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La emoción de la berrea en la Sierra de la Culebra

Gracias a este relato de Alberto Aníbal-Álvarez, os invitamos a vivir la intensidad de la berrea, uno de los espectáculos más impresionantes de la naturaleza y un gozo para aquél cazador que sueñe con hacerse con uno de esos viejos y enormes ciervos.
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Era un precioso venado muy abierto, largo, negro y bastante viejo, tenía que haber sido mejor en su juventud, pero era un buen trofeo y la verdad es que estaba pletórico de alegría.
Al levantarse la niebla vimos que el venado ya no estaba, seguramente se había metido al monte a descansar junto a las hembras

La Sierra de la Culebra y sus alrededores era un deseo desde hace muchos años para mí, pues había cazado prácticamente en todas las sierras de nuestra Península salvo en ésta. Pero como conseguir un permiso en la Reserva de Caza de La Culebra era casi imposible, opté por conseguir un permiso en algún pueblo cercano a esta reserva, en donde los venados tal vez no sean de la misma calidad, pero son más asequibles y el lance es igual de emocionante.

Siguiendo el consejo de un amigo, subí el día 25 de septiembre, que es cuando por lo general la berrea esta en su clímax. La noche en la que llegué pude oír desde el mismo pueblo cómo berreaban varios venados, pero Juan, que era el lugareño que me iba a acompañar, me dijo que este año no estaba muy bien y que tan sólo berreaban por la zona alta de la sierra. Por abajo, en la zona de las praderías, no berreaban casi.

Primer día infructuoso

A la mañana siguiente, bastante antes de amanecer, nos dirigimos a pie a la zona baja del coto, con la esperanza de que algún buen venado diera la cara, pero la intentona fue inútil, tan sólo oímos berrear a uno, que tras un largo y bonito rececho comprobamos que era un animal muy joven de segunda o tercera cabeza, con once puntas y bastante futuro, por lo que no lo tiramos.

De regreso al pueblo cogimos el coche y nos subimos hacia el monte para ver cómo estaba la berrea por la zona alta. Llegamos casi a las once de la mañana, pero todavía se oía algo de berrea. La zona era difícil, un espeso monte de robles, y alguna encina, lo cubría prácticamente todo, por lo que localizar a los venados era casi un milagro; tenía que ser una casualidad que por allí pasase algúno. Nos bajamos al pueblo algo descorazonados, pues se me hacía muy complicado cazar en ese montarral.

Un forestal con el que nos encontramos nos dijo que podíamos intentarlo en la zona del puerto, donde la vegetación es bastante menos densa y a primera hora de la mañana es posible ver algún venado, pues las hembras salen a comer a esa zona en la que el pasto es más fresco. Además, nos comentó que hacía un par de días había visto un venado bastante bueno comiendo tranquilamente. La idea nos pareció bastante acertada, probaríamos un día y si no daba resultado volveríamos a la zona espesa, que es donde se concentraba la berrea.

El ciervo del puerto

A la mañana siguiente madrugamos mucho para ir al puerto, a donde llegamos justo cuando amanecía. La bruma aquí arriba se había convertido en niebla no muy espesa, pero lo suficiente como para no ver más allá de los 50 metros. Se oía berrear algún venado pero en la parte espesa del monte, en la sierra nada de nada.

Nos sentamos en unas piedras, desde donde Juan decía que se veía una gran extensión, pero la niebla no nos dejaba ver casi nada. A eso de las nueve de la mañana empezó a soplar algo de aire norte y la niebla comenzó a levantarse un poco. Había momentos en los que se veía y otros en los que no.

En uno de los momentos en que parecía que la niebla levantaba, Juan localizó un venado tumbado, descansando, justo en el borde del monte, acompañado por tres hembras. Lo valoré con el catalejo y me convenció, muy negro, bastante largo y un poco destartalado, tenía toda la pinta de un venado viejo, pero bastante bueno, y decidimos intentarlo.

Una pequeña loma nos hacía de parapeto y nos permitió avanzar rápidamente sin ser vistos. No tardamos ni diez minutos en colocarnos desde donde se dominaba al venado, pero la niebla se nos volvió a meter encima y no éramos capaces de localizarlo. Sin embargo, cuando por fin la niebla se levantó descubrimos que el venado ya no estaba, seguramente se había metido al monte a descansar junto a las hembras. Eran casi las diez y media, y sin nada de berrea por la zona, por lo que decidimos bajar al pueblo y consolar nuestras penas con un buen almuerzo.

El lance final

A la mañana siguiente todavía era de noche cuando llegábamos al alto del puerto, y nos dirigimos hacia el lugar donde la mañana anterior habíamos visto el venado.

Serían poco más de las ocho y media de la mañana cuando apareció la primera cierva, que venía de careo. Al momento vimos otra y otra cierva y al minuto apareció el venado, siguiendo a las ciervas con parsimonia y con muestras de fatiga. Así, 150, 120, 100 metros… la distancia cada vez era más corta, por lo que decidí no andarme con tonterías y acabar lo antes posible. El venado se paró y comenzó a berrear tímidamente. Con suavidad apreté el gatillo, el venado dio un gran salto y se introdujo en el monte en una alocada carrera.

Nos acercamos al tiro y un gran reguero de sangre delataba la gravedad de la herida. Estaba muerto a poco más de 30 metros de donde lo había tirado. Era un precioso venado muy abierto, largo, negro y bastante viejo, tenía que haber sido mejor en su juventud, pero era un buen trofeo y la verdad es que estaba pletórico de alegría.  La experiencia había sido muy bonita, a pesar de que no pude disfrutar mucho de la berrea.

(Fotos: Autor y Archivo)
 
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