Puntas y calibres: todas las claves

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En este artículo sabremos cómo escoger el proyectil para cada situación de caza, sin que por ello perdamos la razón ni terminemos comprando lo primero que se nos quiera vender. En otras palabras, trataremos de balística terminal para cazadores.
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En el momento en que un proyectil hace impacto en la presa se desata una serie de eventos de los que depende el desenlace de la partida. Estos sucesos dependen a su vez de las características y la estructura del proyectil, incluyendo su velocidad en el momento del impacto y su peso, del espesor y la resistencia de la piel del animal y, por último, de la presencia o no de huesos duros en la trayectoria de la bala. Por lo tanto, el desenlace final está sujeto a las diferentes combinaciones entre estos factores, así como al tipo de órgano u órganos afectados en la presa, lo que explica la amplia variación de resultados obtenidos, en ocasiones maravillosos y en otras no tanto. Aquí nos centraremos solamente en los efectos que dependen del proyectil en sí.

Peso, velocidad, estructura y diseño externo

Las variables a tener en cuenta son la estructura del proyectil, su peso y velocidad, así como su diseño externo. Cada uno de estos cuatro parámetros contribuye al resultado final, en ocasiones sumando beneficios y en ocasiones contraponiéndose entre sí, como en el caso de proyectiles de construcción delicada, que resultan muy efectivos a velocidades bajas pero que fracasan miserablemente, estallando en superficie, cuando se les acelera por encima de los 2.000 pies/segundo (609,6 metros/segundo).

Comencemos por la construcción del proyectil. Cuanto más pesado es, mejor. Tener más peso significa contar con más penetración y energía para transferir a la masa corporal de nuestro objetivo en el momento del impacto. Por otro lado, cuanto más aguda sea la punta de la bala, mejor será su trayectoria en el aire y mayor será la penetración. Por el contrario, una punta roma o redondeada no vuela tan bien, pero entrega mayor energía al colisionar contra su objetivo.

En cuanto a la velocidad, de nuevo más es mejor, siempre y cuando el proyectil disparado esté diseñado para esas velocidades. Una mayor velocidad representa una curva de vuelo más plana, o sea, mayor alcance efectivo, además de suponer una mayor energía terminal para penetrar primero y expandir después. Sin embargo, con un proyectil de paredes débiles una mayor velocidad también puede significar la desintegración superficial del mismo. El proyectil puede ser sólido, de un solo material, como en el pasado lo eran las balas de plomo y en la actualidad lo son las puntas de cobre de Barnes. La otra alternativa está  en los proyectiles encamisados, elaborados con dos o más materiales de diferentes pesos específicos y espesores, y por ende con diferentes resistencias al impacto. Para una mejor comprensión de la balística terminal o de efecto, como se denomina a la sucesión de eventos dentro del blanco, es necesario comprender el porqué del abandono del plomo por parte de la industria bélica y la incorporación de otro material más duro en su reemplazo.  

Problemas de una escasa o excesiva penetración

El plomo es un material de alto peso específico, dúctil y muy fácil de trabajar para imprimirle el diámetro y la forma exactos; basta con calentarlo unos pocos grados para fundirlo. En realidad resultó ser el componente ideal para la fabricación de proyectiles durante la época de la pólvora negra. Su certificado de defunción lo firma la aparición de la otra pólvora, la denominada sin humo o blanca, que incrementó considerablemente la velocidad de los proyectiles, llevando este parámetro desde los 1.500 pies/segundo (457,2 metros/segundo) iniciales hasta los 3.000 p/s (914 m/s) o más de la actualidad.
A estas velocidades extremas el plomo se deforma violentamente al momento del impacto. Si bien la deformación del proyectil es algo deseable, ésta debe ocurrir en la medida adecuada y solamente una vez dentro del cuerpo de la presa, nunca en su superficie. De expandir mucho superficialmente, esa deformación impide que el proyectil llegue mucho más allá de la piel, si es que alcanza a perforarla, de manera que los órganos vitales que se hallan alojados en las profundidades del cuerpo o protegidos por huesos como los de la caja craneal se tornan invulnerables. Y sin penetración no hay tu tía, acto seguido de un largo e infructuoso rastreo.

