



Es un tema con el que nos hemos ido obsesionando según ha ido cambiando el campo, la caza y los perros cazadores a lo largo de estas dos últimas décadas, años en los que prácticamente todos hemos tenido que adaptarnos a lo que la cría actual de perros de caza ofrece al cazador, y que obliga a cambiar numerosos esquemas tradicionales porque la realidad es la que es, y quien no se adapta, ya sabe, se queda atrás. Ahora los perros de caza realizan su trabajo, por término medio, mucho más distanciados de la escopeta que hace unas cuantas décadas, y ello por varios motivos, entre los que figura capitaneando el listado nuestra prisa por todo, seguido muy de cerca por el impulso nato que tienen ahora la mayoría de los perros cazadores.
Así es y nadie debe esconderse ni dejar de reconocer las cosas tal y como son. Por nuestra parte, hemos ido bajando el ritmo y aparcando esa necesaria claridad de mente en las salidas al campo, arrinconando los tradicionales campeos y dedicando muy poco tiempo a nuestros perros, y esto pasa factura. Además, ahora queremos perros más mecanizados. Por parte de las razas cazadoras más habituales hay de todo, pero sí se constata que muchos -demasiados- cachorros salen ahora con un afán desmedido por recorrer el cazadero y por seguir así toda la mañana, y esto no es malo siempre que acompañe lo demás en ese perro: nariz, inteligencia y capacidad de adaptación.
Son muchos años insistiendo en un criterio diferente al que se tenía hace algunos años más, donde primaba criar con perros curtidos y con constatadas facultades para la caza de verdad. Nos hemos acostumbrado a criar con perros muy jóvenes por ser hijos de tal o cual campeón y por la estampa, y esto, insisto, nos condiciona hoy por hoy. Y me temo que de aquí en adelante, si los padres no han mostrado la cara aún, los hijos pueden ser todavía peores, aunque siempre surge cuando menos te lo esperas el tan ansiado crack. Así las cosas, el cazador debe reaccionar y posicionarse ahora mejor que nunca, dejar de sufrir inútilmente con pretensiones que ya difícilmente puede lograr (“tener perros como los de antes”) e intentar sacar partido a lo que un buen cachorro puede ofrecer hoy; para ello hay que trabajar duro y con método, olvidarnos de los sistemas de solución rápida, regresar a un trabajo de fondo desde los inicios y, ya de paso, mentalizarnos sobre la distancia a la que nuestro perro va a trabajar en las jornadas de caza.
No debe importarnos que un perro cace a una distancia que exceda la normal del tiro de caza siempre que el cazadero y las piezas que buscamos lo permitan. De igual forma, es deseable hoy por hoy que el perro trabaje a un ritmo fuerte y con una búsqueda amplia pues, por desgracia, la caza escasea. Este principio es lógico, pero luego debe acompañar a todo esto que el perro tenga recursos para facilitar el lance. Aquí debemos romper la primera barrera que nos obsesiona, esa distancia. Parece que todo lo que no sea llevar al perro a quince metros es un sacrilegio, cuando no nos damos cuenta de que si apostamos por perros de razas con búsqueda amplia de origen, ampliada aún más en estas décadas fruto de la cría destinada a fines competitivos, debemos ser coherentes con ello.
Desde hace años existe la pretensión de que los perros deben correr más en el trabajo de búsqueda; eso parece ser lo acertado y deseable, y por ahí entramos algunos de nosotros. Todo parecía que esto elevaría la calidad del trabajo de estos perros y que, además, el cazador sería mucho más “deportivo”. Se buscaba al perro campeón, pero sin darnos cuenta de que en el campo y con caza de verdad, sin veinte encorsetados minutos para todo, la cosa cambia.
No tiremos la toalla, que todavía salen buenos perros de escopeta. El cazador aquí debe afinar mucho y decidirse por una camada muy bien buscada, pero sobre ello, ha de tener claro que debe realizar un trabajo duro, continuado y muy bien enfocado, para que ese cachorro sea asequible en las jornadas de caza. Y además de todo ello, rezar, rezar mucho, creo que me entendéis...
