



Abandonar parte del cuerpo de una cabra montés, un ciervo o un corzo en el monte para disfrute de las aves carroñeras es una práctica habitual de muchos cazadores de mayor, pensando que así contribuyen al sostenimiento de aves como los buitres leonado y negro o los quebrantahuesos, por poner sólo un ejemplo.
Esta acción “de buena fe”, como la califica en declaraciones a la agencia Europa Press José Eugenio Gutiérrez, técnico coordinador de la Fundación Gypaetus, conlleva que las aves carroñeras ingieran plomo con la carne y los huesos de los animales cazados, procedente de las esquirlas de la bala al impactar con la pieza.
“El quebrantahuesos tiene unos jugos gástricos muy potentes, con un PH similar al ácido clorhídrico, lo que facilita la absorción del plomo, que se acumula en la sangre, huesos y tejidos y también puede pasar a los embriones”, señala Gutiérrez.
Este responsable de la Fundación Gypaetus apunta que los efectos de la ingesta de plomo en aves van desde la anemia a malformaciones óseas por su incompatibilidad con el calcio, pasando por daños en los sistemas inmunitario y nervioso.
De hecho, en agosto y diciembre de 2008 fueron hallados los cadáveres de dos quebrantahuesos que habían sido liberados ese mismo año, dentro del programa de reintroducción que la Fundación Gypaetus puso en marcha en 2006 y que ya ha reincorporado a la naturaleza 19 ejemplares, de los que otros tres más han muerto por otras causas, quedando en libertad en estos momentos 14 quebrantahuesos.
Los análisis de los cuerpos de las dos aves arrojaron una concentración de plomo de 45 ppm (partes por millón) y 18 ppm respectivamente, indicativos de una exposición crónica a este metal. Los niveles de plomo a partir de las 20 ppm se consideran compatibles con la muerte.
Como solución para evitar estos casos de envenenamiento por plomo, en el caso de las aves acuáticas la reciente Ley de Patrimonio Natural y de la Biodiversidad, aprobada en 2007, vino a prohibir el empleo de munición de plomo en humedales para eludir el plumbismo en este tipo de aves, que confundían los perdigones con guijarros. Como sustitutivo existen diversos tipos de munición de caza menor con materiales distintos, aunque la más difundida actualmente es la de perdigón de acero.
Para la caza mayor la alternativa se encontraría en la munición de cobre, que ya está en el mercado, aunque su uso no es muy popular. Por ello, desde finales de 2009 la Fundación Gypaetus inició un plan de acción para promocionar entre los cazadores el empleo de estas balas en la caza mayor, de forma que quebrantahuesos y otros carroñeros de vean libres del plomo.
Este programa, que cuenta con la colaboración de la dirección del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, incluye la realización de pruebas balísticas con munición de plomo tanto con cazadores locales como con agentes de Medio Ambiente de la Reserva de Caza de Cazarla y Segura.
Ya se han realizado 20 ensayos de este tipo en jornadas de caza reales en las sierras de Castril, en Granada, y Cazorla, Segura y Las Villas, en Jaén, tras ciervos, gamos, muflones y cabras monteses.
En todos los casos “los ejemplares fueron abatidos y cobrados, registrándose una distancia de huída tras el impacto que en ningún caso superó los 40 metros”, señalan desde la Fundación Gypaetus, que apuntan que con estos tests queda comprobado que las balas de cobre son tan buenas como las de plomo.
De hecho, desde Gyapaetus se afirma que tanto los cazadores como los guardas de Medio Ambiente que tomaron parte en las pruebas con balas de cobre “consideraron esta munición efectiva y mostraron su disposición a emplearla de manera particular”.
“No es que vengan unos a venderles sus bondades, es que se lo estamos demostrando y han visto cómo funciona”, comenta Gutiérrez. Ahora, señala, el siguiente paso es realizar una labor de conocimiento y concienciación para que los amantes de la caza cambien el tipo de proyectiles de forma voluntaria, algo que harán con charlas y firmas de acuerdos con colectivos cinegéticos, como los acuerdos de custodia sobre un total de 28.749 hectáreas rubricados con la Asociación de cazadores “Las Villas-Albarda” (Jaén) y la Sociedad de Cazadores “Los Zafra” (Granada).
“Funciona, encima no perjudica al medio ambiente y también mejora la calidad de la carne que consumimos, ya que también nosotros acumulamos plomo al comer piezas cazadas”, ha argumentado. Sobre la cuestión económica, Gutiérrez afirma que no es un obstáculo, ya que aunque en general las balas de cobre son “algo más caras, el porcentaje es tan pequeño que apenas hay diferencia”.
(Texto: R. Lapeña. Fotos: Shutterstock y Alberto Aníbal-Álvarez)









