacen que extreme aún más mis precauciones de preparar alguna en el cuerpo de mi perro, pues son un verdadero peligro ahora que se empiezan a desprender desafiantes con su forma de lanza.
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Varios perros en el campo.

Avanzan con desconcertantes secuelas, nos hacen visitar al veterinario y lo que puedes ser peor, no obligan a coger el bisturí, ahora que más necesitamos poner el toque final a nuestra mutua preparación física a un paso de la media veda.

Lo sensato en estos tiempos, y ya de cara al año que viene o a los primeros paseos si aún no hemos comenzado nuestra preparación, es llevar al perro corto, que camine por la tierra del camino, para que sus almohadillas y sus músculos se vayan haciendo y fortaleciendo poco a poco, que no se paren tras los entrenamientos del mes de mayo.

Los días comienzan en julio a recortarse un poquito, pero el calor sigue siendo el protagonista de nuestras salidas al campo, y es en este momento donde tenemos que preparar al perro de caza menor y a nosotros mismos para aguantar, sobre todo, las primeras salidas tras las codornices a mediados de agosto, aunque algunos podamos darnos alguna escapada en aquellos cotos donde se autoriza la caza del conejo con perros a partir del primero del citado mes.

Compatibilizar perros levantadores y de muestra cazando en los espesos cauces secos de los arroyos es muy difícil y ambos tipos de perros acabarán realizando unos lances que se asemejarán más a los del podenco, es decir a levantar la pieza como sea, para que el cazador pueda intentar disparar sobre ella, pero con cierto riesgo en el caso de la africana que, en ocasiones, sale demasiado rasera tapándose con la silueta del perro que la persigue una y otra vez.

El cazador debe ser consciente de lo que está propiciando, pues cuando llegue la temporada general y el adversario sea otro, véase perdices rojas, dicha situación nos dará más de un quebradero de cabeza al intentar controlar las embestidas de ese perro de muestra que tanto juego nos dio en su momento y que ahora se limita a obligar a la caza, bien sea de pluma o de pelo.

Cada uno debe tener claro la forma de caza y es ahí donde se suele chocar, incluso entre compañeros de la partida de caza, pues unos llevan un tipo de perro y otros se decantan por un estilo totalmente dispar al que camina a su costado, aunque todos coincidan en aquello de hacer descubrirse a la pieza e intentar meterla en su morral.

Los pollos de perdiz comienzan a ganar volumen y fuerza en su vuelo, pero debemos seguir extremando nuestra cautela para evitar accidentes no deseados en nuestras primeras incursiones en los rastrojos cuando, sin escopeta, vayamos acostumbrando al perro a la dureza de los pajones, que aún no se han recogido en algunos cotos. Para lo anterior deberíamos contar con la autorización o beneplácito del titular del coto, pues no debemos olvidar que pisamos su aprovechamiento, pero no tenemos que abusar, con lo que deberíamos llevar la máxima cautela con la presión sobre las especies de la zona, variando nuestras salidas a puntos distintos cada vez.

Los perros de caza suelen ser muy listos y si les llevamos varias veces a la misma zona, acaban adquiriendo vicios, como registrar siempre las mismas matas de esas lindes, en la que sabe que hay caza, por ello recomiendo cambiarle los recorridos en los entrenamientos, aunque tengamos que llevarlo con el aire en su cola.

La disciplina de búsqueda de un perro de caza será la que nosotros le inculquemos y, sobre todo, prodiguemos en nuestras incursiones en el campo. Ya sabemos todos que lo ideal está en llevar el aire en la cara, una brisa suave será mejor que una muy potente, que confunde las emanaciones y las hace resaltar en exceso a los perros demasiado sensibles a la presencia de la caza.

Es una buena lección llevar el perro que tiene tendencia a irse en punta ante los efluvios de las piezas en contra del aire, pues así le obligamos a buscar en lazos hacia atrás, además de enseñarle a ser listo en su búsqueda, pero siempre con un ritmo de nuestros pasos demasiado lento, parándonos en ocasiones, con lo que lograremos que vaya siempre pendiente de nosotros.

Podemos hacer unos pequeños experimentos en estos días, que sirven para no hacer tan monótono nuestros quehaceres con nuestro perro, en primer lugar pondremos a prueba y nos daremos consciente cuenta de cómo se marcha en punta en el momento que le llega la primera emanación de caza y cómo se comporta, algo que hasta ahora en todas nuestras salidas al campo no nos parábamos a observar y a valorar.

Ese relativo control que debería tener nuestro auxiliar de esperarnos a que vayamos juntos al mismo ritmo, sin carreras excesivas, aunque cuando las perdices deciden peonar es muy difícil sujetarlas, pero las piezas de pelo que se encuentran encamadas o son más susceptibles de aplastarse, podrían ser las mejores aliadas para corregir ese ímpetu un tanto independiente de ese animal que, en más de una ocasión, no quiso entender que nosotros también contamos en ese paraje.

Hay que cambiarle los esquemas con frecuencia, sobre todo al perro joven, para que aflore la iniciativa o la capacidad de adaptación y aprendizaje que lleva dentro con variaciones de ritmo. Unos días iremos más deprisa al principio e iremos disminuyendo nuestra velocidad de forma irregular, para desconcertarle y le obliguemos a estar pendiente de nosotros, unas veces de forma visual y en otras ocasiones con el ruido que proporciona nuestro cuerpo cuando caminamos por el monte, rodando piedras o crujiendo matorrales.

Si ya tenemos un tanto acostumbrados a nuestro perro a no alejarse en punta cuando vamos a un paso más o menos sosegado, ahora deberíamos romperle los esquemas caminando unas veces más deprisa de forma que siempre establezca, o al menos lo deba hacer, un contacto visual con nuestra silueta, y sobre todo esté atento a nuestras señas, de las que a continuación hablaremos.

Las señales, sobre todo con la mano, o con el silbido, constituyen una de las creatividades que algunos cazadores siempre han desarrollado con todos los perros que han tenido a lo largo de su vida. ¿Quién no ha visto las variadas indicaciones que se llevan a cabo con nuestro brazo, con nuestra mano, bien en alto o junto a nuestro muslo? Cada uno emplea unos gestos para corregir o comunicar algo a nuestro perro para así evitar voces o incluso silbidos que podrían alertar a la caza.

Hora es de practicar lecciones que nos servirán de mucho, lo que no cabe la menor duda es que si nos empleamos un poco y hacemos un análisis continuo de lo que va sucediendo en nuestros entrenamientos, a poco que vayamos corrigiendo las desviaciones tendremos un perro entrenado y listo para cazar en rastrojeras y perdidos, y lo que es más importante, casi listo para enfrentarnos a la temporada general que se va acercando, donde las piezas de pelo y las difíciles perdices nos harán pasar buenos ratos.¡No los estropeemos nosotros por no haber sido previsores!

(Texto: Cristóbal de Gregorio. Fotos: Archivo).

 


 


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