



Es conveniente emplear un perro de tamaño pequeño, que puede permanecer sin incomodarnos entre nuestras piernas y no supone ningún estorbo. Y tras el disparo él será el primero en aproximarse al guarro, evitando que nos llevemos desagradables, cuando no peligrosas, sorpresas. También nos será de gran ayuda si el cochino huyó herido y hemos de iniciar su pisteo.
El aguardo exige un comportamiento muy específico al cazador, constituyendo probablemente la modalidad de caza mayor en que la fusión entre cazador y naturaleza es más esencial. Gemela del rececho, la comunión con la naturaleza y el respeto de las pautas ancestrales del predador (silencio, sigilo, disimulo y simulación) son esenciales para el éxito. En los largos atardeceres del verano, en esas noches cálidas del estío iluminadas por el farol de la luna que invitan a la vigilia, la espera o aguardo es la práctica venatoria apropiada para cazar el jabalí. Es una caza de prudencia y ocultamiento, tras comprobar las querencias del animal (las bañas y lugares de alimento, los pasos fijos, etc.), de mucha paciencia y silencio, así como de recogimiento nocturno y solitario, pues hemos de tener en cuenta que el aguardo requiere fortaleza frente a las inclemencias climáticas y una enorme constancia. Es, sobre todo, caza inadecuada para el cazador ansioso, que será incapaz de concentrarse en cada pequeño ruido que delate la llegada del macareno solitario, sea la rama que remueve el viento, el zapateo de unos conejos que merodean buscando alimento o el insobornable coro de los grillos, cuyos cambios en la soledad del campo son indicadores de que el suido está próximo.
¿Y de perros qué? En la espera el perro no es esencial, no lo es en todo el lance cinegético, pero nos va a resultar muy útil si podemos contar con su auxilio. Si el cochino entró y le pudimos tirar, cuando el disparo no acabó con su vida y vemos en algún punto del entorno, en algunas ramas o piedras, señales de sangre, un buen perro de rastro que tengamos educado a permanecer quieto a nuestro lado va a resultarnos de gran utilidad. El que busque un perro para esta modalidad ha de tener en cuenta que unas veces efectuará el aguardo en un puesto en tierra, cerca de los pasos querenciosos del animal, pero en otras puede ser necesario encaramarse a un mirador o torreta, por lo que los perros de talla más pequeña van a resultarnos siempre más cómodos y apropiados.
Inevitable resultar recalcar la necesidad de trabajar con perros muy inteligentes y de reducida talla en esta modalidad, animales dotados de una notable sensibilidad e inteligencia que les permitan asimilar el adiestramiento sin esfuerzo ni violencia. En este tipo de perros, como los teckel, jagd o fox terrier, su capacidad de aprendizaje nos va a ser necesaria para enseñar al animal que debe permanecer muchas horas en absoluto reposo.
El jagd es más tozudo, como buen terrier, el teckel más versátil, una cualidad en la raza que hace que cada año se incremente el número de cazadores que apuesta por ella. No he conocido teckel torpes, pero sí demasiado listos, perros que toreaban a propietarios incapaces de imponerse. Un perro adecuadamente adiestrado puede acompañarnos a cualquier cacería, no importa la modalidad, incluida la espera del guarro. Sólo es necesario que tenga la capacidad de aprender cuándo es imperioso estarse quieto y en silencio, como en la espera, y permanecer a nuestro lado y no moverse si nosotros no nos movemos. Si le hemos educado correctamente respetará el disparo sin menearse, y en caso de que el navajero haya quedado herido y sea necesario pistear su marcha, estará allí, a nuestro lado, sin que tengamos que regresar a casa o al coche a buscar un perro de rastro. Hay modalidades cinegéticas en las que el perro no acaba de cuajar, como en los aguardos, por culpa de esos cazadores que, cargados con el rifle y el perro, se lían con la correa del animal.
Para evitar que el primer día que decidimos llevar a nuestro perro ya bien educado a una espera puedan aparecer comportamientos indeseados en el animal, como nerviosismo o inquietud, es preferible entrenarse en un aguardo simulado. Los sentidos del perro bien sabemos que están mucho más desarrollados que los nuestros, especialmente el olfato y el oído, por consiguiente en lo que para nosotros puede parecer quietud nocturna del campo, él va a detectar una inmensa gama de olores y ruidos que le alertan y ponen en tensión. Éste es otro modo en que el perro nos puede ayudar en una espera, además del rastreo de la pieza herida, el de utilizar sus sentidos agudos como centinelas de lo que ocurre a nuestro alrededor. Poseen una percepción muy elevada de los sonidos, siendo capaces de distinguir incluso sonidos muy leves y lejanos con facilidad. El oído es el segundo sentido más desarrollado del perro, siendo capaz de localizar el origen de la fuente emisora a muchos metros de distancia con un margen de error mínimo, pudiendo percibir sonidos de hasta 60.000 Hz. (los ultrasonidos) frente a los 20.000 Hz. del oído humano. Es una capacidad heredada de su ancestro el lobo, pues entre la dieta de los lobos se encuentran los roedores, animales que emiten ultrasonidos, por ello los lobos agudizaron su sentido auditivo para localizar estas presas. Si en el puesto el perro se queda quieto, si le vemos que presta atención súbita ante algo que seguramente nosotros no hemos percibido, es señal de que algún animal merodea cerca aunque nosotros no lo sintamos.
