



Hace algunas semanas tuve la oportunidad de visitar la fábrica de Merkel en Alemania, en un viaje en el que tanto mis compañeros de viaje como yo fuimos invitados a cazar corzos, probando de paso los rifles Merkel.
En Alemania los corzos abundan hasta llegar a ser casi plaga, tanto es así que si las sociedades de cazadores no cumplen con la cantidad de abates previstos en el plan de caza tienen que pagar a los agricultores fuertes sumas de dinero por compensación de daños.
Circulando por las carreteras y autopistas germanas es muy frecuente ver algún que otro corzo pastando a tan solo unos pocos metros de ellas, y lo que más llama la atención es que en cada sembrado hay alguna torreta de espera.
La primera salida la hicimos por la tarde, a eso de las seis. Me tocó un magnífico Merkel modelo KR 1 de cañón acanalado en calibre 8x57JRS, y equipado con un visor Docter 2,5-10x50 con punto luminoso.
Hacía un día totalmente asqueroso, de esos fríos, grises y con lluvia. Me dejaron en una torreta de unos cuatro metros de altura, delante de la cual tenía cerca de un kilómetro de campo sembrado de colza, delimitado al fondo por una ristra de esas enormes hélices que acumulan energía eléctrica.
Por la ventanita de la derecha, a unos 115 metros, tenía una autopista de tres carriles por sentido; por la izquierda un bosquecillo, delimitando otro campo de colza; y por detrás otro bosquecillo de unos veinticinco metros de ancho y a continuación más colza hasta llegar a una zona de casas, situada a unos 600 metros.
Nada más llegar cargué el rifle y me peleé durante unos minutos con el mando del punto rojo del visor hasta que dominé su encendido y apagado así como el grosor del punto (algo muy importante ya que no tenía cruz, sino simplemente el punto luminoso que en la máxima intensidad hubiera tapado por completo un corzo a 100 metros).
Una vez hecho esto, me puse a escudriñar los infinitos campos de colza con mis prismáticos. De vez en cuando divisaba alguna cabeza de corzo asomando por encima de la colza, o algún otro ejemplar saltando por los cultivos, pero a distancias totalmente fuera de tiro.
De pronto, a mi derecha, vi la silueta de un corzo, pero desgraciadamente caminaba en paralelo a la autopista y a la misma altura que aquélla. Lo seguí durante unos minutos hasta que por fin bajó hacia el bosquecillo, y justo un par de metros antes de desaparecer en la espesura, y ya son peligro de que mi bala fuese a parar a la autopista, le solté el tiro y vi cómo caía fulminado, a una distancia, medida después, de 98 metros. La bala le entró en la tabla del cuello.
Seguí los consejos del dueño de la finca y me quedé en mi torreta. Él me había recomendado que no me moviera después de abatir un corzo ya que me podía entrar otro, cosa que yo ponía en duda. Así que me quedé y aproveché el tiempo fotografiando una enorme liebre que jugueteaba a unos veinte metros delante de mí.
De repente, con el rabillo de ojo vi por la ventanita izquierda un grupo de cuatro corzos y corzas. Tire la máquina de fotos al suelo, trinqué el rifle, apunté al que me parecía el más grande y disparé. Todos saltaron al unísono en direcciones distintas. Las ventanitas de las torretas son muy estrechas y el ángulo de visión y de tiro es bastante limitado.
Uno de los corzos se paró de frente y pude volver a disparar, cayendo éste con un tiro en el pecho a 122 metros, pero no era el animal al que había disparado primero, sino uno joven, como pude comprobar después, pues aún tenía borra. Del otro ni rastro, pero creo que le di.
En poco más de una hora había cobrado dos corzos y estaba de lo más contento cuando al rato, casi de noche ya, miro hacia donde había tirado el primer corzo y descubro a otro, como olisqueando a su difunto colega. Veía perfectamente el cuerpo del corzo pero no la cabeza, que estaba tapada por la colza. Le apunté a la paletilla y esperé pensando: “como levantes la cabeza y asome una pizca de cuerna vas apañado”. Y efectivamente, la levantó y resultó macho, con lo que su paletilla recibió el tiro.
Como se iba a hacer de noche cerrada fui a recoger mis corzos. Al no tener correa el rifle lo dejé arriba para no pegármela bajando la empinada escalera de troncos. Al llegar al lugar donde tiré el segundo corzo me ladró descaradamente otro ejemplar a menos de diez metros. De haber llevado el rifle hubiera cobrado con toda seguridad otro.
Al volver al hotel y preguntar a mis compañeros, tan solo uno había cobrado un corzo, por lo que hubo más de un cabreo y sospechas de que yo estaba enchufado. La verdad es que tuve una suerte increíble, pues se trata de una forma de cazar totalmente distinta a la nuestra, en la que hay que estar muy atento, porque los animales son visto y no visto. Además el frío, la lluvia, los visores empañados y la poca y grisácea luz no acompañan para nada.
En comparación con los trofeos de nuestros capreolus, la cuerna de los corzos alemanes no son demasiado buenas. El mejor de los míos tenía una luchadera partida, el otro presentaba una ‘cuchara’ en una de las cuernas y el era otro joven, con gruesas cuernas pero todavía con borra. Allí las normas son así, si tiene cuerna disparas aunque el macho tenga cuernos de un centímetro de alto.
La forma de cazar alemana, rodeado de casas, coches, etc. aquí sería impensable; allí es posible debido a la educación y al saber dónde y cuando puedes disparar con seguridad, siendo los alemanes muy estrictos en este aspecto.
(Texto y fotos: Jean Pierre Bourgignon)









