



Hacía tiempo que no salía de caza y este agosto, poco antes de que se abriera la media veda, lo volví a hacer junto a mi padre, sus dos pointer y mi hermano, en un coto ubicado en El ballestero (Albacete) con motivo del descaste del conejo. Reviví la ilusión de que me saliera un rabicorto a tiro, con el latido del corazón pegando duro cuando Susi mostraba en la mata, y la suerte quiso que me salieran varios al alcance del perdigón aunque la desgracia de mi puntería impuso que sólo abatiera uno. No cazábamos de la manera más apropiada –al salto-, ni teníamos el favor de Vicky, que tuvimos que atar a la sombra de un pino para evitar que siguiera espantando más caza, pero fue insuficiente para que cayera en el aburrimiento. Vi mucha liebre, mucho conejo escurrido, palomas desbandadas y alguna perdiz. El solo hecho de tener a Susi captando vientos y después yendo a la carrera del conejo de marras que se escapaba era gratificante como para saber que la percha no tenía que regresar cargada. De salir con esa idea seguramente la jornada de caza habría sido un fastidio. En cambio, dos conejos en la percha rebasaron nuestras necesidades, uno para el estofado de lentejas que comimos al día siguiente. De la mixomatosis ni noticia tuve, aunque el tapete no daba para hablar de mucho.
No siento ninguna vergüenza en decir que mi tino está más lejos de lo que creía, la falta de hábito quiero creer y no la de vista. Pero viéndolo por el lado positivo y para consuelo de un mal tirador, con mi falta de puntería brindaré más lances a los demás socios.