Un perro trabajando a ritmo elevado en el cazadero no supone ningún problema siempre que esté en sintonía con el cazador; ahí está el alineamiento de los objetivos, porque sin ello es imposible cazar con un perro así. Si el cazador sabe sacar partido al posicionamiento de su perro en el campo puede llegar a resolver lances, y si el perro siempre está en contacto con el cazador, esa pareja será productiva para la percha y, sobre todo, para el disfrute venatorio. De otra forma, nada funciona.
Caemos en un error de forma muy habitual, impulsados por las dichosas prisas por todo, y es querer que el perro salga cazando templado desde el primer minuto, lo que nos lleva una y otra vez al desconcierto y al cabreo. Como cada uno de nosotros conoce a su perro y cómo suele reaccionar más o menos en cada jornada, apostemos por repartir tiempos y dejemos una primera parte para que el perro desfogue y corra (en los arranques de la jornada es cuando menos importa esto, pero así logramos en muchos casos que a media mañana ese perro fuerte y que busca demasiado largo para nosotros, se temple y se meta a mejor distancia). Hay perros que ‘piden’ a gritos que actuemos así, pero no queremos darnos cuenta.
Falta algo, ¿verdad? La cabeza. Decimos que un perro inteligente con buena nariz es el deseable para todos, aunque hay quien se sigue empeñando en buscar perros que tengan un estilo de escándalo, batiendo el cazadero a ritmo de rayo y con una profundidad impresionante, aunque esto haga imposible que llegue a resolver los lances ni al comienzo ni al final de la jornada, pues la que manda es la caza brava. Posiblemente el principal problema que hemos ido encontrando en estos veinte últimos años es que muchos perros, demasiados, tienen gran nariz, buena andadura, pero escasa inteligencia de cara a la caza real; esto es una realidad y ha llevado al desengaño a miles y miles de cazadores que en apenas unos años se han visto sin perros “como los de siempre”.
Un perro inteligente y que sabe estar en situación utiliza su nariz y su empuje para sacar partido según pide el momento, pero nunca mantiene un trabajo que lo lleve a buscar lejos de la escopeta de principio a fin; esto es imposible con caza de verdad. Además, o el perro se dosifica o cae fulminado en un día de calor, y en casos menos extremos, acaba derrengado a media mañana después de haber sacado del término desde la primera a la última perdiz; ni hablemos ya de liebres o conejos, pues posiblemente no tiremos ninguno en la temporada.
Un buen perro veterano puede tener días en los que no está centrado (como nosotros), días en los que tenga momentos brillantes con la caza y momentos nefastos, pero siempre mantiene un ritmo y una profundidad de búsqueda adecuados al trabajo que debe realizar, manteniendo un vínculo adecuado con el cazador. Si hay indicios de pieza, acortará el ritmo y, por ello, se arrimará un poco más al cazador. Si no toma referencias desde hace un rato, es normal que amplíe un poco más su distancia de búsqueda para profundizar e intentar localizar alguna referencia que le lleve a la caza. Esto se ve en los cachorrones en unos meses, se aprecia qué perro tiende a trabajar según las circunstancias y qué perro sale siempre igual y hace prácticamente lo mismo. Atentos aquí, pues si este cachorro reacciona siempre así y tiende a buscar retirado de nosotros, va a ser complicado que resulte un gran perro de caza; seguramente valdrá, pero no va a destacar porque está mecanizado desde él mismo. Un perro que caza siempre igual está diciendo a gritos que tiene pocos recursos, y si ya bate largo de entrada, lo mantendrá y cada vez con mayor impulso.
Insisto, en estas últimas décadas nos hemos obstinado en buscar al perro de nariz prodigiosa y gran andadura, pero nos ha faltado la selección efectiva para encontrar a los ejemplares más centrados y capaces de adaptarse a las circunstancias de la caza de verdad, donde el reloj no mide, ni hay que comerse el cazadero más rápido cada vez para hacer un punto aquí y otro allá. La perdiz de verdad y la escopeta no entienden de estas cosas.
