El perro perdicero templado

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Dicen que el perro de perdiz se hace con campo y mucho contacto con los pájaros, pero a estas alturas del trasiego, lo que está claro es que el perro ha de ser templado y esto implica ciertos condicionantes.
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Pointer, braco, setter y bretón son cuatro de las razas de perros perdiceros por naturaleza.

Tal vez cabría decir, en primer lugar, que lo prioritario es una cabeza bien templada. A partir de ahí, sus cualidades pueden ser moldeables, pero los tiempos no corren precisamente como para que les dediquemos mucho tiempo a nuestros perros de muestra. De ahí que la imagen y la primera impresión es la que cuenta, por lo que nos decantamos siempre por razas y ejemplares que muestran, cobran y no se alargan demasiado. Parece que pedimos imposibles y, por tanto, nos conformamos con poco; para no complicarnos demasiado la existencia... Las respuestas de muchos cazadores encuestados reflejan a menudo que los principales aspectos son éstos, cuando creo que en el fondo lo que mejor define a un buen perro perdicero (templado o no, eso vendrá después) es su vocación y la forma de trabajar el campo. Siempre será un buen punto de partida una búsqueda efectiva y bien encaminada, ya que la muestra o el cobro son requisitos que además aportan valor a ese ejemplar. Pero sin lo primero, no hay lance.

El perro de perdiz salvaje debe tener complicidad con su dueño y adaptarse a la forma de cazar de éste. De lo contrario, sólo salen complicaciones. Vemos demasiados cazadores persiguiendo a sus perros por el llano o dándoles empujones en la ladera, pero si el cazador no lleva un perro que cace de forma efectiva a su ritmo (y éste varía según las circunstancias del momento y lo que ‘pide’ la perdiz), irá siempre más pendiente de su perro que de la caza. Es entonces cuando llegará el momento en el que se desentienda de él y procurará “que al menos no me estorbe, ya cazaré yo...”. Ese vínculo y un ritmo adecuado sirven de plataforma de impulso a todo lo demás; el perro deberá poner al máximo sus sentidos en la búsqueda, al igual que el cazador. De nada vale que el perro avance centrado y con esfuerzo, si cuando sale una perdiz descolgada de la cañada nos coge distraídos y con la escopeta en el hombro. Eso no es serio.

Se valora mucho la calidad de la nariz de nuestros perros de caza y, lo siento, tal vez suene raro, pero casi todos huelen más o menos igual. Por capacidad (excepciones aparte), todos vienen a tener una nariz similar. La diferencia está en cómo la utilizan, qué entrenamiento tienen y cómo madura y crece la capacidad de detección de un perro u otro ante el más leve indicio, y cómo reaccionarán entonces poniéndose serios sobre rastro o viento. Digamos que lo que sirve para cazar perdices no es que el perro sea finísimo de nariz, sino que tenga la nariz bien puesta... Casos extraños nos han acompañado a veces en nuestras cacerías, como perros de grandes vientos largos a los que tirábamos pájaros ariscos a saque de escopeta y que eran casi inútiles cuando lográbamos meter un bandito en un barbecho a media mañana, dejándose todas las perdices atrás. Esto es falta de adecuación si ese perro, excelente en el llano y con perdices apeonando, no se centra cuando los pájaros se amagan. Los seguirá buscando como antes, con lo cual dejamos allí las perdices para otro cazador que llegue unos minutos más tarde con su perro templado y centrado en lo que debe estar... Sólo le bastaba darse cuenta, observar a su dueño cómo avanzaba más lento y se paraba de vez en cuando, y entonces reaccionar y pegar la nariz al suelo para buscar con tesón. Así tiraríamos más de un pájaro casi pisado y a muestra. Sin embargo, la mayoría de los cazadores perdiceros se deja llevar por la figura, por la estética y la plasticidad en el trabajo, y a menudo no llegan a ese punto de reflexión en el que debemos preguntarnos qué perro necesitamos realmente, no cuál nos gusta más o con cuál soñamos, sino cuál es el más efectivo para nosotros. Para ello, lo primero es pensar acerca de qué debe tener un buen perro de perdiz para que rinda según nuestra forma de cazar.

“Me da igual la raza, pero que no se aleje”

Por este motivo dejamos de conocer las virtudes de determinadas razas que en principio nos dan la impresión de ser demasiado rápidas, independientes e incluso complicadas de meter a la distancia adecuada para el trabajo de búsqueda, por lo que al final nos ceñimos a una o dos razas “asequibles”, ya que lo que prima en la mayoría de los casos es que el perro no se aleje. Y nos equivocamos. Es cierto que cada uno debe buscar entre las razas que en principio mejor se adaptan a su forma de cazar y al terreno, pero la caza de la perdiz es una escuela continua en la que el cazador pasa por etapas (aprobándolas o no), y en cada una de ellas debe ser valiente y apostar por el perro que mejor se perfila como acompañante y aliado para colgar unas cuantas de las del pico rojo.

