



Así, en jornadas anteriores, fue ese singular e irrepetible jabalí con sus muchos rastros el que estableció una criptografía de sus rutinas sobre el terreno, como prólogo de lo que vendrá a ser el embrujo futuro en espera de ese lance en áreas abiertas. Es tiempo estival, es la hora de las esperas cochineras. El diálogo del aguardista está lleno de vocablos como luna, aire, revoco, baña, querencia, trocha, traza y otros muchos a los que una y otra vez dan vueltas, como el jabalí resabiado al aguardo. El aguardo empieza en el mismo instante en que se comprueba que la tarjeta de presentación que constituye un rastro tiene relevancia, entrando entonces en el llamado juego de la depredación. Esto, tan real como crudo en la naturaleza, es un tema que el apasionado al aguardo defiende con verbal vehemencia, teniendo en frente siempre a todos a los que por inexperiencia incluso les molestan aquellos oficios que en su diario encuentran el rusticar.
Esperar la caza en la noche tiene singularizado su máximo exponente en que a la pieza no la llegamos a ver hasta que no se emplaza en el tiradero. Por tanto, se la acecha por signos y rastros un tiempo antes, y llegadas las horas del aguardo se consumen sus minutos a la escucha, hasta que al hacerse su silueta visible validamos si cumple o no el perfil del jabalí esperado. Dejando a un lado lo inclemente, las esperas de otoño e invierno sí difieren principalmente de las que se realizan ahora en tiempo seco, y es por los sonidos del monte, dado que la nocturnidad con clima bonancible facilita al cazador que todo sea más audible. Los arbustos, hojas e incluso la hierba -por estar todo seco suena al ser rozado o pisado por el jabalí- nos indican por dónde viene, cómo llega y quién es el ejemplar. En otoño e invierno, contrariamente, la humedad de la vegetación, así como la del suelo, faculta su elasticidad y además el terreno esponjado o blando amortigua mucho o en parte cualquier rumor que produce el jabalí en esos pasos obligados en el entorno del aguardo. Nadie piense por ello que un jabalí en la noche rompe monte en su deambular; más bien todo lo contrario. Un jabalí de terreno abierto -por tanto avisado- es más silencioso conforme acumula años, y en tal grado puede serlo, que en ocasiones nos percatamos de su presencia por verlo a corta distancia, sin antes haber tenido aviso o rumor de su llegada.
La climatología de cada estación es de suma importancia en el desarrollo del aguardo, pues como es sabido los aires son más fijos en tiempos fríos, mientras que en tiempo seco al ponerse el sol -por diferencias térmicas-, los muy puntuales revocos o corrientes de aire nos juegan malas pasadas, avisando a los guarros de que el menú tiene factura. Aun reconociendo que en tiempo de estío esperar es muy agradable y que cuenta además con el aliciente de la entrada de bichos con más de seis patas, como mosquitos trompeteros, garrapatas y algún que otro alacrán como sazón del asunto, se añade la ventaja de que los rastros del cazador suelen borrarse en menos tiempo. Debemos acordar que siempre es conveniente, igual que en el invierno, tomarse el tiempo suficiente y con la adecuada antelación ubicarse en el aguardo lo más cómodo posible, y si ello no fuera factible -por cargar el aire-, entonces lo correcto es, contando con el rédito de una hora por delante para ponerse el sol, tomar los bártulos y buscar otro lugar más favorecido para esperar no resabiando jabalí alguno. En cuestión de aguardos, lo que se intenta cocinar en semanas, si falta atención o ingredientes termina sabiendo mal o se nos quema en segundos.
La lluvia, aunque breve, cuando hace acto de presencia en tiempo veraniego merma las opciones del aguardo si éste es de baña. Por el contrario, siendo el puesto de querencia al alimento, lo que suele suceder es que precipita los acontecimientos, dado que los guarros con tormenta de atardecida suelen desencamarse en cuanto se mojan. Del mismo modo, en los meses fríos con días de niebla también salen antes del encamo y tardan más en acudir de vuelta para encamarse de madrugada, dado que la experiencia les dicta que las brumas o nieblas los ocultan, no favorecen su localización, y según su cobertura se adelantan o retrasan en sus excursiones nocturnas.
El factor de la luna es muy de tener en cuenta en todo aguardo, tanto en invierno como en verano. Con tiempo frío es mayor la visibilidad en la noche que en los meses calurosos. La conducta del jabalí en la noche tiene mucho que ver con la incidencia de la luminosidad sobre el monte, y cuanto más creciente sea la luz del satélite, mayor recelo despertará en el jabalí; para el apasionado a carta cabal, no hay nada como una luna de enero. Los machos viejos siempre, con el alborear del día, buscan las breñas para no dejarse ver y en la noche igualmente buscan las sombras del arbolado para que la luna les deje ver sin ser vistos. Ahí estará alerta en su aguardo el sufrido cazador, sin valorar los rigores de la noche con tal de vivir el pasivo abate de un gran jabalí.
(Texto: José Miguel Risueño. Fotos: Archivo).









