



Para muchos cazadores no habrá nada como la andadura y nariz de un pointer, la muestra exquisita y plástica de un setter inglés, el trabajo sobrio y abnegado de un perdiguero de Burgos o un pachón navarro, el tesón y polivalencia de un braco alemán, la dureza y codicia de un drahthaar o la vitalidad desbordante de un epagneul bretón. Sabias decisiones las de estos aficionados, no hay duda, pero en el mundo del perro de caza no caben sólo estas opciones, las que tienen que ver con los canes de muestra más implantados en España, y cada vez adquieren mayor relevancia razas como el maneto y el podenco andaluz, perros de nuestra tierra que gozan en la actualidad de gran predicamento entre el personal -no sólo conejero- y que llegado el momento de bregar en lo más duro, dentro de la maleza, donde otros ni tan siquiera se arriman, se transforman en auténticos demonios.
Poco puede uno argüir cuando, de forma magistral, algunos meses uno, casi todos el otro, Miguel Soler y Manuel Pedrosa sazonan estas páginas con apasionados y apasionantes textos sobre manetos y podencos andaluces. Sin embargo, sí puedo comentar que ellos y otros son la cresta de una ola, conformada por miles de podenqueros, que ha colocado en los últimos años a estas razas en el lugar que les corresponde dentro del mapa cinegético y cinológico de nuestro país.
Y es que de tan común que siempre nos ha resultado la imagen de estos perros en el medio rural español, llegó un momento que hasta se les perdió el respeto a los de las orejas enveladas. Trataron de arrinconarlos, de encerrarlos en un baúl de los recuerdos, cerrándoles las puertas a una primera división de la cinofilia en la que no podían jugar los perros de los cazadores más humildes, los del pueblo, los de los pobres y analfabetos, en opinión de algunos. Se otorgó patente de corso a numerosas razas, la mayoría foráneas, mientras que nuestros podenquillos se tuvieron que conformar con agua, sobras y mendrugos de pan duro. Afortunadamente, esos pobres -en lo que a cuartos se refiere, no de espíritu- y analfabetos -en relación a las letras y los números, no en cuanto a campo, perros y caza- jamás renegaron de sus canes por lo mucho que de éstos recibían y convirtieron sus pueblos, comarcas, etc. en verdaderos fortines de estas razas.
Ahora bien, gracias al carácter práctico -no considero ni visionario ni talentoso el hecho de conservar a unos animales capaces de llenar, aun sin el auxilio de la escopeta, el morral de piezas en unos tiempos en los que las necesidades eran acuciantes- de estos hombres de nuestro agro, sobre todo del andaluz, cuando las cosas han cambiado y los cazaderos españoles ya no son el vergel de caza menor de antaño, cuando perdices, conejos, liebres y codornices, entre otras especies cinegéticas, no atraviesan su mejor momento poblacional y se necesitan perros capaces de buscarlas, encontrarlas y sacarlas a tiro de escopeta en los escenarios más intrincados de cotos y fincas, ese patrimonio canino tan bien guardado y conservado que son los podencos andaluces y manetos ha estado listo para volver a escena y demostrar su indiscutible valía en unos terrenos que le son propios y tras unas especies de caza a las que lleva enfrentándose durante siglos.
Así las cosas, sólo se ha necesitado el abanderamiento de unos cuantos cazadores y criadores, personas por otro lado bien instruidas en perros en general y podencos y manetos en particular, para que se haya creado un movimiento podenquero, con clubes y asociaciones de ambas razas incluidos, cuya cohorte de seguidores, principalmente en las zonas centro y sur de España, no para de crecer año tras año. Libros, artículos en revistas especializadas, webs dedicadas en exclusiva a estas razas, competiciones de trabajo y morfología, reuniones de aficionados, sin olvidar un floreciente sector dedicado a la cría y venta de manetos y podencos andaluces, ponen de manifiesto que lejos está aún de tocar techo una afición que ha convertido a estos ‘parias’ de nuestro rural hispano en una de las opciones caninas más demandadas en la actualidad para el ejercicio de la caza menor.
Buena prueba de esta pasión podenquera, así como de lo que son capaces ambas castas sobre el terreno, la tendremos en pocas semanas, cuando en autonomías como Andalucía y Murcia, una vez que los pollos de perdiz hayan ganado tamaño y fuerza para el vuelo, se pueda cazar el conejo en verano con perros. Y será en esos cazaderos meridionales, primero con los rabicortos, y luego en los del resto de nuestra geografía, llegada la media veda y la temporada general, que tanto podencos como manetos demuestren, bien en recovas o en solitario, que además de no temer a los juncos, cañas, zarzas, chaparros, chumberas, lentiscos, espartos, eneas, aulagas, carrizos, etc., resultan muy resolutivos en el seguimiento del rastro y levante de la pieza e inigualables en el cobro. Pero hasta que podamos ver y oír a pie de monte el trabajo de estos demonios al poner patas arriba cualquier sucio donde pueda ocultarse el conejo.
(Texto: José María García. Fotos: Archivo).









