



Había pasado todo el día encamado en unas pequeñas zarzas que están junto a las primeras casas del pueblo. No es mal sitio en estos días de frío y lluvia, ya que estás protegido de las inclemencias y si por fin aparece el sol, los primeros rayos te dan de lleno. Además, ves pasar a algunos viejos que salen de paseo por la carretera, a la misma hora, todos los días, como si de un rito se tratase. No es bueno llegar a viejo, aunque quizás peor sea no llegar.
También, de vez en cuando, se ven junto a las tapias, a primera hora, hechas unas bolas en la siembra cubierta por la helada, un bandito de perdices, en el que quedan todavía ocho o nueve patirrojas. Antes eran más, pero de que queden ya menos no soy el culpable, y eso que lo he intentado más de una vez, con nulo éxito. Menos mal que en los últimos días estuve astuto, como dicen que somos, y dos gallinas han pasado de disfrutar del gallo a estar debidamente enterradas para su aprovechamiento en varias veces, que esto se está poniendo muy mal en estos meses de invierno y se pasa uno horas y horas sin llevarse nada a la boca.
Mientras estaba tranquilamente en la zarza dormitando, toda la mañana he estado oyendo un run rún desde la televisión del bar cercano, con eso que dicen que es la lotería y que toca mucho dinero, que a unos les arregla y a otros les lleva a la ruina no pasando mucho tiempo. Por aquí este año no he oído mucha alegría, así que el gordo se habrá ido a todos pueblos, que en este ya no vienen ni los hijos a ver a sus padres, y eso que es tiempo de fiestas navideñas... O por lo menos eso dicen.
Antes de que anocheciera ya he salido a campear. Me he dado una vuelta por las cunetas de las carreteras que llegan al pueblo, que algunas veces uno se encuentra algo atropellado, eso sí, con cuidado, que aunque no pasan muchos coches por aquí, las luces en cuanto anochece te deslumbran y como te descuides pasas de cazador a cazado.
Vamos, que todos los días estás en peligro, sobre todo los jueves, sábados y domingos, que es cuando salen de caza los cuatro del pueblo que todavía no han colgado las escopetas, y eso que les he oído más de una vez que lo van a hacer. Pero siguen, los condenados, saliendo con sus perros y cada vez vuelven a casa con menos. De vez en cuando una rabona, un conejete, una perdiz. Si alguno logra un par de patirrojas, las enseña a todos con los que se encuentra.
Así que se aburren y cuand
o el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas, y a estos cazadores, a faltas de perdices, les ha dado por “controlar las poblaciones de depredadores”, que es como se dice ahora darle leña a los zorros, a las urracas y a otros animales que nos ganamos la vida con el sudor, es un decir, de nuestra frente. Y mientras tanto, las rapaces, diurnas y nocturnas, son cada vez más numerosas, cazan mucho más que nosotros y ahí están, tan tranquilas. Con los malditos perros zarceros, les he oído llegar a una maraña de zarzas que hay junto al río, donde todavía se ven algunos conejetes, y donde andaba amagado esperando la oportunidad de abalanzarme sobre alguno de ellos.
En esos casos, lo mejor es poner pies en polvorosa antes de que den contigo, que son muy pesados y al final no te queda más remedio que abandonar la seguridad de la espesa vegetación. Me fui hacia el otro lado, alejándome de dónde venía el ruido. Cuando salí, “boum”, “boum”, “boum”, tres disparos casi seguidos que me pusieron el lomo y el culo bien caliente. Menos mal que todavía no le había dado tiempo al cazador a llegar a ponerse en el tiradero, que llevaba plomo para los conejos y que a esa distancia sólo me han provocado picores y dolores en algunas partes, que he estado todo el día mordiéndome y quitándome perdigones, y todavía me acuerdo de este percance mientras sigo mi camino por la carretera en esta noche oscura, con lluvia intermitente.
Se acerca un coche. Me orillo, traspaso la cuneta y me adentro en la siembra, un trigo ya nacido que despunta una cuarta. Está todo mojado. Me vuelvo a mirar a ver si el vehículo ha seguido su marcha. Sigue parado. Una luz me da en los ojos, me deslumbra. Antes de oír el disparo, ya he notado como algo me desplazaba el cuerpo, se hundía en mi carne. No veo luz, no veo nada. Ni siquiera siento dolor. Me estoy muriendo. Un estertor. Dirán, un zorro menos, que hay muchos. Y mañana, día de Nochebuena, ya no oiré desde la zarza en la que pasé tantos días, junto al pueblo, las campanas que reclamen a esa misa que llaman del gallo.










Sniff, te echaremos de menos amigo. Si queréis seguridad en los cotos en cadiz os puedo dar consejos.
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