Lo primero es educar al perro a caminar a nuestro lado o, mejor aún, un paso por detrás de nosotros. No es una enseñanza sencilla, pues todos conocemos el afán de los perros por ser los primeros en abrir trocha, como si supiesen a dónde nos dirigimos. La conducta de tirar o arrastrar de la correa es más fácil de prevenir que de corregir, por lo que la enseñanza debe iniciarse cuando el perro es un cachorro. Los perros tiran de la correa por diversas razones: entusiasmo por seguir un rastro, excitación que les provoca el campo repleto de olores que investigar o, simplemente, porque tienen algo contra lo que tirar, ya que la presión que ejercemos por retenerlos les invita a una contrapresión. Vamos a repasar la educación para que nuestro perro no tire de la correa en tres pasos.
*Primer paso: colocamos al perro a nuestra izquierda, naturalmente sujeto con el collar y la correa, y comenzamos a desplazarnos a paso normal en línea recta. Tan pronto como el perro se adelante y empiece a tirar de la correa nos detenemos, sin hacer ninguna otra cosa, sin dar un tirón de la correa en contra. El perro se va a detener inmediatamente, momento en que le elogiamos y reemprendemos la marcha en la misma dirección. Aplicar este ejercicio unos diez minutos y tres o cuatro veces al día durante una semana deja al perro preparado para la segunda etapa.
*Segundo paso: Iniciamos el ejercicio igual que en el primer paso, pero tras elogiar al perro que se detuvo emprendemos la marcha en dirección contraria. Inicialmente el perro caminará a nuestro lado (aquí debemos felicitarle) y al poco se adelantará de nuevo tirando. Repetimos este paso el mismo número de veces que el anterior.
*Tercer paso: Le vamos a enseñar la orden de “junto” ahora que el perro ya está condicionado a responder a nuestros movimientos. En todo el proceso es importante no obligar al perro a obedecernos a tirones de correa, sino logrando que el animal esté atento a nuestros movimientos y se pliegue a que seamos nosotros los que marquemos siempre la dirección a tomar. Nuevamente iniciamos la marcha como en el primer paso pero pronunciando la orden “junto”, que repetiremos a cada cambio de dirección cuando el perro se sitúa a nuestro lado; de esta forma establecerá la conexión entre el "junto" y caminar a nuestro lado. Para repetir el ejercicio podemos realizar un cuadrado imaginario: quince metros al frente, giro a la derecha, quince metros al frente, nuevo giro, siguiendo así hasta completar el cuadrado para luego repetir girando a la izquierda. Los dos puntos a tener en cuenta son: a) siempre que el perro se adelante y tira de la correa nuestra corrección va a consistir en un cambio de dirección y no en un tirón de la correa en dirección opuesta; b) cuando el perro se situé a nuestro lado el premio consistirá en la palabra “junto” emitida elogiosamente. Si repetimos esto dos o tres semanas con un cachorro joven lo aprenderá sin dificultad. Es importante acostumbrarse a emitir las órdenes con autoridad pero sin alzar la voz, pues en el campo todo ruido que emitamos es excesivo.
Esta educación no va a interferir en la que proporcionemos al perro para seguir el rastro de sangre. El perro distingue perfectamente cada momento de la cacería y en cuanto le pongamos la traílla de rastro, una traílla larga, a la que le habremos acostumbrado durante el aprendizaje del rastreo de sangre, su aptitud cambia y sabe que debe ir delante siguiendo el rastro. Los perros, una vez condicionados, no tienen ninguna dificultad para distinguir entre uno y otro momento de su trabajo en la espera.
(Texto: Eduardo de benito. Fotos: Archivo).










Eduardo como nos afilas los dientes, con tus relatos,
Hay un gran perro,no solo por su talla,tambien por su valentia,y siendo de la familia de los Fox,como es el
Airedal Terrier,yo he tenido,un ejemprar y he cazado con una cuadrilla de aqui de Camtabria que a parte de los Sabuesos tenian esta raza,y realizaba el trabajo al que tu defines ,solo para perros muy inteligentes.
Responde bien a toda clase de adiestramiento,pues en Inglaterra se le denomina,perro niñera y
apareciendo tambien como auxiliar de pocilia,es posiblemente de las razas mas valientes,como todos los Fox
ni un paso atras.
Un noche a la luz de la luna en la meseta Castellana,en mi caso,como cada uno en su zonas de influencia,no tiene precio,y por mucho que te lo cuenten,hay que vivirlo.
Un saludo y como tu dices El Perro es Cultura.