



Sí, yo seré un impertinente, no lo duden, pero apenco con lo que me toca vivir en cada momento y tiro hacia delante. Suelo quejarme lo justo y he decidido hacerlo sólo en este blog. No como otros animales, que cada vez que me topo con alguno me pone la cabeza como un bombo, tanto que se me quitan hasta el hambre y las ganas de cazar y he de echarme a dormir un rato en mi agujero para que se me pase la empanada mental.
Un episodio de éstos ha tenido lugar hace escasas noches, en pleno cuarto creciente de la luna y con una temperatura inusualmente alta a estas alturas de verano. Pues bien, en mi ronda de noche, por supuesto menos multitudinaria que la pintada por el maestro holandés Rembrandt, tuve la mala fortuna de encontrarme con un jabalí al que, tras varios encuentros pasados, he decidido apodar ‘
El Brasas’. A pesar de tener unas hechuras imponentes y unas defensas que invitan a poner pies en polvorosa, no es mala gente. Coincidimos en un clarete de monte no muy alejado de una charca que aún conserva algo de barro, él camino de su nocturno aseo y yo sin rumbo fijo, a la espera de aprovechar la menor oportunidad para llevarme algo a la boca.
A los pocos minutos de monólogo cochinero estaba yo a punto de suicidarme voluntariamente entrando por uno de esos lazos que tan hábilmente colocan en nuestros pasos los hombres. ¡Joder con ‘El Brasas’! Que si no hay derecho a estar todo el año alerta porque raro es el mes en que no se permite la caza de su especie, que no puede ser que se autoricen tantas modalidades con ellos como objetivo cinegético, que ya está bien de tantos avances tecnológicos para su caza, sobre todo la que se lleva a cabo de noche, que es injusto que de todos los males (accidentes de tráfico, daños agrícolas, transmisión de enfermedades, etc.) se les acuse a ellos, que por qué tanta fijación por ellos, los machos adultos, cuando su ‘boca’ resulta insignificante al lado de los trofeos que portan otras especies venatorias...
No pongo en duda lo expuesto por este guarro, pero reconozcan conmigo que hay que elegir bien a quién quejarse, pues si difícil es la existencia cochinera en estos territorios, parecida o incluso peor es la que nos espera a los raposos al poco de abrir los ojos y dar nuestros primeros pasos, recibiendo de continuo más palos que una estera. Además, si éste que escribe no llevase algunos perdigones en su jamón derecho, que a punto estuvieron de pasaportarme al otro barrio por la calentura que me produjeron, o no hubiese sentido cerca el silbido de las balas al tratar de escabullirme de una mancha a batir, quizá hasta podría compadecerme de la suerte de los jabalíes.
Sin embargo, ya tengo una edad y sé que nuestra vida es de todo menos idílica, por eso en vez de echarme a llorar por el coñazo que me había dado ‘El Brasas’, tomé la decisión, aun con el estómago vacío, de buscar ansiosamente un lugar acogedor donde despejarme echando un sueño. Eso sí, antes de perder al verraco de vista no pude contener mi natural prudencia hacia estos peligrosos ejemplares y le solté una lacónica frase que le he escuchado en varias ocasiones a un cazador al que veo de vez en cuando por mis dominios: “siempre se puede estar peor”.









