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El Blog de Miguel Ángel Romero

Informático de profesión y tanto cazador como pescador de vocación. Soy, ante todo, un hombre que ama al mundo rural en todas y cada una de sus dimensiones. Nací en mayo de 1951 en Fuente Andrino (Palencia) y llevo más de 40 años fuertemente arraigado en Euskadi. Tengo mi segunda residencia en Saldaña (Palencia). Soy un amante incondicional de las culturas autóctonas y por ende, de las cazas tradicionales.

 

Campo, alma, corazón y galgos

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Va por ti, Jesús José

Confieso sin rubor, pues a mi edad ruborizarse por estos menesteres es de cobardes, que los comentarios de Jesús José al artículo de mi blog Marome en El Coto de Caza titulado: Los galgueros no tienen quien les escriba, son mucho mejores y de más provecho que el contenido de mi artículo. ESCRITO QUEDA. Es más, sus comentarios son también más valientes y desinhibidos que los míos, pues hacen justicia a una historia olvidada que quienes la vivimos no nos atrevemos a contarla del todo tal y como él hace en sus respuestas para iniciados. Pues es más lo que se marome2oculta que lo que se lee. Entono el “mea culpa” y prometo ser más valiente, aun cuando se ría de mí la gente. Bueno, la gentuza, pues quien reniega de sus ancestros o los juzga sin conocerlos, no merece tenerle en cuenta alguna.
Jesús José: Me has dado una lección. MUCHAS GRACIAS. Voy para allá:

Las liebres y los galgueros de antaño
Me recuerda Jesús José a muchos de esos cazadores ya difuntos que eran capaces de ver la liebre e incluso de cogerla con la mano como si de una seta se tratara. Luego, antes de soltarla, se las hacía un corte con la navaja  en una oreja sin interesarlas ninguna vena (Cada uno teníamos nuestra marca) y se las soltaba. Así, cuando las capturábamos, si se capturaban, sabíamos que había estado antes en nuestras manos o en las de tal o cual cazador. Yo, les confieso que no soy capaz de ver una liebre encamada en el campo y mucho menos de cogerla con mis manos, pero les juro por mis recientes muertos que he visto hacerlo. Para ver la liebre, aproximarse, cogerla, no ser arañado, marcarla y soltarla, hace falta ser un perfecto conocedor de las liebres, de su encame, de los pasos que hay que dar para entrarla y de por donde tomarla. ESÓ PASO A LA HISTORIA. Hoy, en Castilla y León, apenas hay liebres y no se está haciendo absolutamente nada cara a una recuperación que se sigue posponiendo “sine diae”. Y por si fuera poco lo antes escrito, les digo que se está imponiendo la moda de ir a las fincas o cercones de por ahí donde los galgos mixturados corren liebres de adivina dónde. TODO VALE.

Aquí, en Álava, las cuadrillas pequeñas que damos batidas al jabalí, miramos primero las huellas y ya se está empezando a saber ir sobre seguro.
A mí me seduce el galguero solitario. Pero antes, los galgueros también eran una comunidad con estrechos vínculos que cazaban en compaña. Primero iban al campo sin galgos. Localizaban a las liebres encamadas. Regresaban al pueblo y para cada encame trazaban entre todos una determinada estrategia que consistía en saber por dónde se la entraba dependiendo de cómo estuviera encamada. En fin que se discutía la estrategia a seguir para que la liebre se fuera por donde se preveía, y allí, en una encrucijada o en cualquier otro sitio, la esperaba otro al galguero diferente al que la levantaba con sus galgos prestos para soltarlos a fin de que la liebre no se la jugara a los galgos que la levantaron y a veces la venían siguiendo y otras no, claro.  A veces fallaban los cálculos y había broncas como cuando se hacía un renuncio “arrenuncio” al tute. Pero no llegaba nunca la sangre al río. Pues como todos se conocían, cada uno desempeñaba la labor que mejor sabía y PODÍA CON SUS GALGOS. A veces,  había liebres que podían ir por más de una ruta y se cubrían todas las posibilidades de huida con los galgos y galgueros que cada lugar requería. Pero nunca jamás se cayó en la tentación de utilizar galgos mezclados con galgos ingleses. ¡JAMÁS! Para matarlas de inmediato estaba la escopeta. Por cierto, instrumento éste muy odiado por el galguero. La mixturación la  trajo el trapo y los señoritingos ajenos a lo nuestro. Lo malo fue que lo nuestro estaba y sigue estando, lo poco que queda, en la mano de los más pobres. O sea, de los que tuvimos que emigrar o quedarnos y tragar los caprichos de los caciques de boina y alpargata conectados a la modernidad cuan mansos en la manada de toros bravos (La puta madre que les parió a todos ellos juntos).

Recuerdo con total nitidez como variaban las camas esos días rasos de fuertes heladas. Esos días las liebres estaban rebotadas y se levantaban por menos de nada. Recuerdo a los nuestros agacharse con movimientos felinos y observar el imperceptible  hálito de la liebre para que, una vez localizada, sin variar la “andada”,  encaminarse a la plaza del pueblo, o las casetas de las eras, o a las bodegas,  con el fin de que tomara la pertinente determinación el Sanedrín allí concentrado. ¡Qué tiempos aquellos! Emigraba uno y se jodía la “galgada”. Y cuando casi emigramos todos, fue la Junta de Castilla y León y mato a las liebres so pretexto de unos topillos,  que por negligencia manifiesta, casi le roen “salva sea la parte” al más alto mandatario. Pero antes de los topillos, la Concentración Parcelaria dio al traste con un saber milenario. Con decirles que ni cortos ni perezosos se cargaron los caminos y cordeles de la Mesta, creo decirles todo.

