



He pasado un fin de semana bastante raro. En mi zona de campeo nocturno se incluye los alrededores de un cementerio, un paraje normalmente vacío todo el día, salvo algunos días y durante poco tiempo, en que se juntan varios coches a la puerta. En las tapias, de vez en cuando, me hago con algún ratón que llevarme al estómago. En los montones de tierra cercanos, también se encuentra algo de desperdicios en bolsas de basura, que parece no tienen otro sitio para tirarlas, pero a nosotros no nos viene mal.
Pero estos últimos días, la cosa ha cambiado. Desde la mañana hasta casi la noche, coches y más coches, y mucha gente. Y un olor a flores que se extiendo por todos los lados, hasta lo alto de esta ladera donde me da el viento en la cara y en la que observo todo el deambular allá abajo, a pleno día, sin que se oigan este fin de semana muchos tiros por aquí. Así que está uno tranquilo, que vaya semanas que llevamos. En cuanto te descuidas, un par de cartuchazos que buscan tu lomo, y eso que no van detrás de nosotros, que andan encelados con perdices, liebres y conejos.
La verdad es que transcurridas unas semanas desde que se empezaron a oír los tiros, cada vez se ven menos animales, y los que quedan están más listos que un zorro... con perdón. Como para echarles el diente encima. Al principio, ya he comentado que alguna perdiz alicortada o alguna liebre o conejo con las patas tronchadas nos servían de al
muerzo, pero llevo tiempo sin llevarme una pieza a la boca. Y mira que ando kilómetros desde que empieza a anochecer hasta bien entrada la mañana, que el hambre es mala consejera y hace que nos descuidemos en nuestras retiradas a los refugios en los que pasamos el día.
Eso sí, encamado en una zarzón junto a una vieja encina ya he oído por encima el “pit... pit” inconfundible de los zorzales, que nos visitan y deambulan entre las olivas, las chaparras y las zarzas. Si empiezan a dispararlos, alguno seguro que queda para que los cobremos nosotros, ya que aunque les tiran altos, bajan bastantes y a la hora del cobro, más de uno se queda en el campo, ya que en la zona en la que hay un poco de maleza, como caigan con el dorso hacia arriba se mimetizan muy bien con el terreno. Además, muchos de los que cazan esta especie no llevan perro, y así no es raro que unos cuantos los dejen en los alrededores del puesto. ¡Menos mal, ya que esto se está poniendo difícil y uno ya está harto de hurgar en los vertederos y de acercarse en busca de desperdicios a algunas granjas de cerdos, cuyo olor llega a varios kilómetros!
¡Ah! Y ayer, por primera vez desde hace meses, me dio el olor de una becada en el monte, en una zona por la que baja un riachuelo con poca agua, pero donde siempre hay humedad y hundes las patas en algunos puntos. Estaba frente a unos chopos viejos y entre unas junqueras, e intenté acercarme, pero antes de que pudiera ganar unos metros voló con su característico ruido. ¡Qué difícil es atrapar una, las pocas veces que estás cerca de ellas y te da el olor! A ver si hay suerte y este año entran muchas por esta zona, que llevo ya tiempo sin probarlas.