Por supuesto, un proyectil con núcleo de plomo pero blindado con una camisa de cobre o de aleación, o uno sólido, como son respectivamente los de guerra y algunos deportivos modernos, no sufren estos inconvenientes, y dada su inmunidad a la deformación suelen perforar de piel a piel a las piezas, con lo que acceder a los órganos nobles, particularmente el cerebro, no es un problema. En cambio, sí resultan ser un fiasco cuando se emplean en disparos a la caja torácica, pues aunque perforan de banda a banda, el túnel de herida que crean en el tejido pulmonar es muy pequeño porque no se deforman, haciendo que la hemorragia no sea profusa. Además, ese tipo de heridas lineales, quirúrgicas, significan que la mayor parte de la energía del proyectil continuó con él en su viaje ya fuera de la presa, en lugar de haberla cedido dentro del animal. Aunque la herida es por lo general mortal, los resultados esperados suelen darse en un plazo de tiempo inconveniente para el cazador, ya que permiten la fuga o el ataque del animal. Fue para evitar estos dos problemas, la escasa o nula penetración debido a la extrema deformación del plomo y la penetración excesiva producto de una falta de deformación total, que se crearon los proyectiles con núcleo de plomo pero recubiertos de una camisa parcial y de espesor variable. ¿Qué se comprende por el término parcial? Que la camisa no recubre por completo al núcleo de plomo, dejándolo expuesto en la parte anterior del proyectil, de manera tal que esa pequeña porción de plomo no protegida es la que inicia la expansión al impacto, aunque esa expansión se vea controlada por la camisa de contención. Por supuesto que la expansión es función indirecta del espesor de la camisa, ya que a mayor espesor tendremos menor expansión. Esto, junto con los diferentes grados de dureza que se le dan al plomo del núcleo, es el principio de la tan mentada expansión controlada, de modo que ahora sabe de qué se trata y cómo se logra. Para redondear el tema, diremos que no debe olvidar que a mayor expansión habrá menor penetración, pero a cambio habrá una mayor transferencia de energía.

Saber combinar puntas y calibres

Por supuesto, a este razonamiento hay que incluir el concepto de peso y calibre. Un gamo es presa fácil para un cartucho como el .243 dotado con una punta expansiva, hazaña que no es conveniente intentar reproducir con un grizzly, animal al que le sienta mucho mejor ese mismo tipo de punta aunque partiendo desde un cartucho con un poco más de músculo y diámetro, algo así como un .338 o un .375. Recuerde que aquí estábamos hablando de la construcción del proyectil, dando por sentado que el peso y diámetro deben adecuarse al tamaño del receptor, y que ante la elección, por ejemplo entre dos puntas de calibre .308 Winchester, la más pesada es la mejor. 

¿Y para quién se reservan las balas sólidas? Las de plomo son para las armas de fuego de baja velocidad, como los calibres .22, .32 y .38, en las cuales el plomo representa aún la mejor alterativa. Las otras, las sólidas de cobre, se dedican a animales peligrosos de piel dura, como elefante, rinoceronte, hipopótamo o búfalo, particularmente para disparos frontales dirigidos a la cabeza, aunque con una pequeña reserva. La nueva tendencia ante estos animales, si la situación lo permite, es disparar primero a la zona torácica con una bala de camisa dura pero dotada con un núcleo de plomo, o sea, un proyectil expansivo, y justo después, si el animal carga y es necesario alcanzar el cerebro, emplear una bala de punta sólida. De los cuatro cartuchos pesados que una acción Mauser alberga entre su recámara y el almacén, el primero, el que va alojado en la recámara, será expansivo, mientras que los otros tres serán sólidos o perforantes. Si el primer disparo no solucionó el problema, lo más probable es que la presa cargue, y para eso nada mejor que de una a tres balas perforantes alojadas en el disco rígido. 

(Texto: Daniel Stilmann. Fotos: Archivo).


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