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El Blog de Miguel Ángel Romero

Informático de profesión y tanto cazador como pescador de vocación. Soy, ante todo, un hombre que ama al mundo rural en todas y cada una de sus dimensiones. Nací en mayo de 1951 en Fuente Andrino (Palencia) y llevo más de 40 años fuertemente arraigado en Euskadi. Tengo mi segunda residencia en Saldaña (Palencia). Soy un amante incondicional de las culturas autóctonas y por ende, de las cazas tradicionales.

 

Más sobre galgos, liebres y robos

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Sepan ustedes que los galgos de Tierra de Campos son los mejores galgos del mundo. Y lo son porque todavía se pueden encontrar vestigios de lo que fue el galgo español. Pues digan lo que digan, en España ha habido una mixturación encubierta de la mano del ‘trapo’. Sin lugar a dudas, por la gran mayoría de los más de 150.000 galgos españoles corre sangre del greyhound (galgo inglés), que, como ustedes saben, es mucho más rápido que el español, pero se cansa antes, mucho antes, como consecuencia de unas diferencias anatómicas que vienen explicitadas en cualquier publicación al respecto.

Me duele escribir sobre galgos, y me duele muchísimo porque la última vez que lo hice en ‘Todo Liebres y Galgos’, publicación monográfica de Grupo V sobre esta ancestral modalidad cinegética, confeccioné un reportaje a partir de las entrevistas a dos excelentes galgueros de Tierra de Campos. Dos galgueros que viven muy cerquita de Fuente Andrino (Palencia), que es el pueblo donde yo nací. Pues bien. José Luis Herrero Prieto, además de cazar con los galgos, es un hombre que se mueve en el terreno de la competición con un notable éxito, sobre todo a nivel regional, pero desde la plaga de los topillos atajada torpemente por la Junta de Castilla y León, ya no hay liebres en nuestros pueblos terracampinos, motivo por el que José Luis se desplazó a la zona de Toledo a dar rienda suelta a su afición.

Cuando venía otra vez para el pueblo, paró a tomar una cerveza en Chozas de Canales (Toledo) y a la luz del día, delante de todo el mundo, unos probos y competentes ciudadanos le rompieron el candado del remolque de un martillazo (eso suena) y traspasaron los galgos de un vehículo a otro. Hay que decirlo con eufemismos, porque si escribo la etnia de quienes los robaron y metieron en una furgoneta, ya la tengo montada por xenófobo.

Esta Semana Santa me decía un galguero que no escribiera nada al respecto, pero que bajo manga se andaba repoblando el campo con liebres de granja. Es más, me dijo que él no estaba de acuerdo, pues las liebres echadas nada tenían que ver con las de Tierra de Campos y que este año, las de los campeonatos finales, eran liebres medio atolondradas. Proseguía el susodicho maldiciendo a quienes carrileaban por la nocgalguerohe por el campo y zanjó el tema afirmando que la solución radicaba en que se construyeran hábitats específicos para las liebres, que eso era más barato que echar de comer a zorros y milanos (se refería a las repoblaciones). Empezamos a pasar revista y me quedé triste con la cantidad de gente que ha dejado de cazar con galgos. Unos se mueren. Otros llegan a viejos. A otros se los roban y otros se aburren con las normas de una Administración que no termina de empatizar con el campo.

Voy a desgranarles un rosario de cuentas infelices que dice muy a las claras lo que está ocurriendo en el mundo de los galgos y la impunidad de los ladrones, que como represalia por las detenciones practicadas por la Guardia Civil, han sido capaces de atreverse a robar galgos muy bien clasificados en la última edición, galga subcampeona incluida. Es como si el Papa fuera a decir la Misa del Gallo en el Vaticano y le robaran el cáliz. (No quiero dar pistas).

Los ladrones de galgos campan a sus anchas sin apenas freno a sus tropelías. Los que roban galgos parecen ignorar que un galgo es un perro muy de su amo y, aun cuando les tire la pasión por las liebres, no están acostumbrados a que les suelten desde un vehículo en marcha para salir corriendo detrás de una liebre levantada de día o de noche. Por otra parte, los galgos acusan mucho el cambio de mano y los de caza no suelen ser buenos para el ‘trapo’. Motivos todos ellos por los que los ladrones que no quedan satisfechos con el comportamiento galguero, los cuelgan de un árbol sin ningún miramiento y es ahí donde empieza el negocio de los salvadores de los galgos, culpando a los cazadores de matanzas indiscriminadas y creando, de paso, sus plataformas subvencionadas so pretexto de adopciones, campañas de sensibilización y demás macanas.

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