



Después, a disfrutar de los placeres mundanos, del otoño y la caza. La guerra, en invierno, no era cosa de generales cabales. Por cierto, algo que Napoleón tardó en comprender.
Nuestros calendarios patrios nos hablan también de tiempos de serenar nuestras diarias guerras y concederle una alegría a nuestras piernas y espíritus a partir de mediados de octubre. Después del Pilar se despeja la caza menor tradicionalmente, así como las humedades y los fríos nos empiezan a dar disfrute a nosotros y a nuestros perros con batidas, ganchos y monterías.
En más de una ocasión, cuando he escrito de batidas “a la suelta”, algún montero norteño se me ha enfadado diciendo que, en concreto, en Galicia se caza “emplazando”. No es cierto, en gran parte de Galicia se caza también en montería. Sobre todo en las zonas montañosas del interior de Pontevedra y en todo Ourense, zonas de tiros largos, con pocas vías de comunicación y una creciente cabaña de cérvidos, con mucho corzo y algo de venado. Cada vez más venado.
En la franja costera pontevedresa, Coruña y Lugo se suele emplazar primero con el perro de cuerda. Quizás es la forma más antigua, medieval y romántica de montear. Se hace, evidentemente, con el perro de cuerda, con lo que se localizan las piezas encamadas, es decir, se emplazan para, con posterioridad, a las dos de la tarde, hacer la suelta con las posturas colocadas en corto. Bastante cerca de donde presumen la ubicación del cochino.
No suelen sortear los puestos y tampoco existe mucha prisa. El jabalí encamado seguirá encamado mientras no se le moleste, con lo cual los cazadores que cubren es normal que estén plantados en el bar de la reunión hasta el mediodía o, directamente, lleguen a la junta cercanos ya a la hora de comer. Esta última opción parece más razonable y saludable que la anterior. Aquí las razas no han cambiado desde las descripciones de los tratados medievales, incluso se está reintroduciendo de nuevo al alano, que tantos lances a “osso et venado” han proporcionado a los monteros del Medievo.
En aquel entonces toda España era más parecida a los frondosos bosques, fragas y devesas de Ancares, Caurel, Cabrera o Liébana. Todo era bosque húmedo hasta la Sierra de Segura o los Alcornocales en Cádiz. Con la merma maderera para la Flota de Indias y el aumento de superficie cerealista, tan precisa para abastecer a una población en franco aumento, estos bosques húmedos han quedado confinados a las regiones más septentrionales. Sólo en ellas se sigue emplazando el jabalí, con lo que a los monteros de rastro les gusta llamar “a la cuerda”.
Razas de sabuesos de orígenes distintos a los patrios pueblan el norte de España. Desde mediados del siglo pasado asistimos a una ampliación del mosaico de estas razas con la aparición, por doquier, de todas las francesas, amén de alguna inglesa de pequeño porte como puede ser el beagle.
Releyendo el ‘Manual de la Vénerie Francesa’ del conde Le Coulteux de Cateleu, no me cabe la menor duda que, transplantado a nuestros días, el bueno del señor conde podría haber utilizado para sus descripciones cinológicas más de una perrera de Coruña, Asturias o del norte de Navarra. Tal es la afición que a esas razas, venidas del norte de los Pirineos, se les ha profesado en la España húmeda, que ha llegado a perjudicar gravemente muchas de nuestras estirpes más singulares. Ejemplo de ello ha sido el soberbio sabueso español. Sean gabachos, hijos de las Islas de Albión o los cruces de ambos con los autóctonos, siguen siendo sabuesos, igual que en el Medievo.
El verdadero cambio en la rehala norteña se está produciendo en la modalidad de “caza a la suelta”. Es, como ya he comentado, la más parecida a la montería. En ella lo raro hace algunos años era ver podencos; hoy es habitual.
Los podencos, conocidos en Galicia como cans guichos, en referencia a sus erguidas y puntiagudas orejas, cada vez son menos raros dentro de la rehala norteña. Los motivos son diversos, pero yo apuntaría dos. El primero es que la temporada es hoy más tempranera que hace unos años. En pleno agosto ya se les está dando mandanga a los cochinos. Son en estas situaciones de calor pegajoso y húmedo donde resultan más resistentes, evidentemente, las enjutas razas sureñas.
El segundo motivo es que la tenacidad en el seguimiento del rastro demostrado por un grupo de sabuesos puede vaciarte la mancha de cochinos y de perros con facilidad. Una vez superadas las armadas perros y cochinos, no solamente son las manchas las que quedan vacías de presas, también se vacían los cazadores de esperanzas y ya sólo resta tirarle un trago a la bota y arrear para casa.
Es muy distinta una forma de montear a otra. La caza emplazando a cuerda sigue conservando un halo de romanticismo y de rusticidad. De cierto individualismo (hombre-perro) que sólo es roto por el bullicio de los compañeros al final, mediante un colocar de los puestos y un desenlace normalmente rápido.
