



Pero para estos bosques de Andilla, de Cortes de Pallás, de Dos Aguas, de Alborache y Macastre y Yátova, de poco ha servido la celebración, porque muy bien no parece que los organismos públicos, que tienen que ocuparse de los bosques, se hayan ocupado de ellos, y los propietarios privados, tampoco. Ni siquiera los que deberíamos ocuparnos de los bosques parecemos hacerlo, porque más bien parece que nos ocupan poco y nos preocupan menos, y así los bosques no tienen quien los defienda, quien cuide de ellos, quien mire por ellos: ni los que vivimos en ellos, ni los que vivimos de ellos. Agricultores, madereros, apicultores, ganaderos, cazadores, senderistas, ecologistas, pastores, regentes de casas rurales, campistas..., en el fondo no hacemos nada, siendo incapaces de dar un paso al frente y defender las cosas cuando estamos a tiempo. Seguramente todos somos sensibles a la problemática que padecen hoy en día nuestros montes, seguramente todos sabemos y reconocemos que la mejor manera de cuidar los montes es la prevención y la puesta en práctica de políticas medioambientales que combinen la preservación de la naturaleza con la gestión de la sostenibilidad de dicha naturaleza, pero, sin embargo, tanto los que tenemos contacto con los bosques por nuestro día a día como los efectivamente encargados de su conservación hemos sido tradicionalmente incapaces de hacer nada que se traduzca en una defensa efectiva del patrimonio forestal. Qué más decir si ni yo mismo he sido capaz de escribir un artículo en defensa de los bosques, no ya el pasado año, aprovechando la excusa del ‘Año Internacional’, sino en tanto cuanto llevo escrito, porque éstos no protestan, no se quejan, se quedan ahí, padeciendo hasta que es demasiado tarde.
Parecería que siendo conscientes de su importancia y de la necesidad de preservarlos, somos también conscientes de que se pueden cuidar solos o de que en el fondo tampoco es tan importante esto de cuidar el bosque; parecería que en el fondo tuviéramos una sensibilidad relativa, casi podríamos decir selectiva, que nos hace insensibles a que ardan cierto número de hectáreas y, por el contrario, nos hace poner el grito en el cielo cuando dicho número supera una cifra a partir de la cual podemos considerar, en nuestro obtuso baremo, que el fuego en el bosque resulta intolerable.
Pero los cazadores, que es el colectivo que mejor conozco, somos más proclives a “arreglar España” en la barra del bar y a lamentarnos de lo sucio y cerrado que está el monte en corrillos que nunca van a ningún lado, que a escribir a los periódicos o revistas, o quejarnos a los dirigentes federativos o directamente a las administraciones públicas, para denunciar el absoluto abandono en el que malviven nuestros montes. Quizá sea debido a la poca fe que parecemos tener en el sistema, quizá sea en realidad por absoluta indiferencia o, más me inclino a creer, porque somos incapaces de defender lo nuestro, de hacernos valer y respetar y seguimos tradicionalmente arrastrando ese complejo de culpa y ese victimismo que tanto nos han hecho perder como colectivo ante las demandas de los movimientos ecologistas, cuando resulta que somos, junto a agricultores y ganaderos, los más directamente perjudicados en el desarrollo de nuestra actividad cuando un monte se quema.
De manera que ante tanto callar, ante tanta inactividad, tanta apatía por nuestra parte en defender lo que es nuestro, no vale ahora levantar la voz y pedir explicaciones a nuestros dirigentes. Esto ha sido como la famosa novela de García Márquez, ‘Crónica de una muerte anunciada’, en la que todo el mundo sabía lo que iba a pasar menos el futuro difunto, el bosque, en el caso que nos ocupa. Si ni nosotros mismos hemos sido capaces de defender lo nuestro, ahora que todo ha ardido no viene a cuento rasgarnos las vestiduras y exigir responsabilidades a unos administradores que no dejan de ser más que el reflejo visible de sus propios administrados. Mejor haríamos en volcar nuestros esfuerzos en cambiar el curso de una historia que, a fuerza de repetirse, va a convertir nuestros bosques en eriales donde es imposible la vida.
La prueba evidente de la ausencia de una política forestal en nuestro país son estas cincuenta mil hectáreas que han ardido en Valencia recientemente. Exijamos que se nos escuche, propongamos iniciativas y aportemos nuestros conocimientos para la elaboración de campañas preventivas efectivas, realistas, adecuadas y diferenciadas para cada biotopo y que tengan en cuenta la sostenibilidad, el mantenimiento y la conservación de nuestra masa forestal.
