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Claves del olfato canino

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A pesar de que el olor es una de las principales fuentes de estimulación del perro de caza, el entendimiento del modo en que motiva al perro es aún incompleto. Este artículo intenta desengranar los puntos fuertes de la nariz de nuestro perro.
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El olfato de nuestro perro de caza es fundamental.

El perro forma parte de los animales macrosmáticos, en los cuales la agudeza olfativa predomina sobre otros sentidos, por lo que le resulta indispensable para la supervivencia. Mediante el olfato localiza la comida (caza), distingue a la hembra en celo y se aparea y reconoce las marcas territoriales propias y las de sus rivales. Entre la vista y el olfato existe una relación inversamente proporcional, es decir, los animales con mejor olfato tienen una vista más deficiente, y viceversa.

El olfato es mucho más que un sentido, es un activador de la conducta emocional, que tiene un gran sustento en la memoria. La memoria es un proceso fundamental en los animales, que contribuye de manera cardinal a su capacidad de enfrentarse al medio exterior. No debemos entender la memoria exclusivamente como la capacidad de recordar acontecimientos pasados, pues su función principal es ejecutar el proceso de almacenar y recuperar información procedente del entorno y la respuesta del propio organismo ante esa información. Sin memoria el perro sería incapaz de procesar y responder a los estímulos olfativos que constantemente recibe del exterior. En este caso, es la memoria sensorial la responsable del comportamiento del perro, esa memoria olfativa que se activa ante la recepción de un olor que anteriormente supuso algún estímulo positivo u hostil.

Los olores

En el estudio del olfato aún no está todo escrito, quedando lagunas y teorías enfrentadas sobre el modo en que una sustancia estimula los receptores olfativos del perro. El sentido del olfato, el más complejo de los cinco sentidos, es un sentido químico por el que se detectan compuestos químicos en el ambiente, resulta muy sensible y se estimula con concentraciones muy bajas de moléculas de diferentes sustancias. Las sustancias odoríferas disueltas en la humedad de la nariz excitan las terminaciones nerviosas de la pituitaria, que envía un impulso nervioso al encéfalo, encargado de interpretar tales señales nerviosas.

En el interior del bulbo olfativo, miles de mensajes eléctricos procedentes de las neuronas del epitelio olfativo convergen. El perro que rastrea una pieza recoge la información de un rango concreto de odorantes que discrimina respecto a los otros centenares que le llegan. Y aquí la memoria, que le permite establecer un nexo de unión entre ese olor y experiencias pasadas, resulta fundamental, pues le dice que ése es el olor correcto y el que precisamente debe seguir. El proceso, en apariencia simple, es de una asombrosa complejidad. Si lo comparamos con la moderna tecnología de los ordenadores, es como si las señales de olor viajasen por las autopistas neuronales convertidas en señales eléctricas hasta el bulbo olfativo; allí se intercambian miles de millones de bits de información en milésimas de segundo y el resultado final de la percepción olfativa es el reconocimiento de que se trata del olor de una perdiz, por tanto la memoria indica que es el olor que precisamente debe buscar.

Ese jadeo tan particular

Cuando el perro encuentra una pista respira con excitación, jadea ostentosamente, ya que con ello trata de captar la mayor cantidad de aire impregnado de partículas de olor. Incluso hay perros que dan la sensación de estar masticando, pues abren y cierran las mandíbulas. No es que respiren por la boca, sino que los efluvios captados por la nariz llegan al paladar y son apreciados por el sentido del gusto, el segundo de los sentidos químicos de los mamíferos.

Esta respiración agitada consiste en una serie de diez a veinte aspiraciones seguidas de una expiración. La respiración normal, con la baja velocidad del aire inspirado, no permite un pleno funcionamiento del sistema olfativo. La mayor parte del aire atraviesa las cavidades nasales hacia la laringe, pasando hacia la tráquea y los bronquios; es el sistema de oxigenación corporal. Una cantidad de aire más pequeña es desviada en dirección a la zona olfatoria, recubierta por la mucosa pituitaria, que contiene las células olfatorias. Esta pequeña cantidad de aire es insuficiente cuando el perro de caza trata de analizar los efluvios del aire, lo que le obliga a respirar con una mayor intensidad, ese jadeo característico con el que crea turbulencias en el aire que penetra en sus narices. Durante la respiración normal las partículas de olor transportadas hacia la mucosa olfativa son escasas; con esa respiración intensiva el proceso se ve fuertemente reforzado.

