



La intensidad en la práctica de la caza tiene como consecuencia que los guarros aprenden, como también lo hacen los lobos en Galicia, pues una vez los perros sujetos de su traílla avisan del rastro del jabalí, es el astuto cánido el que se vacía, sabedor de que un tiempo después se armará un cierre de la mata de monte en la que permanece no lejano el jabalí. Son usos repetidos y, por ello, conductas aprendidas también, además del lobo, por el jabalí. Son siempre previas a la entrada de cualquier comedero artificial, por eso si analizamos nuestros cobros o lances caeremos en la cuenta de que los mejores trofeos los abatimos en unos lugares y a unas horas donde no se dan rutinas en nuestro rusticar nocturno. Las especies evolucionan, y si un corzo en su celo aprende cuándo se le reclama mal, qué podemos decir de los jabalíes ibéricos machos, a los que sin tregua se busca e intenta cazar durante gran parte del año.
Es en todo comienzo de verano, de acuerdo al anticipo o retraso de las calendas de junio, cuando tenemos que observar las aguas y estudiar quiénes visitan y con qué frecuencia esos puntos naturales querenciosos. En junio la abundancia de comida en los campos es algo evidente y caeremos en la cuenta de que es inútil esperar un buen guarro en un comedero recebado al que sólo acuden jabalinas con su prole y, si acaso, algún cochinote de poco porte que, en ocasiones, paga con su vida el peaje del ansia por demostrar que se cazó, cuando en realidad lo que se hizo fue matar de forma inútil a un animal que con el tiempo no sólo habría dado carne, sino que nos hubiera permitido establecer y prolongar el disfrute nocturno, al ser más complicado el reto que comporta todo ejemplar de jabalí con años cumplidos.
De lo único que se tiene certeza, sólo si se madruga y se estudia el terreno, es de por dónde aproximadamente pasa el día encamado nuestro guarro, que en estas fechas comienza a buscar frescales de umbría y sotos húmedos donde la vegetación de ribera le proporciona seguridad y confidencialidad más que suficiente para pasar desapercibido y de incógnito las muchas horas que tiene de luz cada jornada, zafándose con ello tanto del ser humano como de la infinidad de insectos que en este periodo se adosan y martirizan su pelambrera.
Conocido lo anterior, lo adecuado es esperarlos en comederos naturales al declinar el día y también en los pasos de regreso a los lugares de encame, conciliando todo ello en dependencia de la abundancia de campos de cultivo y teniendo en cuenta que, al ser menores las horas de luz, el jabalí apurará la noche, siendo posible, en este final de primavera, que regrese todavía a unas horas en las que la oscuridad anuncia el alborear del día.
Por sus condiciones no todos los puntos de aguardo de los grandes jabalíes brindan las mismas ocasiones para abatir buenos o mejores guarros, y en ello mucho tiene que ver la estación del año y la intensidad con que esperemos, pues los viejos solitarios no se hacen por generación espontánea, sino a base de años, de ahí que hoy sea más factible lograr un animal de gran trofeo en terrenos de campiña perdicera que en aquellos otros de sierra agreste y bravía donde, por muy cazados, no se matan ni cobran cochinos en terrenos abiertos como los de antes.
(Texto: José Miguel Risueño. Fotos: Archivo).