No en todo el norte el crecimiento del corzo ha sido uniforme. Hay zonas como las sierras de Cameros y Demanda donde en las cotas más altas el corzo, de unos años a esta parte, ha sido sustituido por el ciervo. El pez grande ha expulsado al pez chico. En otras zonas donde abunda el Capreolus y su aprovechamiento es razonablemente equilibrado mediante recechos a machos y batidas al excedente de hembras, se usan perros distintos que los que utilizarán para el jabalí. No distintos porque sus razas sean otras, sino que porque se tiene en demérito, sobre todo por parte de los puristas del rastreo a cuerda, que un perro se marche tras el goloso rastro del corzo. Los monteros cordeadores llaman a estos perros encelados en el corzo “perros sucios”. Presumen cuando su perro no quiebra o cambia el rastro y sigue al jabalí escrupulosamente. Estos son definidos, entonces, como “perros limpios”.
De mediados de octubre al final de temporada, ya sólo se puede cazar el jabalí. Es entonces cuando en muchas de las batidas que se practican a la suelta, se determina meter los perros a la mancha en dos fases. Los primeros en entrar son los perros ‘sucios’, que levantarán todos los corzos, al tiempo que respetan bastante a los jabalíes en los encames. Más tarde se sueltan los perros poco o nada viciados al rastro del corzo, los perros ‘limpios’. Éstos sí se centrarán en los cochinos, sobre todo en los grandes. Serán los viejos navajeros los que, aculados en sus encames, permanecerán mechando la broza. Seguirán los grandes marranos, tan incrustados en su maleza que podría pasar una excavadora a su lado y ni se inmutarían.
Octubre, con seguridad, es el mes del tránsito desde los romanos a nuestros días. El paso necesario de la época de guerrear al tiempo de la retirada a nuestros cuarteles de invierno. Sin más ceremonia, sacrificios ni artificios vestales. Es el tiempo de la entrega a unos brazos gélidos y seductores como son estos primeros vientos otoñales, justo después del Pilar, la principal de nuestras fiestas en los idus de octubre. Todo se repite en la historia, pocas cosas hay nuevas o cambiantes bajo el cielo. Pero en la caza, como también ocurre en la naturaleza, aparecen cambios y novedades, también en las tendencias cinófilas de las recovas monteras, aquí, en el norte.
(Texto y fotos: Francisco Chan).










Hola Francisco,
Solamente decirte que es bastante posible que ese inmenso bosque del que hablas quizás no fuese más que una fantasía, ya que es bien sabido que la cita de la ardilla es falsa en realidad. Los análisis del polen en el suelo, así como la propia composición del mismo, hablan al menos en Galicia, de una profunda transformación del hábitat hace unos 5.000 años, cuando empezó a utilizarse el fuego de manera masiva para despejar el paisaje y, seguramente, basar la economía de la Edad del Bronce en la ganadería extensiva. Este año sacaron el resultado de un estudio realizado en Campolameiro muy interesante al respecto. Desde el 3.000 a.C. la composición principal del polen galaicos es la de plantas "amigas del fuego", es decir, tojo y uz, plantas arbustivas, y el suelo aparece de repente cubierto de carbón de una manera continua hasta hoy. Sucede lo mismo, creo recordar, con el paisaje en la época de la invasión romana: tojo y uz. No sería descabellado pensar entonces en un paisaje compuesto por zonas bajas cubiertas de bosque y zonas medias y altas más o menos despejadas con la ayuda del fuego para pastos, al estilo de las sierras donde se cría todavía hoy ganado mostrenco. Precisamente es en esas zonas medias y altas donde residían los castrexos. Es posible que la gran transformación del paisaje hacia la agricultura tuviese lugar a la caída del Imperio Romano o un poco antes, coincidiendo con la crisis del modelo minero del noroeste, pero no recuerdo donde encontré esta referencia.
Por otro lado, abordas muy por encima el tema de la cuerda, se te ve poco metido en el tema, Francisco. Los cazadores de puesto en la caza a traílla somos todos, y en muchos lugares el que no se presenta desde primera hora para ayudar a los monteros con los rastros y los "viajes", ayudando en todo lo que esté a su alcance, es tenido a menos y relegado a las peores posturas un día tras otro, por vago y aprovechado. Hay bastante de mito en esto de la espera en el bar, Chan. Además el que se aburre en el bar es porque quiere, cuantos más monteros buscando más posibilidades hay de encontrar rastros, aunque a veces pueda resultar contraproducente.
Muy buenos montes los de la Cabrera para cazar jabalí con sabuesos, conozco aquello y es una montaña espectacular, aunque jabalís no es que abunden especialmente. Por el norte galaico también se están extendiendo los venados, hay lugares concretos donde se buscan los machos grandes también a traílla, como los jabalís. La carne es muy buena, su caza con perros y arma de fuego (yo no la practico) me repiten unos y otros que carece de especial interés.
Saludos.