



A día de hoy, la depredación es sangrienta y las especies predadas se encuentran diezmadas de manera significativa en sus poblaciones, lo que empuja a guardas, cazadores y gestores a realizar prácticas proteccionistas en favor de éstas. Allí donde hay mucho conejo, las preocupaciones se aminoran, pues hay alimento para casi todos. Lo complicado del asunto es que en infinidad de acotados, el panorama cinegético se produce y reproduce solamente gracias a lo que el cazador cuida y protege, siempre en la legalidad, lo curioso del tema es que cuando se pretende hacer gestión cinegética y cuando nombramos esto que suena tan bien, nos encontramos con una verdadera muralla casi imposible de escalar.
Sigo sin comprender el porqué tenemos que repetir cada año la petición de permisos para controlar la población de córvidos, por citar un ejemplo, en un período tan vital para conseguir que los nidos de las perdices no sean limpiados por la habilidad de estos predadores para llevarse al menos la primera puesta, que suele ser la más abultada. Y sigo sin entender el porqué determinados personajes de despacho quieren saber dónde ponemos tal o cuál lazo con freno, con lo complicado que resulta improvisar el lugar donde tenemos que ubicarlo, decidido en infinidad de ocasiones sobre la marcha. Y lo más triste de la cuestión es que siempre esta necesidad imperiosa de control se repite cada año y por las mismas fechas.
El campo es una cosa y los despachos otra. Debemos continuar con el espíritu que no puede caer en el olvido de aquellas jornadas de noviembre del 2008, que con tanto acierto y trabajo preparó la Comunidad de Madrid sobre el trampeo, en el que se puso en evidencia que estábamos a la cola de la mayoría de los países asistentes, según las exposiciones de los ponentes y según nuestra cruda realidad, en la homologación de los métodos de captura, e incluso en la lista de los predadores cazables, limitándonos según las normas españolas, puesto que por ejemplo en Francia se podía controlar la población de garduñas, y cualquiera otra que supusiese un posible riesgo de plaga. Envidia sana tuve en aquel momento de lo que sucedía en nuestro vecino país, ya sin el potencial de caza salvaje que tiene el nuestro y qué lástima que la lista autorizada aquí se limitaba , insisto por decisión española, a zorros, perros y gatos asilvestrados y urracas. ¡Así es imposible conseguir criar caza!, un bien que tanta riqueza genera en el campo, incluso en los momentos de crisis.
Difícil panorama se nos presenta si no nos empezamos a movilizar, para que sin más dilación se nos autorice el control de depredadores durante todo el año, que muy bien se podría reflejar, y para eso están, en los planes cinegéticos, donde se contemplen todas las alternativas para poder criar caza, sin tener que renunciar a capturar una urraca un martes, cuando los días que nos facultan para ello se circunscriben a jueves, sábados y domingos. Entiendo que los que diseñaron dichas fechas pensaban de igual forma que cuando lo hicieron marcando los días hábiles para la temporada general o media veda, pienso y deseo creerlo que con la vocación y pretensión de proteger a la fauna, cuando aún no han comprendido que nosotros, el colectivo cazador, cada día es mucho más maduro, y los cotos que no responden a esa realidad en poco tiempo se quedarán sin caza, si no lo han hecho ya.
No quisieron complicarse más de la cuenta en ésta parcela tan sensible para algunos, y que también forma parte de la caza; es más un instrumento de conservación de la propia naturaleza, que el hombre muy sabiamente debe sabe manejar. No comprendo cómo se pueden controlar las urracas con los permisos especiales, cuando éstos son demasiado limitados en períodos, en días y en personas. Lo que vuelve a mi la teoría de que quién pensó en dichas autorizaciones, se cubrió bien en salud con aquello del “carácter extraordinario” . Lo hizo con una idea, que la realidad ha demostrado con evidencias y que es totalmente contraria a la verdadera gestión cinegética, pues los resultados siempre son escasos, y el desaliento cada día es mayor.
Los Organismos que representan a los cazadores, tendrían que pelear para que se rompiese de una vez por todas esa dinámica que ralentiza la marcha de los cotos, porque como algunos dicen y lo toman como excusa, no quieren oír tiros fuera de la temporada general, y otros argumentan que es más sencillo para los agentes forestales y para la guardia civil tener tranquilidad en el resto de días no autorizados, según está actualmente reglamentado en algunas autonomías.
Resulta que los métodos de control de predadores se limitan en exceso, en muchos lugares, por la falta de confianza sobre los que manejan los cotos, en cambio a estas personas que deciden sobre lo que debes hacer o no en los terrenos que gestionas, no les importa ni se meten con toda la química que también es veneno que se vierte al campo a modo de herbicidas, con unas repercusiones evidentísimas en el futuro de todo bicho viviente. Lo que sucede es que nadie habla de que hay menos “totovías” que antes, que dicho sea de paso, eran una escuela para los jóvenes, que las cazábamos con plomeras. Ahora que nadie las caza, son cada vez menos abundantes, habría que preguntarse el porqué y quién es el responsable.
En fin, los cazadores sin afán de defender al que está fuera de la ley, deberíamos solidarizarnos con los problemas que algunos sufren en el día a día para que siga habiendo vida en nuestros cotos, aunque para ello seguimos derrochando inmensas cantidades de ilusión, aunque les pese a algunos. Tal vez tendríamos que exigir una nueva lista de especies predadoras controlable, de igual forma que se tendría que hacer con las rapaces en algunos sitios que no dejan respirar a lo poco que nace en sus dominios, a pesar de que unos hagan suyo aquel dicho de que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Se comenzarían a resolver muchas situaciones incómodas en el campo para unos y otros, pues en un diálogo abierto por ambas partes, se encontrarían las soluciones que equilibrarían muchas balanzas, lo que sucede que si todo va más o menos bien, el negocio de algunos que viven de meter la nariz en casa del vecino con una vocación un tanto dudosa, se les vendría abajo, teniendo que apuntarse a la triste lista de parados que crece y crece.
Ningún cazador ni gestor cinegético exterminaría ninguna especie, por mucho daño que le hiciese en su población de animales, lo que sucede es que cuando ese número se incrementa de forma alarmante y las cosas no van como debieran, es necesaria una actuación, les pese a quién les pese. Me encantaría que éstas líneas sirvieran de reflexión a muchos que no viven el campo como yo, que se me revuelven las entrañas cuando paseando por el campo por un camino, ve a demasiada gente danzando por el monte sin cuidados, sin comprender que la naturaleza quiere tranquilidad en su momento de reproducción y no una legión de urbanitas que te increpan todo tipo de calificativos, cuando intentas razonar con ellos que ahora, a pesar del buen tiempo, esos terrenos tienen un aprovechamiento que es remunerado y que una mala pisada o un perro demasiado suelto, puede dar al traste con la ilusión de una hembra de perdiz, que ya siente el piar de sus polluelos horas antes de romper el cascarón.
(Texto: Cristóbal de Gregorio: Fotos: Archivo).









