



La salud de Delibes había experimentado en los últimos días una gran desmejoría, y de hecho ayer se conocía que el escritor permanecía inconsciente y con respiración asistida, por lo que sus hijos cancelaron todas las actividades que tenían para estar al lado de su padre, temiendo el fatal desenlace; incluso el Rey Don Juan Carlos telefoneó para conocer el estado de salud de Delibes.
En la década de los noventa al novelista le fue detectado un cáncer del que fue intervenido con éxito en 1998 en Madrid, coincidiendo con la salida al mercado de la que fue su última novela, ‘El hereje’.
Con su muerte se ha ido una de las figuras más aclamadas del panorama literario de nuestro país. Académico de la Lengua, Premio Cervantes y Premio Príncipe de Asturias, Delibes, nacido en Valladolid, tuvo una vida de lo más activa. Fue catedrático de Derecho Mercantil, ejerció como periodista (y antes como caricaturista) en ‘El Norte de Castilla’, diario del que llegaría a ser director entre 1958 y 1963, y de su pluma salieron una cincuentena de títulos literarios, así como numerosos artículos periodísticos para diversos periódicos nacionales.
Entre su extensa obra literaria, en la que se encuentran libros tan aclamados como ‘Mi idolatrado hijo Sisí’ (1953) ‘Las ratas’ (1962), ‘Cinco horas con Mario’ (1967), ‘El príncipe destronado’ (1973), ‘El disputado voto del señor Cayo’ (1978), ‘Los santos inocentes’ (escrito en 1981 y llevada al cine de forma magistral por Mario Camus en 1984), ‘Madera de héroe’ (1987), ‘Mi vida al aire libre’ (1989), ‘El Camino’ (1950) o El hereje (1998), hay espacio más que destacado para una pasión que le acompañó toda su vida: la caza.
No en vano, con ‘Diario de un cazador’Delibes logró en 1955 el Premio Nacional de Literatura, y fue éste el primer manuscrito sobre esta temática, al que seguirían ‘La caza de la perdiz roja’ (1963), ‘El libro de la caza menor’ (1966), ‘Con la escopeta al hombro’ (1970), ‘La caza de España’ (1972), ‘Alegrías de la Caza’ (1977), ‘Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo’ (1978), ‘Las perdices del domingo’ (1981), ‘Dos días de caza’ (1988), ‘El último coto’ (1992) o ‘25 años de escopeta y pluma’ (1995).
Miguel Delibes tenía una ética de la caza más que rigurosa, gustando de abatir la perdiz, pieza a la que dedicó buena parte de sus jornadas cinegéticas, tras un gran esfuerzo de cazador y perro. Así lo dejó plasmado en una entrevista que concedió al diario ‘El País’ en 1982, y que rescata este diario en su necrológica de hoy: “El hombre-cazador debe esforzarse, por ejemplo, porque este duelo se aproxime al rigor que presidía los torneos medievales: armas iguales, condiciones iguales. Por sabido, la perdiz no podrá disparar sobre nosotros, pero nosotros quebraremos el equilibrio de fuerzas, incurriremos en deslealtad o alevosía, si nos aprovechamos de sus exigencias fisiológicas (celo, sed, hambre), de sofisticados adelantos técnicos (transmisores, reclamos magnetofónicos, escopetas repetidoras), o de ciertos métodos de acoso (batidas, manos encontradas) para debilitarla y abatirla más fácilmente. De aquí que yo no considere caza, sino tiro, al ojeo de perdiz y recuse la caza del urogallo -mientras canta a la amada, a calzón quieto-, por considerarlo un asesinato”.
La capilla ardiente con los restos mortales del escritor quedará instalada, a partir de las 12 de la mañana, en la Casa Consistorial de Valladolid.