Así, y aunque algunos cazadores se adaptan de principio a fin de su actividad a una raza determinada, lo ideal es apostar por perros cómodos de llevar en la primera etapa de contacto con la caza, caso de esos chavales que comienzan a los catorce años; en este periodo hacen falta perros que no resten atención al nuevo cazador y que faciliten que pueda vivir buenos lances a lo largo de sus primeras temporadas. Pero en cuanto se vea ya con capacidad suficiente para manejar bien las perdices y con su impulso logre ya ponerlas a tiro con cierta facilidad, ese cazador necesita apostar por los perros más veloces y que recorran más cazadero, cazando siempre con vínculo, pues es su etapa de cazar así. Los perdiceros más jóvenes necesitan explorar lo que se siente cazando con perros de mucha sangre; es su momento, dos pura sangre aliados en la caza. Hablamos, por ejemplo, de los ‘temidos’ por muchos pointer y setter inglés. ¡Ojo!, perros de líneas cazadoras constatadas.

La etapa de alto rendimiento en la caza de la perdiz viene cuando el cazador ha desfogado ya unas cuantas campañas cinegéticas, ha cazado de poder a poder un buen número de patirrojas. Es entonces cuando comienza ya a repartir su jornada, apuesta por trabajar a buen ritmo la primera parte de cada salida al campo, pasando luego, mediada la mañana, a trabajar a conciencia con su perro los lugares más querenciosos, ‘recolectando’ las piezas que ha movido y sacado de su querencia orillándolas. En esta etapa, el perdicero comienza a temer las reacciones a veces desconcertantes de los perros veloces y busca razas con brío y sosiego equilibrados. Perros de buen andar pero más productivos en un radio de acción algo más corto. Quiere perros mostradores asequibles al disparo y que cobren bien, pues no hay que dejar alicortas en el campo. Es momento de bracos y bretones.

En estas etapas, y según la zona y las costumbres cercanas al cazador, también entran en escena otras razas muy llevaderas que deparan un alto número de perros muy templados y adaptables para la caza de la perdiz en cualquier terreno y circunstancia. Hablamos de podencos andaluces, perdigueros de Burgos y pachones. Éstas son las razas que menos cazadores emplean actualmente para la perdiz, pero poseen un alto grado de conexión con el cazador y además de ser muy tesoneras, son razas totalmente adaptadas al terreno. En buenas manos, éstos son perros que rebañan el cazadero, lo que se traduce en la percha, pudiendo resolver los lances siempre a tiro.

Cualquiera de los aficionados a los que hacemos mención necesita perros apegados y templados de impulso. Un pointer puede ser muy centrado y cazar de maravilla, de forma que aprovechemos casi todos los lances, y un bretón puede estar todo el día laceando a doscientos metros por delante de la escopeta. Tengamos en cuenta la raza (por supuesto), pero el verdadero secreto, la templanza, debemos buscarla en cada ejemplar. No podemos concluir sin mencionar que, a menudo, es el cazador el que provoca que su perro ande más o menos en el trabajo de búsqueda. Hay pautas que impulsan al perro a salir pitando y sin vincular su trabajo con la acción del cazador (a este tipo de perros es al que más tememos), y entre ellas destacan la falta de campeo continuado y de convivencia con el dueño. Un perro aislado y sin ejercicio en el campo sale a ‘comerse’ el cazadero. Da igual que pitemos o que le demos al mando a distancia; el problema es de fondo.

El perro perdicero necesita apego

Así es, el perro de perdiz tiene que ser compañero y no servidor del cazador. Esto puede resultarles extraño a algunos cazadores pero, en el fondo, el cazador debe ver en la mirada de su perro una complicidad y un saber estar en cada momento que aporten confianza en la caza. Para que un perro trabaje siempre en el cazadero pendiente de nosotros, debe tener absoluta confianza en su dueño, respetar lo aprendido y volcarse en la búsqueda de caza. En el fondo, da casi igual que tenga más o menos nariz, ya que lo que importa es el comportamiento y la vocación, que debe ser pareja a la nuestra.

Eso sí, no pretendamos que el perro se automatice según todos nuestros criterios. Debemos analizar al cachorro y apostar por las líneas educativas y de iniciación adecuadas para que el perro reaccione como deseamos, todo ello adornado de muchas, muchísimas horas de campo con su dueño y que, cuando salga a cazar, sepamos en cuántos minutos el perro calienta y se centra; y que el perro sepa a partir de cuándo tiene que centrarse ya en la estrategia que adoptamos.

(Texto: Miguel F. Soler. Fotos: Archivo).


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muy bueno leccion correcta

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