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Fruto de las perversiones en la crianza canina

No podemos tolerar que un perro de caza no cace

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Un perro, según su edad y sus temporadas cinegéticas, podrá dar con más caza, será capaz de realizar cobros más fáciles o más difíciles...; en definitiva, irá sacando todos los recursos adquiridos de las experiencias vividas y que habrá ido acumulando.
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Joven braco alemán en una sesión de adiestramiento.
Los perros no se cruzaban con menos de tres o cuatro temporadas de caza de las de antes, que son como el doble de las de ahora

Pero un perro de caza tiene que salir cazando desde su más tierna edad; se le podrá perdonar que se meta encima de las perdices porque va queriéndose comer los rastros, podremos disculparle que se despiste en el cobro de una perdiz alicortada o con un conejo plomeado, podrá tener más o menos nariz, pero lo que no podemos admitir (¡nunca!) es que un perro de caza no cace.

Entiendo que la crianza debería ir encaminada exclusivamente a intentar mejorar todo lo posible cada raza y los ejemplares de la misma, y sus frutos tendrían que ir a parar a las manos de los aficionados a la caza con perro.

Lo que ocurría antes

Antes de que esto de los perros pudiera entenderse como un negocio más de los muchos que han florecido alrededor de la caza, se criaba solamente de aquellos perros contrastados y con el claro objetivo de intentar mejorar a los progenitores. Era frecuente entre los aficionados la frase: “con que salga la mitad de buena que la madre me conformo”. Salvo algún despiste indeseado, los perros no se cruzaban con menos de tres o cuatro temporadas de caza de las de antes, que son como el doble de las de ahora, tanto en el número de jornadas como en las posibilidades que los perros tenían de morder todo tipo de piezas de caza.

La triste realidad actual

Actualmente el reclamo publicitario más utilizado para vender un cachorro es decir que es hijo o nieto del campeón de no sé qué. Cualquiera podrá entender ahora la sensación que algunas veces tenemos cuando adquirimos un cachorro, que es, ni más ni menos, que la misma que depositamos en un número de la lotería. Yo sé perfectamente que un cachorro es como una caja de sorpresas, pero también les puedo asegurar que cuando la crianza se realiza con progenitores contrastados y en camadas anteriores se han observado unos buenos resultados en la mayoría de los cachorros, las posibilidades de encontrarnos con sorpresas desagradables (como las que se están presentando con más frecuencia de la deseada: perros con problemas en el cobro, sin pasión por la caza o con una pasión descontrolada) se reducen bastante.

La ilusión depositada en cachorros

Un cachorro es un rayo de ilusión que nos aporta ganas de vivir, entre otras razones porque nos transmite su alegría y vitalidad. Nos motiva para hacernos nuevos proyectos, buscamos nuevos cotos de caza que nos ofrezcan más posibilidades de caza e intentamos sacar algunos días más para poder ir de caza. Todo en función de intentar darle a ese nuevo compañero todas las posibilidades del mundo para que pueda sacar todo lo que lleva dentro. Y les aseguro que no existe nada más desolador que comprobar que dentro no hay nada, porque nadie se había preocupado de llenar esa cajita de sorpresas con los condimentos necesarios para que ese proyecto se pudiese convertir en una agradable realidad.

En definitiva, se está haciendo un flaco favor a la caza en general y muy en particular al mundo del perro, por lo que entre todos deberíamos intentar moderar y sosegar todo este batiburrillo que se ha originado alrededor de la crianza de perros de caza, para poder seguir cazando con un perro “en condiciones” domingo a domingo.

(Texto y fotos: Pepe Durán)




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