



Lo cierto es que después del festín de corzo de la otra noche, he disfrutado de unos días de relativa tranquilidad en mis dominios. Sé, porque estuve pendiente de ello, que el cazador de la otra tarde recuperó, a la mañana siguiente, la piel y la cabeza del animal herido por él y devorado por nosotros. Bueno, en realidad tuvo que recurrir a otro cazador, uno de ésos a los que me refería en otro texto comentando que son más listos que el hambre, quien ayudado por su pequeño y bravo perro, no tardó mucho en dar con lo que quedaba del macho de corzo.
Por más que lo intento, sigo sin comprender la fijación que los hombres que practican la actividad cinegética profesan a lo que ellos denominan trofeos, y que no son otra cosa que los cuernos de los venados, corzos, gamos, etc., así como los dientes de los jabalíes. Sólo puedo explicarme tan ridículo proceder, el de conceder una importancia capital a esos apéndices y un escaso valor a la carne de las piezas abatidas, si me fijo en sus cuerpos y compruebo que no es precisamente hambre lo que pasa esta gente. Ya adivinarán los que estas líneas lean que a los de nuestra especie nos vienen de perlas episodios como el de la otra noche, pues nos brindan alimento abundante sin realizar apenas esfuerzo, pero aun así, como depredadores que somos, quizá menos sofisticados que los humanos pero con la necesidad perentoria de cazar a diario para sobrevivir, nos choca sobremanera que un fulano, en lugar de mostrarse contrariado por los kilos de carne perdida, dé botes de alegría al encontrar la cabeza y la pellica sanguinolenta del animal que dejó malherido. En fin...
Pero no es la perplejidad que me producen determinados actos de los hombres lo que me ha animado a escribir estas palabras. Como señalaba antes de enfrascarme en la resolución del lance corcero, los días posteriores han sido ciertamente tranquilos. Sin embargo, esta calma ha tocado a su fin tras una visión inesperada hace pocas horas, durante mi deambular al alba en busca de alimento.
No había tenido demasiada suerte en mi incursión por el robledal y a pu
nto estaba de salir hacia el gran rastrojo contiguo en el que, por fin, se veía algo de verde después de los chaparrones de hace un par de semanas. Fue este detalle lo primero que llamó mi atención antes de asomar enteramente al claro, pues a buen seguro que perdices y liebres, también conejos y corzos en las orillas, no tardarán en aprovechar esa ricia que tanto les gusta y fortalece, de ahí que convenga no perder nota del lugar por las posibilidades de caza que me pueda brindar a partir de ahora. No obstante, fue pisar las primeras pajas y de inmediato los vi, en la otra punta del rastrojo, a más de cuatrocientos metros, justo antes de perderse en el monte de enebros, robles y pinos que tenían delante. Nunca los había visto hasta ese momento, pero no me cupo la menor duda que eran lobos, cuatro para ser más exactos.
He escuchado tantas cosas sobre ellos, en mi opinión muchas mentiras, que cuando los tuve frente a mí quedé decepcionado. Sí, son grandes, más que la mayoría de perros con los que me he topado, pero sus figuras desgarbadas, andares desacompasados y ese pelo en absoluto hermoso -nada que ver con mi belleza y armonía de líneas- relativizaron mucho la imagen que me había confeccionado del, a partes iguales, venerado y odiado súper-depredador.
Así las cosas, en lugar de sentir miedo porque les pudiera llegar mi olor, lo que sí pedí y deseé -sin mucha fe porque mi territorio posee buenas poblaciones de especies que entran dentro de la dieta de este cánido y sólo era cuestión de tiempo que hiciese acto de aparición- es que este grupo estuviese de paso, pues si además de con águilas, córvidos, perros y gatos asilvestrados, cazadores, etc., he de competir también con los Canis lupus, apañado voy para sobrevivir a lo que queda de otoño y al duro invierno. Y es que como acertadamente dicen los hombres, cuando se ven en tesituras semejantes a la mía, “éramos pocos y parió la abuela”.









