



Estas cuatro letras que ahora escribo van dirigidas, estas vez, para el blog que poseo en mi, para mí, muy querida web de ElCotodeCaza.com. Garrapateo el presente testimonio para dejar clara mi posición, puramente personal, en lo que al lobo se refiere.
En su día critiqué la matanza de lobos. Mis amigos de verdad, muy pocos, los que me conocen de toda la vida, me recuerdan que si tiramos de hemeroteca se podrá comprobar que hace unos doce años defendía a muerte no cazar el lobo en Álava desde las páginas del fenecido 'Periódico de Álava'. Eso es cierto, y desde más medios también lo hice.
Pero yo jamás he cambiado de chaqueta -para mi desgracia personal-; de
fendí al lobo cuando no veía sus rastros en el monte ni se me metían los perros entre las piernas por miedo a él. Abatí lobos en el Pleistoceno Medio cuando iban a zampar en demasía a las cercanías de las granjas. Nunca lo he negado. Batí lobos de joven cuando era de obligado cumplimiento proceder a ello en los pueblos donde era menester.
Sin rodeos: yo quiero y admiro tanto al lobo como el que más. No voy a explicar aquí ese amor-odio de nuestra humana y venatoria forma de proceder con las capturas que la naturaleza nos ofrece, pero jamás entenderé un campo sin los lobos que debe haber. Un campo sin lobos es un campo aburrido al que le falta no sé qué.
Ahora bien, eso no quiere decir que tenga que tragar con el exceso de lobos que hay en los lugares donde lo denuncio, pues tan malo es que haya muchos como que haya pocos o ninguno. Yo, señores míos, me relaciono con pastores tal y como los he fotografiado en mis artículos; imágenes de la gente del campo que, dicho sea de paso, muchas de ellas no me las han publicado porque por aquí todavía estamos en la era del bicho muerto sangrando y la foto del matador al lado. El lobo es mucho más que todo eso. Al lobo se le debe un tremendo respeto.
Dicen que por las noches espero hasta tarde y que con la parsimonia de un viejo rito recojo mis pertrechos de caza y, ya con frío o calor, me siento a la orilla del coche con mis canes a contemplar el cielo. Cierto. Afirman también que luego ruedo por los caminos con mi todoterreno muy despacio, cosa también verdadera; pero no voy de furtivo, ni mucho menos, si bien he de reconocer que es un mundo que he procurado conocer y entender para poder pronunciarme al respecto.
El furtivismo lo conozco muy a fondo, pues su tiempo me ha costado, y encima he tenido que tragar a “hideputas” cuya degradación y miseria humana encogen el corazón. La verdad es que nunca he conocido a ningún furtivo que me haya fascinado, todos son unos facinerosos o unos resentidos sociales. Esas películas tales como las de Tasio son eso, hechos aislados fuera de contexto. Les conozco mejor de lo que les gustaría, e incluso a veces les veo. Pero todavía no denuncio por esas connotaciones de la clandestinidad en las que “chivarse” era de mal nacidos; aunque me lo estoy replanteando.
Yo, por las noches, saboreo el campo. Escucho los mil y un sonidos en cualquier época del año. Imagino sombras y veo brillar los ojos del zorro o del lobo (pocas veces) y con ello me doy por pagado. Sobre todo si el cielo está estrellado.
El mu
ndo de la noche es fascinante y por eso me gustan tanto las esperas nocturnas al jabalí, mate o no mate. Y tengo que confesar que en su día, cuando empezaron a aumentar los jabalíes y no teníamos canes, los cacé con nieve siguiendo rastros. En más de 25 años jamás disfruté todas las vacaciones que me correspondían, pero un día de nieve para mí era sagrado. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
Yo no soy ningún santo ni nadie a quien imitar. Tengo una pasión desmedida tanto por la caza como por la pesca y por la naturaleza en general, y dado que no tengo otros vicios, leo, escribo, estudio, piso campo, me documento y por lo menos conozco muy a fondo aquello a lo que quiero con todas mis fuerzas desde el mismo día en que nací. Todavía hay testigos en mi pueblo natal, Fuente Andrino (Palencia), de mi forma de cazar. Antes no me admitían en los cotos, y en cambio ahora me llaman para que pagando entre en primer lugar, al pensar que a mi edad ya no se puede cazar. ¿Hombre contradictorio?, sí, por supuesto, pero es mi condición y no creo diferir mucho de la del resto. ¿Hombre solitario?, desde que nací y para todo. No me gusta que me distraigan cuando me embeleso viendo una postura de sol o mientras contemplo el laborar de un hormiguero. Digo lo que pienso y eso es caro, pero no tengo que hacer méritos ante nadie ni dar cuentas a ningún amo (leasé partido político). ¿A veces me equivoco?, más de lo que yo quisiera, pero siempre “desfago entuertos”.
Si tiran de hemeroteca verán también que en su día me metí con las esperas nocturnas cuando en el norte había pocos jabalíes y teníamos que mantener perros de rastro y pagar cotos. Sí, pero ahora no es el caso y soy el primero en ir a una espera cuando llega la ocasión. Tengo cinco rifles bien preparados para abatir cualquier especie de caza mayor de España tanto de día como de noche. Se me encasilla en la caza menor sin darse cuenta de que la practico, cómo no, pero de que en la otra tengo mejores trofeos, testigos privilegiados y una experiencia de años y años. Demasiados años. Pocos para aprender y muchos para cambiar. Es cierto que tengo ganas de retirarme a la paz de mis desiertos castellanos, con pocos pero doctos libros juntos, para estar cerca de mis muertos y hacer lo que hicieron mis difuntos.