El perro de caza nunca puede realizar de forma sistemática una búsqueda larga porque el campo no siempre lo pide, y lo malo no es esto, sino que nos hemos acostumbrado al perro que ‘pide’ a gritos que lo frenemos como sea porque de otra forma no hay quien cace. Y al perro se le frena, cuando hay que hacerlo, con tiempo y lógica, y poco más; lo que está claro es que no podemos estar toda la jornada más pendientes de la distancia a la que trabaja el perro, sintiéndonos moral y físicamente imposibilitados para seguir su ritmo, que de la propia acción de caza. El aficionado que sale hipotecado ya de su casa por el trabajo que va a realizar su perro, tiene los días contados en esta afición, ya que tarde o temprano no le merecerá la pena salir al campo.
El perro tiene obligatoriamente que centrarse con el campo, y si no lo hace, me temo que no va a destacar más allá de ciertas pinceladas de vez en cuando, pero ‘pintará’ poco. Es lo que estamos comentando: equilibrio, inteligencia, capacidad de adaptación y de dosificarse según las circunstancias. Buscamos al perro que “cace corto”, pues estamos cansados de perros que se van y se van cada vez más lejos, y por este motivo nos llega el desencanto, dejamos de criar perros con ilusión y hasta pensamos dejar la caza al salto o en mano porque ya no hay quien soporte esta presión continua durante temporadas.
Habitualmente no caemos en algo fundamental, y es que tanto nuestros perros como nosotros pasamos por etapas muy diferentes no ya a lo largo sólo de nuestra trayectoria cinegética, sino aún dentro de cada temporada, lo que influye muchísimo en la relación entre ambos, pues precisa entendimiento y adaptación, y, además, repercute directamente en el mayor o menor contento y acople con la distancia entre perro y cazador durante la caza. El ejemplo lo tenemos bien cerca, en esta misma temporada sin ir más lejos; muchos de nosotros comenzamos en la desveda y en las primeras jornadas de menos a más, lentamente, porque el campo se ha mostrado seco, con calor y, además, con bastante desconcierto por numerosas zonas, ya que hemos encontrado mucha menos perdiz de la esperada. Nuestros perros han reaccionado de las formas más variadas, pero seguro que bastantes en estos primeros días no han rendido bien porque les faltaba rodaje.
En este caso, a media mañana el cazador y su perro bajaron el ritmo, y de haber estado descompensados, muchos hubiesen acabado la jornada con el perro batiendo terreno muy por delante de la escopeta, demasiado lejos, mientras que otros -esto pasa siempre- a la una de la tarde ya tendrían al perro detrás de ellos, agotado...
Bien, este ejemplo meramente físico nos sirve para comprender que también tenemos ciclos y etapas de fuerza, impulso, ánimo, intención... Cada día de caza es diferente, y cada vez más nos influye en ella cómo nos ha ido en la semana, algo que antes, hace unas décadas, no pasaba salvo en casos extremos. Ahora llegamos a menudo demasiado tensos o cansados al campo, y nuestros perros -que salen después de una semana de estar encerrados- lo notan y tienden a trabajar menos vinculados con nosotros.
Ahí tenemos un condicionante para impulsar al perro a que cace más lejos de lo habitual, es matemático, al igual que cuando avanzamos con la cabeza en otro lado, que el perro lo nota enseguida y cambia en su dinámica habitual y deseable: o bien compite con nosotros, o sale más rápido, cuando no se hace un poco el sordo...
Sobre el mismo ejemplo comentado antes, arrancar la jornada y no dar con las perdices nos dejó a muchos de nosotros desconcertados en la desveda de esta temporada. Cambiábamos de ritmo, queríamos tocar aquí y allí, y nuestros perros se desgobernaron con ello, y ante la duda, el muy dependiente se pone detrás, y el que no sabe a qué se debe ello pero quiere cazar, busca más distanciado de nosotros y casi sin estilo productivo.
(Texto: Miguel F. Soler. Fotos: Archivo).









