



Tanto es así que muchas veces mascan el trigo o la cebada, como nosotros el chicle, succionan el jugo de las espigas y después de bebido escupen lo mascado en unas características bolas que les delatan.
No se cuidan mucho los guarros de no dejar señales a su paso, pues además de comer, defecan y mingitan tanto en lo comido como en lo todavía no engullido. Y para colmo, las madres se tumban en los cereales para poner al alcance de las fauces de los más pequeños esas espigas granadas y sin granar que tanto gustan a los jabalíes de todas las edades.
Lo de los pastores eléctricos, cañones de butano, pelo humano y demás zarandajas son algo más que nada, pero yo he visto cómo un pastor eléctrico daba a un jabato un calambrazo, gruñendo aquél como un poseso. El animal anduvo hacia atrás para coger impulso y en un veloz arrebato rompió el cable, se enredó en él y pasaron tanto el jabato como toda la comitiva que venía detrás.
Es decir, que eso de gastarse dinero en recomendaciones de quienes no van al campo, lo justo y necesario ( es más, y diría que ni un euro). Y si no, que vayan ellos a espantarlos.
Hay muchas cuadrillas formadas por personas de cartera abultada que compran las batidas a determinados cotos, y hacen prometer no dar esperas por daños, pues ellos corren con los daños que puedan causar los jabalíes, para después tener el coto a rebosar de cochinos cuando lleguen las batidas o monterías.
Normalmente pagan los daños, eso es cierto; pero, ¿y los accidentes de carretera? Habitualmente también corren con ellos. Eso no deja de ser un subarriendo, y llegado el caso de que el accidente de carretera vaya más allá de lo habitual, el responsable es el adjudicatario del coto, quien estará debidamente asegurado, pero como los seguros están escarmentados, ya todos los hacen franquiciados.
O sea, que ante un grave siniestro jamás podrá librarse de responsabilidad alguna el titular del coto. Se han dado casos extremos en los que el comprador de batidas o monterías no ha querido saber nada del asunto, y entonces todo el peso de la ley cae sobre el adjudicatario.
Por eso no me parece bien –ya lo dije en el anterior artículo- que, habiendo daños como los que hay en ciertos cotos, se permita que siga habiéndolos y luego se paguen a los dueños de las fincas. Sobre todo, porque una vez cosechado el campo andan por ahí piaras de jabalí desorientadas.
Cada adjudicatario del coto debe solicitar esperas nocturnas de jabalí o utilizar otros métodos efectivos, que no los hay, para que los jabalíes no hagan de las suyas, en vez de esperar una subida por las muchas capturas que hará el subarrendatario. Al entrar en una directiva de un coto hay que dejar muy claro el asunto, para que luego no vengan los lamentos y los embargos.
Es más, en muchas leyes autonómicas no está permitido el subarriendo, pero con apuntar a los jabalineros al coto muchos se creen que lo tienen todo arreglado y no es así, pues los cotos tienen un número de cazadores por hectárea que no se puede rebasar, y si entran los del jabalí, ese límite se sobrepasa. Y aunque de momento no pase nada, uno nunca se puede fiar.
(Texto: Miguel Ángel Romero Fotos: Alberto Aníbal-Álvarez y Autor)