Es manifiesto que un fuego ridículo, originado por unos trabajadores en Cortes de Pallás, en una zona en la que la vegetación no pasa de ser un monte bajo más bien ralo, nunca debería haber adquirido las proporciones que finalmente adquirió, llegando hasta Macastre, Yátova y Alborache, pese a la nefasta ayuda que supusieron las circunstancias climatológicas. Demuestra hasta qué punto la falta de limpieza y mantenimiento de los bosques los convirtió en un polvorín en el que muy poco pudo hacerse mientras la climatología no se tornó favorable para la extinción del fuego. Pudimos ver durante estos días muchos ejemplos de responsables que no supieron estar a la altura, pero también es de justicia decir que hubo otros que sí lo estuvieron, y mucho más de justicia es reconocer el trabajo, el esfuerzo y la dedicación de cientos de brigadistas que no sólo cumplieron con su trabajo, sino que fueron aún más allá en el cumplimiento de su deber. Muchos de los que no conocemos sus nombres pero que bien quedan representados en el del coronel en la reserva José Agustín Nieva, quien lamentablemente falleció durante las tareas de extinción al estrellarse el helicóptero que pilotaba.
Mal honraremos su memoria quienes nos dediquemos a partir de ahora a cualquier otra cosa que no sea trabajar para que esta lamentable concatenación de errores no vuelva a repetirse. Porque olvidar los errores del pasado es un error que aumenta el riesgo de quienes, cumpliendo con su deber, ponen en juego su vida durante cada jornada laboral.
Obviamente nuestros políticos no tienen la obligación de saber hacer todas y cada una de las cosas en las que se desarrolla el ámbito de su actividad política y sería absurdo exigir tal cosa, pero es su obligación elegir a los mejor preparados para los llamados “puestos de confianza”, como también es su obligación apartar de dichos puestos a los que en momentos decisivos no han estado a la altura de las circunstancias, sobre todo porque, como se ha visto, de ello dependen las vidas de brigadistas, bomberos, pilotos y de muchas otras personas que se ven afectadas e involucradas en desastres como éste.
Pero endosar toda la responsabilidad de lo ocurrido a los distintos miembros de las administraciones públicas sería también un ejercicio de hipocresía, pues no todo el monte que se ha quemado es de propiedad estatal; también hay parcelas de propiedad privada en las que la maleza abundaba por doquier, en las que la suciedad, las malas hierbas y el abandono eran evidentes. También los propietarios de dichas parcelas teníamos la obligación de mantenerlas limpias, porque como vengo diciendo, un monte limpio no arde, o por lo menos no arde con facilidad. Si nosotros mismos no somos capaces de mantener y conservar lo que nos es propio con carácter privativo, ¿cómo vamos a exigir algo distinto en lo que, siendo nuestro, es de naturaleza pública?
Ahora, mientras aún humean los rescoldos, es el momento de ponernos manos a la obra en la tarea de reforestación. Sería deseable que nadie viera en ello una oportunidad, pues para nuestra desgracia no es más que el triste cumplimiento de un castigo, si bien es cierto que de la manera en que lo hagamos dependerá el que podamos dejar algo de lo que nuestros nietos se sientan orgullosos o avergonzados. Sería deseable que huyéramos de los titulares propagandísticos que cifren por cientos de miles los árboles replantados y nos centráramos más en buscar qué especies son más adecuadas para nuestro entorno, qué había antes de que se replantara por primera vez y cómo era el paisaje en el que cazaban nuestros bisabuelos, para tratar de encontrar ese difícil equilibrio entre lo que debería haber en el bosque y lo que podemos hacer que haya en el bosque.
También es el momento de mirar para lo que nos ha quedado intacto y concentrar, esta vez de verdad y sin excusas, nuestros esfuerzos en que lo que hemos vivido estos días no vuelva a repetirse. Tenemos que limpiar el monte, tenemos que pensar que una política forestal es imprescindible y ponerla en práctica cuanto antes. Tenemos que olvidar absurdos conservacionismos y poner en práctica todos los medios de mantenimiento y limpieza, incluyendo las quemas controladas tan mal vistas (sobre todo por los que no saben nada del monte) pero que se han demostrado efectivas en otros tiempos y ahora parece que están siendo, poco a poco, rescatadas por las brigadas contra incendios, en colaboración con la Unidad Militar de Emergencias, como la mejor manera de mantener a raya la maleza.
Los bosques son vitales, son imprescindibles, para evitar la desertización, la pérdida de suelo en las épocas de riadas, para atraer las precipitaciones al interior de Valencia, para luchar contra el cambio climático, para la vida, en definitiva, la nuestra y la de nuestros hijos, y su conservación es algo que nos atañe por completo.
(Texto y fotos: Julio Abad García).









