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El Blog de Miguel Ángel Romero

Informático de profesión y tanto cazador como pescador de vocación. Soy, ante todo, un hombre que ama al mundo rural en todas y cada una de sus dimensiones. Nací en mayo de 1951 en Fuente Andrino (Palencia) y llevo más de 40 años fuertemente arraigado en Euskadi. Tengo mi segunda residencia en Saldaña (Palencia). Soy un amante incondicional de las culturas autóctonas y por ende, de las cazas tradicionales.

 

Yo cacé perdices a la carrera

Sí, y no fui malo, tal y como todavía les aseverarían testigos presenciales localizables. No fui tan bueno como Mariano Haro, a quien, hace años, vi en muchas ocasiones venir desde Becerril a Palencia corriendo, pero no despreciando jamás la carrera tras las perdices cuando llegaba la ocasión.

Confieso que hice mis pinitos en el deporte que entonces se denominaba "campo a través" y cualquiera no me mordía la oreja. Más bien al contrario, y en esta España nuestra, cuando uno destaca por algo, pasa inmediatamente a la lista de los odiados, caso de que no puedas hacerles un favor que jamás te perdonarán.

No. No quisiera seguir adelante sin mentar a Marta Domínguez Azpeleta, una gran corredora que fue literalmente linchada por las malas compañías. No comparto las ideas políticas de Marta, pero es que cuando uno llega al final viendo y viviendo entre sátrapas, no cree ni en sí mismo, y se aferra a su credo de niño grabado a fuego sobre su corazón.

Perdiz en un barbecho.

Yo me aferro a mi tierra, a mi pueblo, a las niñas de mi pueblo, a las flores de sus campos, a las guindaleras en flor, a las choperas que veía desde el campanario ahora semiderruido y, por supuesto, sin campanas. Todas esas cosas y muchas más me traían y siguen trayendo recuerdos imborrables de choperas cuan puñales alineados y clavados por el mango, el tapiz multicolor de la tierra sembrada de cereales, sus majuelos, la herencia intangible de la caza en todas sus formas…

Todo. No habrá pasado un solo día de mi vida en el que no me haya venido a la mente mi pueblo, con una arquitectura que ya casi ha vuelto en su totalidad a su matriz, que es la Tierra. ¿Y ahora? Ahora, queridos todos y todas, a mis 67 años el tema se agudiza y todavía me emociono con lo que pudo ser y no fue.

Mi aprendizaje venatorio

Desde mi más tierna adolescencia cazaba saltamontes para las perdices de la jaula o para vendérselos a los pescadores de ranas de los pueblos de los alrededores. Pronto aprendí a cazar grillos con una paja y si no salían, cavaba de forma certera con la piquilla de coger para los conejos.

Perdiz cantando en un camino.

Calculaba bien el golpe para no lesionarlos o matarlos. Cuando llovía cosechaba caracoles. Los cepos de las ratas de agua que teníamos en la huerta, los visitaba con frecuencia y ya que iba, mi madre siempre me mandaba que regara algo.

Mi ascenso en la cadena venatoria

Pronto aprendí a buscar nidos de todo bicho viviente con mi perra "Lola", que me la regaló don Pablo, el veterinario de Villaherreros (Palencia). No había propina que no destinara a comprar cepos para capturar pardales. Pronto dejé los cepos, el tiragomas, la honda y cacé con la carabina de aire comprimido que me regaló un tío carnal mío que vivió y murió en Vitoria.

Pude haber sido un as del deporte, pero era incompatible con el convento

Poco antes de ir al convento, con cuyos frailes y compañeros que van quedando mantengo muy buenas relaciones. Tuve que dejar todo mi mundo para someterme a una disciplina eclesiástica que me enseñó a sufrir la nostalgia.

Un par de pollos de perdiz.

Pero desde el 14 de junio al 14 de octubre, volvía al pueblo a trabajar de lo lindo. Empezaba arrancando lentejas y terminaba sembrando el trigo. Trabajé de lo lindo, sí, pero durante las siestas y en mis idas y venidas por el campo, jamás perdí la ocasión de seguir un bando de perdices a la carrera con excelentes resultados.

Sobre las perdices

Es cierto que quienes somos de un determinado pueblo sabemos, sobre poco, dónde están las perdices y, dependiendo de la meteorología, sabemos a dónde van a ir a posar. Pero con sus excepciones y no siempre en las mismas coordenadas e idénticas condiciones.