El olfato en el cerebro

La capacidad olfativa no está igual de desarrollada en todas las razas, habiendo perros dotados de mejor nariz que otros. Los sabuesos son la agrupación étnica dotada de mejor olfato y a ella pertenecen las razas cazadoras más antiguas, pero otros perros, como los modernos de muestra, poseen olfatos igual de poderosos. El perro de muestra se desplaza veloz, con porte de cabeza alto, ansioso por recoger en el aire las emanaciones emitidas por la pieza de caza. Sólo cuando le llega el husmeo reduce su paso, individualiza la búsqueda y con breves aspiraciones avanza sobre la pista hasta entrar en muestra. Su olfato, en las razas de élite como el pointer, nada tiene que envidiar al de los sabuesos ancestrales. Otras razas, por el contrario, tienen un olfato muy moderado o incluso mediocre, y no son empleadas en la caza; es el caso de los perros de hocico corto, los chatos, como se llaman popularmente en España. Un reciente descubrimiento científico ha permitido conocer que es la existencia de una modificación de su cerebro, provocada involuntariamente por la selección humana, la que ha ocasionado ese olfato mediocre.

No me voy a entretener detallando la anatomía del sistema olfativo pero creo interesante dar ciertos detalles nuevos sobre su acción y la respuesta del cerebro del perro. El bulbo olfatorio es una región del cerebro que cumple la función de interpretar las señales sensoriales recibidas de las terminaciones nerviosas de los receptores de olores. En algunos animales macrosmáticos, es decir, que tienen el sentido del olfato muy desarrollado, la corteza olfatoria llega a ocupar un tercio de la corteza cerebral. Michael Valenzuela, de la Universidad de New South Wales en Sydney, Australia, ha analizado el cerebro de diferentes razas caninas mediante un escáner cerebral. Las imágenes de resonancia magnética le permitieron encontrar algunas diferencias significativas. Por ejemplo, el cerebro de los perros de hocico corto ha rotado hacia adelante hasta quince grados, en tanto que la región cerebral que controla el olfato se ha reubicado en un nuevo emplazamiento. El bulbo olfatorio, encargado de procesar los olores, se desplazó también en comparación con los perros de hocico más largo.

El descubrimiento de esta reorganización del cerebro plantea nuevas interrogantes sobre el papel del olfato en la especie canina. En términos generales, el cerebro de las razas braquicéfalas se ha redondeado y acortado, y la consecuencia inmediata de esa reducción de la longitud del cráneo es una reducción del tamaño del lóbulo olfativo y, presumiblemente, la pérdida de agudeza olfativa. Los perros viven en un mundo donde los olores ocupan un papel primordial en sus relaciones, por lo que este hallazgo sugiere que las diferencias en el bulbo olfativo de unas razas con otras puede representar una forma muy diferente de entender y enfrentarse al mundo.

La dirección de la caza

Venteo y rastreo son totalmente distintos. En el venteo el perro trata de captar las moléculas olorosas suspendidas en el aire; en el rastreo las del suelo. Para conocer la dirección en que escapó una pieza el perro debe bajar la trufa al suelo y analizar las partículas olfativas dejadas en orden consecutivo, al captar la intensidad odorífera de las misma estable el sentido de la marcha. La discriminación entre el sentido en que avanza el animal rastreado y el sentido contrario se relaciona con la capacidad del perro para captar las levísimas diferencias de intensidad y tiempo de posicionamiento ente las partículas de olor dejadas por el animal rastreado. El perro, instintivamente, sigue la dirección en la que el la intensidad del olor va en incremento, la razón no es otra que su respuesta a un estímulo, el olor, que genera reacciones emotivas.

La pigmentación

Quien haya estudiado los estándares caninos por obligación o placer cinológico habrá comprobado que en todos ellos se exige una buena pigmentación de la trufa. La pigmentación de la mucosa pituitaria influye directamente sobre la agudeza del olfato. Los perros albinos, además de ser el albinismo un singo de degeneración, poseen un olfato mediocre, lo que se denomina anosmia. La anosmia es una pérdida total o parcial del sentido del olfato. Los perros bien pigmentados tienen un olfato más desarrollado.

(Texto: Mar Olivas. Fotos: Archivo).

 


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