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Perdiz: ¿cómo le afecta el clima?

Cuando un urbanita afirma que a él le gustaría que hiciese siempre calor o siempre frío, no deja de manifestar un sentimiento cómodo. Y es que muchos de nosotros no entienden las características de las estaciones como algo ligado a su propio nombre.
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Una perdiz se protege bajo un arbusto.

Pocas especies tienen un atractivo similar al de la perdiz roja. Es nuestra ave emblemática y resulta imposible concebir una España sin perdices, así como sin conejos. Sería algo tan extraño como gravísimo, y seguramente tras esa situación estaría la mano del hombre, que no duda ni le tiembla el pulso a la hora de actuar de forma destructiva, a sabiendas de que las generaciones venideras ni verán ni oirán el diez por ciento de las poblaciones de patirrojas que ellos tuvieron el privilegio de disfrutar.

El cambio climático, esas tres palabras que se repiten en los diarios, en las calles y en boca de los políticos, bajo mi punto de vista es algo tan relativo que me atrevería a sugerir que no es como nos lo están contando. La tierra sufre periodos o ciclos climáticos que suelen producirse más o menos cada cinco años, y en ellos hemos visto de todo, desde sequías hasta abundancia de lluvias, pasando por estaciones atípicas en sus temperaturas, etc. Sin embargo, hay una teoría con la que coincido totalmente, y es que hay que cuidar, mimar a la Tierra, no derramando tanta porquería en nuestros campos, que se han convertido en auténticos vertederos. Y si no, mirad en vuestros paseos por ciudades y campos y ved lo que hay por el suelo (colillas, latas de bebidas, plásticos diversos, cristales...). Pero a pesar de todo no hay que ser tan catastrofistas, porque si la atmósfera está cambiando, también se deberá a un proceso similar a los vividos en las distintas glaciaciones que han tenido lugar a lo largo de la historia de este planeta.

Apuntado esto, las distintas especies, entre ellas, la perdiz, están sufriendo un proceso de adaptación a su medio, el cual está siendo modificado a marchas forzadas por la acción del ser humano. Por citar un ejemplo más que evidente, sus zonas de cría están siendo destrozadas cada año porque los cultivos son de ciclos más cortos, se recolectan muy rápido y las posibilidades de supervivencia de mamá perdiz y de sus polluelos son mucho menores.

En otoño

Tras el verano, el bando habrá perdido un contingente variable, unas veces por culpa de la climatología y otras por los ataques de los predadores. Los ejemplares supervivientes engalanan sus casi definitivas plumas de adultos, que una vez más necesitarán de alguna tormenta de agosto o de primeros de septiembre para definir su mejor presencia. No estaría mal que el campo se refresque en puntos donde se puedan formar pequeños charcos cuya agua será absorbida enseguida, pero que servirán para esos últimos baños que empujen a los cañones de los pollos, dejando paso al plumaje de ejemplares adultos.

Cuando el otoño se tiñe de rubio y las rastrojeras verdean con la ricia del renacer de las cebadas y trigos de la cosecha anterior, las perdices se enfrentan un año más a una nueva batalla con los cazadores, siendo estos últimos los que deben elegir entre cazar ejemplares del todo formados y fuertes en su vuelo, o animales jóvenes presa de las altas temperaturas que en los primeros días de caza les hacen más vulnerables.

Vuelvo a lo que he oído desde niño y que debería ser un referente para nosotros, los cazadores, a la hora de aprovechar cinegéticamente perdices salvajes. Nunca cazar antes de que la perdiz se haya mojado y enverdinado como consecuencia de las lluvias de otoño, y nunca cazar con temperaturas superiores a los veinticinco grados, porque si nosotros vamos equipados con cantimploras, con bebidas recuperadoras, con calzados especiales, con varios perros de refresco, mal futuro tienen las pobres perdices que sufren la embestida de doscientos cazadores sin control en un coto totalmente llano.

Esto último nos llevaría a un replanteamiento en nuestra forma de entender la caza si aspiramos a verla con verdaderos deseos de futuro. Lo dicho, para que haya perdices en nuestros campos debe nevar en invierno, llover en primavera, calentar el sol en el verano y llover en el otoño. Ahora bien, nosotros podríamos ayudar a hacerle más llevadera su vida a la perdiz si repoblamos con vegetación, hacemos refugios y vigilamos y dotamos de alimentación los comederos debidamente colocados en los días de las nevadas, acciones que pueden ser fáciles o difíciles dependiendo de que el tema nos preocupe o nos traiga sin cuidado.

Ante el frío invernal

Es en el comienzo de cada año cuando los gestores del medio natural, que en el fondo es lo que somos los gestores de los cotos, nos ponemos manos a la obra para calcular el número de parejas que podrían tener éxito en la perpetuación de la especie. Desde enero hasta finales de febrero, y en algunos lugares hasta bien entrado marzo, lo normal es que haga frío, mucho frío, desde la caída de la tarde hasta las nueve de la mañana. Incluso lo suyo es que nieve en alguna ocasión, porque es invierno y la imagen de esta estación va unida a la presencia del blanco elemento, a pesar de su escasez en los últimos veinte años en nuestro país.

A las perdices la nieve no les perjudica, siempre y cuando no se mantenga cubriendo el suelo más de dos o tres días, porque entonces sus condiciones de defensa bajarían al no llegar al alimento tan fácilmente. El volar les supone una incógnita en el aterrizaje, más por la imposibilidad de hacer lo que mejor saben realizar, que es apeonar.

