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El Blog de José Carlos García

Oriundo de Aspe (Alicante) y madrileño de adopción, soy, además de aficionado a la caza, licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense y redactor de las revistas Federcaza y Cazarmas desde 2009.

 

Manos incendiarias

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"Los bosques preceden a las civilizaciones, los desiertos les suceden". La cita que se adjudica al romántico vizconde de Chateaubriand cobra vigencia estos días en que el agro español está siendo pasto de las llamas. Ávila, Teruel, Zaragoza, Cáceres... y tantas provincias arden a razón de miles de hectáreas este verano por razones que tienen poco que ver con factores meteorológicos, sin contar las vidas que se pierden en la extinción y, en nuestra memoria, el recuerdo de aquel verano de 2005 y el funeincendiosto recuento del incendio en Guadalajara, que vino a concienciarnos de la necesidad de endurecer una ley laxa con el infractor.

Tan cierto es que la estación seca ayuda a propagar el fuego como que detrás de parajes arrasados se esconde la actuación impune en muchos casos de pirómanos y manos incendiarias. Enfermedad, interés urbanístico o ganadero, el hecho es que en medio siglo ha ardido más del 20 por ciento de la superficie forestal. La propagación de estas perversas actuaciones fue la que condujo hace ya 35 años a la aprobación de la Ley de Montes, por la que se prohíbe la edificación o ocupación de la zona afectada a usos distintos de los originales, al menos en los 30 años posteriores al incendio. A pesar de su vigencia, al igual que sucede con la Ley de Costas, la legislación en muchos casos no trasciende más allá del papel.

Atravesamos unos meses críticos para nuestro ecosistema, incendios forestales que asolan miles de hectáreas de campo y que tienen en vilo a los servicios de emergencia y al ejército desplegado. En los últimos meses, las investigaciones han llevado a la detención de más de medio centenar de personas a las que se les responsabiliza de provocar incendios forestales, según datos del Ministerio del Interior.

El fuego es capaz de acabar con décadas de gestión forestal y dar al traste con inversiones millonarias dedicadas al mantenimiento de la flora y fauna autóctonas. Luego vendrá la aprobación de partidas presupuestarias respaldado por planes de actuación. Tras el sofoco de las llamas se requiere un año para que el suelo pueda regenerarse y en función de sucesivas evaluaciones hechas a pie de campo pueden pasar entre cinco y diez años hasta que se adopta la decisión de replantar. Demasiado dinero y trabajo que se queman en pocos minutos.

Se echa de menos tener limpios nuestros montes, pues la presencia de brozas y rastrojos secos es un riesgo permanente que propagan el fuego como una mecha. Precaución a la hora de hacer barbacoas, pues sólo pueden realizarse en aquellos lugares habilitados al efecto, no arrojar objetos reflectantes ni colillas a la intemperie. Poniendo un poco de cada uno podemos evitar males mayores. Por eso, si queremos evitar lamentarnos, en esta época en que está amenazado el hábitat y la vida de nuestras especies, conviene permanecer alerta y prevenir riesgos, pues una actuación rápida aminorará la magnitud de los daños ocasionados.

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