La agresividad en el perro de caza

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La agresividad en los perros es un problema conductual que implica conceptos sociales, éticos, legales y de seguridad, tanto de las personas como de otros congéneres; aunque lo primero es tener claro qué entendemos por agresividad.
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El perro de caza al que no se le priva del campo, al que no se le encierra o ata durante meses y que deriva su agresividad hacia la predación –caza- de forma regular, difícilmente llegará a mostrar agresión.
La represión cotidiana a la que sometemos a nuestros perros de caza favorece la aparición de casos de agresividad mal canalizada

La agresividad ha de contemplarse como una pulsión vital, una energía que todo ser vivo contiene y que le impulsa hacia delante. La agresividad, en su justa medida, es necesaria para sobrevivir y puede tener una connotación positiva cuando se mantiene bajo control y se expresa por los cauces correctos por los motivos justificados y en el grado apropiado.

El problema lo tenemos cuando nuestro perro hace un mal uso de la agresividad y la proyecta con intención negativa, con el fin de hacer daño, de someter, herir o amedrentar.

La represión como factor de la agresividad

La represión cotidiana a la que sometemos a nuestros perros de caza favorece la aparición de casos de agresividad mal canalizada. Ello se debe a que diariamente taponamos más pulsiones naturales del perro que no encuentran salida espontánea.

El perro, así reprimido, irá acumulando una tensión que tarde o temprano causará efectos negativos, bien en forma de “explosión”, hacia fuera, o de “implosión”, hacia adentro. La implosión se traduce, por ejemplo, en rebeldía y, en última instancia, con agresión; mientras que la implosión se trasluce en nerviosismo, depresión, estrés o autolesiones.

Para evitar esto, a nuestros perros hemos de concederles cauces para que den rienda a suelta a su energía vital. Moverse es vivir y vivir es aprender a relacionarse y a establecer relaciones equilibradas, respetuosas y exentas de violencia. El perro de caza al que no se le priva del campo, al que no se le encierra o ata durante meses y que deriva su agresividad hacia la predación –caza- de forma regular, difícilmente llegará a mostrar agresión.

Prevenir desde cachorros

No hay nada mejor para prevenir la agresividad en el perro que ofrecerle actividad exploratoria en libertad, la posibilidad de que interactúe con congéneres equilibrados, o simplemente ejercicio físico regular. Estas medidas sofocan de forma natural las tendencias agresivas.

Sin embargo, existe un comportamiento innato en el cachorro que es preludio de la agresión y que debe ser controlado desde los inicios: el mordisco. El perro debe aprender una conducta social fundamental como es la inhibición del mordisco. Aunque sean pequeños e inofensivos, el perrillo usa sus dientes para jugar, llamar la atención o simplemente para “medirse” y establecer a través de la dominancia física su estatus social.

En ese caso el dueño debe, con firmeza pero sin violencia, dejar claro que el mordisco que sea es una acción reprobable y prohibida. Así, no debemos incentivar en estas tempranas etapas juegos de objetos o de provocación y excitación que provocan gruñidos y mordiscos, aunque estos sean sin ánimo de hacer daño.

A la larga estas actitudes pueden derivar en conflictos con la comida, un juguete, por el sofá o por la perdiz abatida, sin ir más lejos. Además, estos divertidos juegos infantiles promueven la temida boca dura durante el cobro de la caza.

Por eso, ante el primer gruñido o amenaza del cachorro hay que reaccionar con templanza pero dejando las cosas bien claras y terminando “por encima”; de manera que se establezca una jerarquía en la que el can tenga el rol de “omega” o el más sumiso. Un perro en ese rango raramente será conflictivo y se encontrará a gusto en esa situación, ya que la sumisión es natural en el cánido si está correctamente establecida.

Trabajar el adiestramiento básico

Cuando el animal crece y llega a su periodo de adolescencia (8-12 meses), intentará reafirmar su posición ante sus congéneres y los humanos con los que convive. En este momento debemos hacer uso de la obediencia. Los ejercicios de obediencia básica (junto, sienta, échate, quieto, ven) nos ofrecen un elemento de disciplina y control del perro, y además la respuesta eficiente a los mismos promueve la aceptación del rol de sumisión al dueño y demás humanos cercanos.

También tenemos un comando de control por excelencia del perro, el “¡no!”. Pero cuidado, pues su abuso puede traer inefectividad a largo plazo. Los niveles del uso del “¡no!” deben dejarse en los imprescindibles, pues un “¡no!” contundente, bien utilizado y puntual puede cortar de inmediato una intención de agredir, cuando el perro está libre de la correa.

La responsabilidad de los dueños pasa por otorgar al perro seguridad, educación y el ocio saludable, tanto psíquicamente como físicamente. Pero también es compartir, no sólo el campo, sino la vida cotidiana y comprender su tono vital.

(Texto: Ricardo Vicente Corredera. Fotos:Jean Pierre Bourguignon, Maite Moreno y Archivo)

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