La innovación, a veces, no puede con la tradición

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En el apasionante mundo de las rehalas hay todo un patrimonio venatorio que es preciso mantener y legar a los cazadores que vengan detrás. Si no lo hacemos, habremos fallado en algo tan esencial como es compartir nuestras tradiciones, porque la caza es mucho más de lo que algunos se creen.

Hace unas semanas, en una entrega de premios, tuve la suerte de compartir mesa y mantel con un conocido propietario de rehala, hombre ameno y con un amplio bagaje cultural y cinegético que, a pesar de los problemas y dificultades que conlleva, sigue manteniendo su rehala a la antigua usanza, muy alejada de los usos modernos y comerciales. Montea muchos días en la temporada, con presencia en afamadas manchas, en las que todavía la invitación y unas normas muy estrictas de comportamiento y de entender las monterías priman sobre cualquier otra consideración, y siempre ajena a la cantidad o calidad de las reses abatidas.

Como no podría ser de otra manera, tiene a un perrero de los de antes al frente de la rehala, asentada en una de las zonas más afamadas de los Montes de Toledo. El podenquero, hombre volcado en su trabajo, heredero de usos y conocimientos que han ido pasando de padres a hijos, es muy difícil que a estas alturas pueda aprender algo que no esté realizando ya en sus quehaceres diarios con esos perros magníficamente seleccionados, cuidados y campeados.

Nos contaba nuestro contertulio varias anécdotas relacionadas con sus pretensiones de imprimir en la rehala de su propiedad aires de innovación,rehalas eso sí, respetuosos con lo que siempre se había hecho, pero introduciendo novedades que están al alcance de todos nosotros en estos momentos, como programas informáticos para las montas, control de las camadas y todo aquello que podría facilitar mejorar las líneas de cría. Un minucioso trabajo en el ordenador, para llevar a la práctica en las perreras a la hora de programar montas y cruces, en aras de lograr potenciar las mejores características de los reproductores o de intentar conciliar cualidades opuestas para buscar ese perro puntero con el que soñamos.

Todo ello muy bonito sobre el papel, pero a la hora de ver la camada nuestro amigo veía con sorpresa, a simple vista, que lo fijado en el papel, resultado de horas de ordenador, poco tenía que ver con el resultado final, y que al final en los cruces se había hecho lo que quería... el perrero. También nos reflejaba, a pesar de muchas disputas, su imposibilidad de hacer cambiar la opinión de su fiel ayudante. De poco valía que le dijera que no podían entrar mil leches, que los perros debían tener unas características morfológicas y una presencia determinadas, una uniformidad, una forma de comportarse en el campo, pero también de no pasar desapercibidos a la hora de la suelta o de la recogida. Algo que hiciese que cualquier montero entendido dijese: esos perros son de ...

Pero de pronto en la perrera aparecía una perra aculebrada, aportada por alguien en no se sabe dónde, cruce de mil líneas y con unos ojos tan inteligentes que, a pesar de las advertencias para que se deshiciera de ella, el perrero la mantenía e incluso era la primera en subir al camión, hasta soltarla en una de esas manchas de renombre. Tras una larga ladra nuestro amigo, con el corazón saltándole en el pecho, vio cómo el viejo cochino dudaba en el borde de las jaras, a escasos metros del puesto, hasta decidirse a saltar veloz el escaso cortadero para intentar perderse al otro lado, amparado por la maraña de vegetación. Un certero balazo puso final a su carrera y a los escasos segundos, la perra que lo había levantado y perseguido veloz a través de la intrincada mancha era... la perra aculebrada e hija de mil leches.

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