



Afortunadamente para nosotros, los zorros, el ser humano cazador de hoy nada tiene que ver con el de décadas atrás. Su alejamiento del rural y concentración en ciudades y pueblos de grandes dimensiones, crecidos estos últimos al amparo de un urbanismo atroz que hace un par de años parece haber frenado en seco, han traído consigo que sus instintos y habilidades montunas -nada del otro mundo en comparación con nuestra astucia y magníficas dotes para la caza, las cosas como son- mermasen alarmantemente.
Sin embargo, no por creernos infinitamente superiores en el medio natural hemos de olvidar que antaño, y esto no lo he conocido yo, sino que ha sido transmitido de generación raposa en generación raposa, las necesidades y calamidades que pasaban los hombres les convertían en una fuente inagotable de imaginación a la hora de crear ardides para hacerse con sus presas salvajes y poner a raya a sus competidores en el monte.
Por supuesto nosotros, englobados en la indigna categoría de alimañas -tampoco es que me emocione lo de depredador oportunista de la actualidad, pero parece sonar algo mejor-, éramos objetivo prioritario de estos humanos acuciados por el hambre y víctimas de horribles trampas como lazos, cepos, etc. Y es que además de arrebatarles no pocos conejos y liebres, entre otras especies silvestres por ellos apetecidas, los zorros también acudíamos de vez en cuando, siempre con nocturnidad y alevosía y en los momentos del año más duros para cazar al raso, a sus corrales para merendarnos lo que por allí tuvieran (gallinas, pollos, patos...). Así las cosas, no es de extrañar el odio atávico que nos profesan, incluso hoy, quizá sólo superado por el que sienten por el lobo.
En el momento presente to
do lo anterior se ha alterado sustancialmente, y aunque para nuestro infortunio seguimos estando en el punto de mira de los cazadores de dos patas, los acontecimientos han tomado otro cariz. Ahora el aficionado sale al campo con prisa, no sabe leer el libro abierto que es el monte, cree suplir su falta de pericia natural con armas, municiones y herramientas novedosas, la carne de caza para él ya no es una necesidad perentoria y sólo busca lances, perchas y trofeos, y si además tiene la fortuna de cumplir su objetivo venatorio de forma rápida, no se recrea y disfruta de lo conseguido, sino que sale escopetado para volver a encerrarse entre cuatro paredes. No sorprende, si se analiza lo escrito por este zorro impertinente, que ante tamaña ausencia de vínculo con la naturaleza de numerosos aficionados, los raposos salgamos beneficiados por ciertas conductas que ellos ponen en práctica. Me referiré sólo a una, aunque suficientemente reveladora.
Debido al escaso aprecio que muestran hoy los humanos por la carne de caza, y también debido a que bastantes de los que portan armas en el monte se encuentran más perdidos que un mono en un garaje, compruebo atónito en mis dominios, tanto si las jornadas de caza de las que soy testigo son de menor o de mayor, que muchos cazadores, tras el disparo a un conejo o a un corzo, por poner dos ejemplos, no se toman la molestia, en caso de no ver rodar a la pieza o de que ésta evidencie claramente haber sido alcanzada, de acercarse al tiro para comprobar si el animal quedó herido.
Como pueden suponer, lejos de criticarlos o de acusarlos de poco éticos, para nosotros es un chollo un coto o finca plagado de sujetos así, que nos van sembrando, para nuestro deleite, el territorio de alimento fácil. En el caso de un servidor no ha caído esa breva, pues los hombres que patean mis reales parecen más listos que el hambre cuando de cazar se trata -deben ser la puñetera excepción- y no dejan títere con cabeza. Será por eso, porque no dejan nada aprovechable a mi alcance y porque tengo que estar ojo avizor cada vez que aparecen si no quiero pasar a mejor vida, que soy un impertinente redomado.