La problemática estriba en que hay generaciones de perdices que no han conocido la presencia de la nieve y, al contrario de lo que sucedía con sus antecesoras, que la sufrían en más de una ocasión, desconocen cómo responder ante esta adversidad. No obstante, debemos afirmar que el espíritu de supervivencia aflora enseguida en cualquier animal y, llegado el caso, la selección natural hace que el más fuerte, el mejor preparado, sea el que sobreviva.

El frío supone el prolegómeno del celo para las perdices y la llegada de más luz a su proceso de movimiento diario en busca de la alimentación iniciará el camino para los apareamientos y la defensa de los territorios. Tan malo es que en este trimestre la temperatura se mantenga muy por debajo de los siete grados a que sobrepase los veintidós, porque cuando esto último sucede, el campo comienza a secarse, el polvo se apodera de los caminos y tenemos una sensación más propia de la siguiente estación, en la que el termómetro tendrá sus vaivenes.

En primavera

Cuando llegamos a finales de marzo, las perdices en más de la mitad de España se encuentran en el proceso de verdadera reproducción, asistiendo, si tenemos mucha fortuna de verlo, al pisado de las hembras que ya eligieron su sitio para el nido donde comenzar a depositar sus huevos, que dependerán una vez más de la temperatura ambiente para llegar a buen puerto.

Siempre se ha dicho que para que la puesta sea generosa y los huevos se mantengan en perfectas condiciones debe haber una cierta humedad en el ambiente, y ésta la dan las lluvias de primavera, que han de repetirse de forma casi semanal. Pero estas aguas tienen que caer de una manera medianamente sosegada, porque si hay lluvias torrenciales, la posibilidad de pérdida de nidos se dispara a niveles alarmantes. No obstante, a favor de las perdices hay que decir que suelen escoger bastante bien los sitios donde hacer los nidos y poner los huevos.

Pero el ciclo reproductivo sería mucho más productivo si el campo, sobre todo el cerealista, tuviese un cierto arbolado intercalado entre tantas hectáreas de cosecha. Si es que les preocupa algo la fauna a los agricultores de estos lugares, costaría poco poner unas retamas en puntos estratégicos, las cuales servirían luego para refugio y cría de muchos animales, pero eso forma parte de una sensibilización medioambiental que hoy en día muchos agricultores no tienen.

Sin lluvia no habrá cría, pero sin una cierta temperatura la perdiz no se meterá en los nidos a incubar, lo cual también resulta un condicionante para que todo funcione como un reloj. La hembra de perdiz, cuando considera que su volumen corporal puede con los huevos depositados, decide comenzar la incubación, que estará marcada por la subida de la temperatura por encima de los veinticinco grados. No olvidemos que lo que le hace aguantar a la ‘pájara’ en el cubil son unas temperaturas altas, aunque dentro de unos límites. Si la temperatura sobrepasa los cuarenta grados en el periodo de incubación durante más de un día, seguramente la hembra aborrecerá el nido. Y si no, sucederá lo de hace cuatro años, que muchas hembras murieron en sus nidos por las altas temperaturas (superiores a los cuarenta y dos grados), llevándoles a su final el deseo de seguir en la brecha reproductora.

La llegada del estío

Pero todo tiene su momento, y lo que en primavera son jornadas muy calurosas, en los comienzos del verano son días aceptables. Los polluelos necesitan calor en sus primeros días de vida (mejor entre treinta y treinta y cinco grados en el centro del día), lo que les hace ser independientes de sus padres y poder nutrirse de hormigas, saltamontes, moscas y distintos bichillos que se encuentran en sus movimientos por el campo. Esto les hará crecer casi a diario, siendo más sencillo localizarlos en los caminos, donde en un rato pueden llenar sus buches con las interminables caravanas de hormigas que recolectan semillas. Al mismo tiempo, una vez nacidos, las altas temperaturas les permiten, al encontrarse la tierra muy suelta, tomar los baños de arena fina con los que combaten a los parásitos, se refrescan y realizan su higiene diaria.

La lluvia, y con ella la humedad, son enemigas de los polluelos en sus primeros días de vida, ya que sus débiles patas se atascan en esos barrizales que pueden resultar su perdición. Además, sus pequeñas plumas se mojan, y si a esto encima le unimos las bajas temperaturas que en ocasiones acompañan a los aguaceros de junio, éstos serán una trampa mortal para los pequeñines que llevan horas fuera del cascarón, porque sin sol que caliente, con frío y encima mojados, muy pocos sobrevivirán a la noche. Por ello, es muy importante que en nuestros campos exista y se exija la presencia de arboleda, de monte que en un momento determinado pueda socorrer a la madre que barrunta la tormenta y corre a poner a salvo a su prole. Pero si no hay maleza, el milagro de la supervivencia sucederá en contadísimas ocasiones; y si no, haced memoria de los malos años de vuestros cotos, que casualmente coincidirán con la presencia en estas fechas de bajones térmicos y de lluvias.

(Texto: Cristóbal de Gregorio. Fotos: Archivo)


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Como sepas tanto de perdices como de cambio climático......

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Nos/quedamos/Artico/elpepusoc/20111123elpepisoc_7/Tes

Quede claro que soy cazador, por si hay dudas.

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