



De siempre se ha dicho que el campo requiere cuidados todo el año, y los ciclos de control de predadores duran lo que le exige la necesidad del coto de cada uno. De esta manera, bastante padece el que tenga la desgracia de ser colindante de un monte descuidado, en el que sólo les preocupan que haya cochinos y la única gestión que realizan va encaminada a la montería/as que se celebran anualmente o, unido o separado a estas cacerías se realizan esperas, pero insisto, buscando y preocupándose de la proliferación del suido, sin que éste tenga más predadores significativos distintos del humano o del lobo.
Los cochinos en esta época, allí donde no tienen sembrados donde saciar su sed con las espigas de la avena verde que ya les gusta saborear, hacen verdaderos estragos en los nidos de perdices, en gazaperas que son excavadas literalmente hasta dar con los pequeños que cuentan con pocos días. El secreto de los cotos de caza estriba en saber administrar sus recursos, y para ello al igual que el agricultor cuando llega el momento que sus tierras se lo demandan, no tiene que solicitar un permiso para arrojar el herbicida sobre sus sembrados, lo hace y punto, a pesar de que éste pueda tener consecuencias irreparables para algunas especies, pues con la hierba desaparecida se anula el alimento de los insectos, que tan importantes son para el desarrollo de muchos pájaros que ya escasean, sin que la vieja escopetilla de plomos haya dado cuenta de ellos.
Lo mismo se tendría que hacer con los cotos de caza, pues cuando un gestor, guarda o encargado tiene la oportunidad de controlar algún animal de los que no están protegidos, no tiene que esperar a que el permiso venga de un despacho territorial de Medio Ambiente, con lo que la eficacia en las buenas prácticas cinegéticas se podría conseguir en unos números bastante elevados. No me sirve el principio o la excusa que algunos buscan para responsabilizar a unos muchos que lo hacen bien o que al menos aspiran a realizarlo, con las trastadas que unos pocos de nuestro colectivo cometen de vez en cuando, para justificar que no quieren dejar la mano abierta a todo el colectivo, pero se equivocan, pues lo único que están consiguiendo es que el campo se vaya apagando de vida animal. Llegará un momento en que los animales protegidos no tendrán que comer, entonces ¿vendrán a darles de comer los que tanto los defendieron?
Hace veinte años, cuando uno estaba en el campo, en estas tardes de mayo tan largas y placenteras, de pronto se escuchaba un disparo, y enseguida se hacían cábalas: habrá sido el Cipriano en una espera de conejos al atardecer, o tal vez sería Paco, el guarda del chaparral a algún zorro, o por qué no decirlo, el estruendo de algún dueño de lo ajeno en alguna avena a un marrano de mediano porte, al que le empiezan a molestar las garrapatas. Cada sonido estaba integrado en el campo, y los tiros al igual que suenan en la época corcera, deberían hacerlo en nuestros cotos con el fin no de seguir cazando, que podríamos tener todo nuestro derecho, sino el contribuir con nuestra inteligente mano a que haya comida para todos, a que haya un equilibrio, que por desgracia en muchos lugares, ha desaparecido.
Tal vez alguna de las personas que se encuentran en esos despachos, y me consta que también hay quién entiende lo que voy a contar a continuación, soy partidario de dejar iniciativas a los particulares, a las sociedades de cazadores, para que puedan realizar sus trabajos sin tanto intervencionismo. Citemos un caso que es simpático, por ser generoso con la expresión. Resulta que cada año y ya van más de diez, los titulares de los cotos de muchas Comunidades Autónomas tienen que solicitar un permiso para control de urracas, perros errantes, gatos asilvestrados en los meses de primavera, justo cuando más asequibles pueden estar las urracas en pos de controlar sus poblaciones, dato que aprovecho para recalcar a aquellos administradores de permisos que te dicen que tienes todo el año para controlarlas, pues bien, supongamos que tenemos un coto en el que el día marcado en el plan cinegético para salir en la general es el jueves, ahora viene el desarrollo real de los acontecimientos: un día porque llueve y no viene casi nadie, otro día porque el trabajo no me lo permite, otro porque las urracas no se dejan acercar, etc., van pasando los días y no conseguimos nada más que dos o tres de estos inteligentes pájaros en la media veda y la general. Pero cuando llega abril/mayo, están en parejas, se encuentran en situación más confiada que en la temporada general, en la que vuelan mucho más lejanas incluso que las esquivas perdices, que ya es decir, por lo que de toda la vida se ha aconsejado esta época como la más idónea para el control poblacional de las especies en cuestión. Entonces ¿por qué cada año hay que cargar los despachos de los funcionarios de miles de solicitudes que a veces se tramitan con desgana y con demasiada tardanza en su resolución? ¿No sería más sencillo incluirlos en los Planes Cinegéticos que tantos beneficios les dan a algunos, pero que no sirven más que para dar cifras justificando las bases de datos?