Por todo ello, jamás se las podía perder de vista a fin de ver o calcular por dónde iban a tirar para levantarlas otra vez sorprendiéndolas en su deambular. A partir del segundo vuelo ya había que fijarse bien dónde posaban para entrarles con el fin de sacarlas de sus querencias en mermadas condiciones físicas.

A las perdices las pierde su exacerbada territorialidad. Pero de ahora en adelante había que fijarse en la más remolona, sorprenderla y fijar o calcular por el vuelo donde posaba, pues si era vieja y hacía calor, ahí se quedaba, y si era un barbecho con buenos tabones, era más necesario el perro que en los zarzales. Pero cuando llegábamos a este punto, la perdiz estaba en el fardel con una probabilidad del 90%.

Perdiz entre el verde.

Todo pollo de perdiz, por pequeño que sea, puede salir adelante con calor y saltamontes. Pero en verano no se encendía la lumbre más que para cocinar, motivo por el que había que disponer de una gallina clueca que los adoptara y… absolutamente todas las gallinas, en estado tal, los aceptan.

Entonces no había “quicas”, pero luego las he visto su predisposición para la adopción. Pero lo que son las cosas, para el reclamo eran mucho mejores los machos con espolones cogidos a lazo y de otras muchas maneras, que el pollito recién nacido que para que comiera había que machacarle los saltamontes o darle hormigas de ésas cuyos hormigueros había en todas las eras donde se trillaba.

Revolcaderos

Encontrar un revolcadero en una viña era mucho mejor que encontrarse un nido con huevos. Pero los lazos en las viñas hay que saberlos colocar. Ustedes imagínense una cepa. Pues bien. De esa cepa haga que salgan ocho líneas con una media de una docena de lazadas cada línea. O sea. Un lazo hecho con hilo de pescar con unas seis lazadas por línea (dependiendo del marco de plantación de la viña).

Perdices bajo la lluvia.

En Menorca e Ibiza a estos lazos se les denomina "bagas” y son muy utilizadas para la caza de perdiz con reclamo, siendo éste uno de los pocos sistemas de caza legales sin muerte en lo que a la perdiz se refiere. Bien. A cada cepa escogida se le ponen ocho bagas de forma que todas las cepas circundantes estén enlazadas a la cepa escogida.

Se puede rodear todo el revolcadero de bagas en círculo utilizando varias cepas. O se pueden poner las bagas en varias cepas al azar. En la caza del reclamo con una cepa basta y sobra. Pero yo estoy escribiendo sobre otra cosa y ésta está muy en desuso en la Península, modalidad la citada que es sumamente efectiva pero está totalmente prohibida.         

Con el paso de los años

Después del convento mi vida siempre estuvo vinculada a un trabajo sedentario y pronto perdí facultades hasta llegar a la fecha, en la que la salud y los años no me permiten cazar perdices. Pues para cazarlas a ojeo no tengo dinero y si son de granja, mi dignidad no me lo permitiría.

Perdices comiendo en un terreno húmedo.

Podía cazar perdices a la espera de quienes siguen el bando o cazan en mano. Pero eso jamás me lo perdonaría. Cazar perdices en el llano o donde sea es una conjunción de conocimientos donde el tiro no es lo más importante. Lo es para matarlas, pero matar una perdiz sin enfrentarse a su astucia y fuerza es un brindis al sol. No es nada. Es, cuando menos, una acción barriobajera propia de cazadores de opereta.

Entonces había perdices para dar y tomar. Ahora, no. ¿Por qué será? 

Yo he cazado perdices a la carrera, con cepos de malla, con la comida y la piedra, con reclamo macho y reclamo hembra, a lazo de diferentes maneras, etc. Pero cuando vi que menguaba la población perdicera, me contuve y retuve sin creerme por ello mejor o peor cazador.

Perdiz solitaria.

Ahora no puedo por el tema de la salud y cazar a reclamo me da pena, pues entran en plaza las hembras y los machos de granja en busca de compaña, que no de otra cosa. Cazar perdices de granja al reclamo es como jugar al tute con chapas de Coca-Cola en vez de con dinero. De todas las maneras, dada la envergadura que están cogiendo las granjas, lo que yo diga o escriba es la voz que clama en el desierto y los cazadores de nuevo cuño son quienes mandan a través del consumo.

Lo malo es que envenenan el campo con perdices tuneadas y hasta pueden aniquilar la especie dejando que se mixturen las unas con las otras. Estamos en el: “Ite, missa est” de la perdiz roja autóctona. Por lo tanto, ya sólo nos falta marcharnos a casa o comenzar otra nueva misa, pero sin párroco y sin monaguillos.


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