



Hubo un día, no muy lejano, en que la media veda despabilaba, con independencia del lecho regional, en concomitancia con la fiesta de la Asunción, datada el 15 de agosto. Era ayer. En el presente, ni el cerebro más prodigioso y mejor poblado es capaz de estar al corriente con respecto a si el desvede está durmiendo, somnoliento o despierto, tercera posibilidad que no por última es infrecuente: en Aragón, Asturias y Murcia los gestores autonómicos han tenido a bien permitir que cazadores y perros escudriñen los acotados en busca de codornices, tórtolas, torcaces y otras salvajinas antes que el resto de aficionados y canes de otros territorios.
Con el transcurr
ir del calendario en lo que no se advierte trueque, sino tradición, es en matrimoniar la caza de estío con la polémica, porfía que tiene una cara y un reverso: aquélla, la que protagonizan los cazadores; el dorso, encarnado por los enemigos de la cinegética, colectivo que no sólo no está en peligro de extinción sino que se acrecienta conforme avanzan los días.
La discusión de los cofrades de San Huberto no tiene otro interés que conocer si la media veda será buena, mala o regular. Por su parte, la intención de los fiscales de la cinegética es darle a la caza la carta de despido. Para ellos, la media veda es el hilo que enhebra por el ojo de la aguja de tan fúnebre intención, acusando al gremio cazador de dispar no sólo sobre las especies autorizadas sino también sobre otras salvajinas (perdices, liebres...) que en estas fechas están protegidas.
Y sí es verdad que cazadores egoístas haberlos, haylos, también es cierto que son menos que más, ecuación que no se itera en otras colectividades, por ejemplo, en la de aquellos, los interventores de la venatoria, que desconocen la segunda acepción de enhebrar: decir seguidas muchas cosas sin orden ni concierto.
La discusión que nos interesa es la primera, la que encarnan los aficionados a la cinegética: ¿estamos ante un año codornicero bueno, regular o malo? La respuesta, al igual que en el ayer, será tan dispar c
omo disímiles sean las vivencias del cazador cuestionado, revalidándose la máxima que certifica que cada uno cuenta la feria según le va y estacionando en el olvido el raciocinio con el que nos ilustraba Javier Gómez de Liaño, abogado y magistrado excedente, en una de sus recientes colaboraciones periodísticas (‘El Mundo’, 10 de agosto de 2009): “ni el blanco es la pureza, aunque sí su símbolo, ni el negro es el pecado, aunque sí su distinción, abriéndose entre uno y otro una lista de grises que van desde el perla al marengo”.
Ahora bien, con independencia de la blancura o la negritud de las respuestas, lo que nadie puede rebatir es que en dicha feria se han deslizado, además de alguna que otra vanidad, un invitado no deseado: la agricultura intensiva, envite que hace presagiar que los modelos de agricultura tradicionales están a pocos lustros, tan escasos que quizás sea más correcto escribir años, de desaparecer.
Ignoro si la estrategia adoptada en la Europa comunitaria es la correcto; lo que no desconozco es que dicho sistema agrícola, condimentado con el desarrollo del turismo y con el socorrido tema del cambio climático, perejil que está en todas las salsas, es una guadaña para la cinegética. La caza necesita de la agricultura tradicional tanto como de la existencia de campos poblados y bien gestionados.