Me habla Jesús José de dos galgas hermanas. “Galgas melgas”. Que así denominábamos a las galgas hermanas… Se embala y me dice que los galgos son unos más de la familia. Se emociona. Cambia de tercio y no sigue. ¿Cómo no voy yo a conocer a los de mi Tierra? No lo dice él, pero yo sí. Él se emociona y cambia hasta la ortografía por no decir que cuando se moría el dueño, se morían los galgos. Que no hacía falta sacrificarlos, pues cuando veían que en casa eran una carga,  iban al campo y se dejaban morir en total soledad. Luego, se te caía el alma a los píes, cuando encontrabas el esqueleto al ir a segar o arrancar el tardío. Estoy harto, muy harto, de que cuatro “hideputas” sostengan que nuestros mayores o nosotros mismos matamos a los galgos. Antaño, sólo se dejaba parir a las galgas buenas. Y si parían seis, siempre había diez compromisos. Y cachorro que entraba en casa, cachorro que ya no salía de ella más que por sus patas para morirse en el campo. A lo mejor no corría como su padre, pero cortaba mejor que nadie, o era un verdadero esprínter final que metía el morro a la liebre entre las patas y la lanzaba al aire mejor que otros, o era un gran cobrador. Todos los galgos tenían su acomodo,  porque una u otra virtud tenían, pues entonces no había galgo malo. ¿Quién mata a los galgos? ¿Por qué no se lo dicen a quienes todos sabemos? Ya, esos toman nota de donde viven los “apolojetas o ecolojetas” y hasta llevan pistola. Y los nuestros… no están para ruidos. Pero nosotros, los que tan mal llevamos el testigo histórico de los nuestros,  no tenemos cojones para denunciarles por su gratuito “acoso moral a un colectivo”. Colectivo éste en el que no entran aquellos aficionados o relacionados con los canódromos, pues esos no eran ni son de los nuestros. A los del trapo les aceptamos como espectáculo. Pero a mí me enseñaron a no hacerles mucho caso por utilizar galgos mixturados en sus exhibiciones o carreras, alguna de ellas con apuestas de por medio. Yo escribo sobre galgos cazallos. De los otros no me interesa absolutamente nada. Sí, ya sé que poco o mucho en un 90% nuestro Galgo Español está mixturado, pero también sé que se puede recuperar.

Un fuerte abrazo, Jesús José, y gracias por darme una lección de valentía.

                    marome1                               marome1_0

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Amigo Jesús José, por razones de espacio no he podido añadirte lo que a cintinuación te digo. No creas que reniego de mi pasado cangrejero y mucho menos de ... coger perdices a lazo. En Andalucía y por ahí pretenden dar clases de RECLAMO a un viejo (yo) de Tierra de Campos. No tenemos su vocabulario. No. Pero nos sobra sapiencia para dar y regalar.
UN ABRAZO

GALGOS, CANGREJOS, PERDIZ CON RECLAMO, PERDICES A LAZO...
Amigo Jesús José. Tú que con tanto tino citas a Herrera de Pisuerga (Palencia) donde –por cierto- hay un precioso monumento al cangrejo de río. Recapitula un poco y verás como la mayoría de los galgueros eran y son pescadores de cangrejos. Es una cosa curiosa. Se juntaban en los arroyos como quien no quiere la cosa y más que pescar cangrejos, qué pescaban muchos, hablaban de lo de ellos, de los galgos, cómo no.
Del título de arriba te diré que no tengo galgos, por el momento, pero pronto espero estar jubilado y tenerlos. También pesco cangrejos y que Dios me perdone, pues pesco tanto los rojos como los señales. Los autóctonos, los veo y ni los toco. También practico la CAZA DE LA PERDIZ CON RECLAMO, pero no por nuestros pagos, pues no están para esos trotes. Perdices a lazo .... no. Ya no pongo lazos. Pero este año que he estado de vacaciones en Menorca, he comprado cantidad de “bagas” idénticas a los lazos que hacíamos con crin de caballo y travesaño de cáñamo, pero las bagas están hechas con modernos materiales. En Menorca es el único lugar del Mundo donde cazan perdices sin muerte.
Me estoy alargando demasiado. Lamentablemente este artículo mío vende menos que uno de caza con perros de la releche en vete tú a saber dónde y ni decirte quiero si el artículo trata de cómo se cazan gamusinos a trillo en la Conchinchina. Lo autóctono no vende. Pero me da igual. Yo, no me he apartado ni un ápice de lo nuestro de siempre sin cerrarme a nuevas modalidades. Qué va. De todo se aprende, aun cuando ya por edad, me queda poco tiempo para aprender ya. Pero espero que la muerte me sorprenda cazando, pescando o leyendo en la paz de los campos.

Un texto genial, Marome. Galgas melgas, galgos cazallos, encames..., palabras y expresiones que enriquecen ese mundo galguero y genial tu reverencia a ese señor, a Jesus José, que por lo que cuentas atesora todo el saber de quien se mueve en el campo mejor que en su casa.

Muchas gracias, amigo. Perdona que no te contestara antes, pues no suelo revisar los artículos o posts pasados. Tus palabras me alientan a seguir utilizando mi bocabulario sin buscar traducciones de hoy en día que dicen poco o nada. Voy a utilizar las que me vengan a la mente y así no se perderá el rico léxico de nuestros mayores.
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