No sé, queridos amigos de afición, si es que el ser humano busca complicarse la vida en asuntos que no debería, y no escucha la voz de la tradición que demostró que el campo y su gente se pueden regular de forma más normal, sin tanto intervencionismo.
En el campo, en la naturaleza, en ocasiones la presión alimenticia se hace insostenible, de igual forma que pasa con esos buitres hambrientos pasa con determinados territorios de caza que sufren el azote de poblaciones demasiado abundantes de águilas que tienen que comer y que por desgracia, los recursos de hoy no son los de hace cuarenta años, porque el uso de la agricultura, por si alguno aún no se ha enterado, ha cambiado y de qué manera. Hoy encontrar un campo con linderos respetados durante todo el año por agricultores y ganaderos es casi un milagro. Las escasas cunetas están sin vegetación, luego las posibilidades de escapatoria se reducen a unos números que te invitan a colgar la escopeta en ocasiones mucho antes de empezar la temporada, y todo esto pagando por algo que no existe ni existirá mientras no haya unos ápices de cordura en los que tienen la potestad de decir sí o no a tantas ilusiones que pueden ser truncadas en escasos días.
Ahora iremos al despacho de turno a pedir que nos ayuden porque tenemos el problema de los córvidos, espero que la respuesta no sea como la recibida la pasada campaña, en el que se llegó a afirmar que, cómo no estaba reflejada la modalidad en el Plan Cinegético y no se habían declarado nunca en las capturas anuales, no se consideraba relevante y por lo tanto no había que darle la solicitud, a pesar de que el informe del Agente Forestal que se personó y recorrió el cazadero fue favorable. Cuanta energía truncada en minutos, cuanta ilusión tirada por la borda cuando ves que las pocas parejas de perdices no han conseguido sacar con éxito, cuantas deseos de dejar nuestra afición y dedicarnos a otros menesteres se nos pasan por nuestra mente ante tales comportamientos de personas que se creen, y alguien se lo ha consentido, jueces pero también en verdaderos verdugos del destino de nuestros campos, como pasó con la actuación de los topillos, de la que nadie habla o no se quiere hablar, tan sólo la frase, “el fin ha justificado los medios”.
Tal vez la solución es darles esos cotos cargados de rapaces, de zorros, de ginetas, de meloncillos... a nuestras queridas Administraciones de Medio Ambiente y emplazarles a que sufran en su propia piel lo que algunos llevamos penando durante años, nos den los datos y cumplan esos planes cinegéticos que tendrán que asumir a rajatabla. Nos tendrán que informar dónde van a poner esa jaula y el nombre de su responsable, que tendrá que visitarla todos los días de forma inexcusable. Y al final de cada campaña veremos cómo, y cuanto nos cuesta a los contribuyentes la gestión de las escasas treinta perdices, cincuenta conejos y siete liebres capturadas por los cazadores, con ello se darían cuenta en propia piel de los esfuerzos que algunos hacemos de continuo, sin que nadie nos los reconozca.
(Texto: Cristóbal de Gregorio. Fotos: Alberto Aníbal-Álvarez y archivo).









