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Julen Rekondo Bravo

El Blog de Julen Rekondo

Nací en el pueblo guipuzcoano de Tolosa, pero a los 17 años fui a Bilbao a estudiar Ciencias Químicas y posteriormente Periodismo. Soy cazador y pescador por tradición familiar, y profesionalmente he trabajado como técnico y asesor ambiental y también como periodista ambiental. Como dijo Miguel Delibes (‘La caza en España’, 1972), “Cazar es buscar, perseguir, tirar y cobrar un animal silvestre. El hombre que concentra en sí estas funciones, caza; el que delega todas menos las de disparo, tira”.

 

La lacra de los incendios forestales

Un nuevo verano con mucho calor y sequía, caldo de cultivo para los incendios forestales, naturales o provocados. Primero Portugal y ahora Doñana han traído esta lacra al primer plano de la actualidad, con decenas de vidas perdidas y miles de millones de daños económicos, además de la tremenda repercusión para esas zonas afectadas, que ven cambiar drásticamente su paisaje y la vida de sus habitantes.

También hemos tenido noticias de la fauna muerta, incluido un lince. La destrucción de la biodiversidad, con importantes extensiones de superficie boscosa calcinada y el aumento de la desertificación, o la disminución de la calidad de las aguas y de la atmósfera son algunas de las consecuencias negativas posteriores a un incendio. Aquí reflejo algunos datos del artículo que acabo de publicar en Federcaza.

Una rapaz en pleno incendio forestal.

Sin duda, los incendios forestales se han convertido en las últimas décadas, por su frecuencia, intensidad y extensión, en uno de los problemas ambientales más graves de la Península Ibérica, siendo una de las causas de la degradación del medio natural. En España, el año pasado la superficie forestal afectada por los incendios fue de 65.816,69 hectáreas, lo que representa casi un 35 por ciento menos (34,94 por ciento) que la media del decenio y un 22,1 por ciento menos que en 2015, según datos del Mapama. Es decir, no fue el peor de los últimos años, ni mucho menos, pero este 2017 no hemos empezado bien para mantener esa tendencia. Las estadísticas señalan que el 80 por ciento de los incendios forestales son provocados por la mano de ser humano, unos por negligencia o imprudencia, otros intencionados. Aunque es complicado diferenciar entre hacer una barbacoa en época estival, que está prohibida en todas las comunidades autónomas, con algunas excepciones en ciertos lugares que se señalan en las normativas de cada una de ellas, de echar una cerilla en el monte de un pirómano.

Sin duda, la meteorología existente en cada verano multiplica el riesgo, sobre todo cuando las temperaturas pueden llegar o superar en determinadas comunidades autónomas los 40 grados. Pero las estadísticas son contundentes y plantean que solo un 14 por ciento de los incendios forestales son producidos por causa natural, y el seis por ciento es por causas desconocidas. Quien le pega fuego al monte y a nuestros campos es producto del incivismo y de la negligencia, o de la maldad.

Un siglo para recuperar

El fuego es parte de la naturaleza. Uno de los elementos modelares del paisaje. Sin embargo, el incremento y la sucesión de incendios considerados no naturales -aquellos provocados por la mano del hombre o ayudados por la mala gestión del territorio- está teniendo un efecto violento en los ecosistemas. Arden los bosques, los campos… y las llamas se llevan por delante la flora y la fauna. También pueden causar daños irreparables en el suelo donde después tendrá que crecer de nuevo el verde. Lo que el fuego devora en dos días puede tardar más de cien años en recuperarse. Pero el fuego, con todo su dramatismo, no es el punto final. Después de las llamas, los expertos hablan de silencio, de desolación. Los seres humanos se enfrentan a la idea de pérdida, catástrofe. Surgen las ganas de hacer algo enseguida. De recuperar lo verde que ahora es negro. De sustituir lo quemado por nuevos árboles. Pero eso, la reforestación artificial en grandes cantidades, no es, según los expertos, una receta mágica y generalizada en todas partes. Cada caso es un mundo y hay que esperar. Es necesario estudiar los daños en la zona y analizar cómo se va a comportar la naturaleza por sí sola.

Imagen nocturna de un incendio forestal.

Los efectos directos de los incendios sobre la vegetación y la fauna de la superficie, además de las consecuencias en el suelo y en la importante biodiversidad que alberga, son inmediatos, pero los indirectos se prolongan durante tiempo y en algunos casos son letales e irreversibles. El grado de gravedad de dichos efectos depende de varios factores. Entre ellos es fundamental la velocidad del fuego, ya que hay algunos muy rápidos, que queman una superficie muy grande y terminan con una gran cantidad de vegetación, pero otros, que son más lentos, afectan a menor superficie, aunque las llamas se quedan 'pegadas' al suelo, por lo que la degradación es mayor. Así, se degrada la tierra, base de los ecosistemas terrestres, y se producirán a posteriori efectos importantes, mientras que si el incendio es suave, algunas plantas herbáceas pueden germinar en pocas semanas. En una zona de matorral, sin embargo, no se regenera hasta pasados tres, cinco o incluso diez años, y si lo que se quema es un bosque de hace cien años, al menos pasarán otros cien años en volver a un suelo similar.

Fauna muerta o desplazada

En lo que respecta a la fauna, hay que lamentar que no existan datos sobre el número de animales que mueren durante los incendios en cada verano, pero los efectos son extensos y se producen tanto de forma directa o indirecta. De este modo, el efecto es la muerte inmediata de toda la fauna que no es capaz de huir, como los pequeños animales, desde insectos a pequeños mamíferos, anfibios, reptiles, los pollos de aves que están en el nido, que mueren quemados porque no pueden volar, así como toda clase de insectos polinizadores. Por otro lado, los efectos indirectos para la fauna se producen en el hábitat que antes ocupaban y que el fuego destruye, por lo que se pueden ver obligados a desplazarse a otras zonas, porque se ha quemado el bosque o porque las charcas se han colmatado por sedimentos o un cambio de especies. Al mismo tiempo, aunque no se marchen, en los siguientes años su éxito reproductor es menor, ya que hasta que no se recupere la vegetación dispondrán de menos alimento.

Los efectos de los incendios forestales, además de la evidente pérdida dramática por el fallecimiento de personas, van mucho más allá de la destrucción de árboles. Por un lado, es evidente que los fuegos provocan una pérdida económica directa para los propietarios del monte, también para la población cuyas propiedades (casas, pastos, infraestructuras agrícolas, etc.) son quemadas por las llamas. Pero el efecto económico es muy superior. Leña, setas, frutos silvestres, caza, pesca, etc., son algunos de los productos obtenidos directamente de los ecosistemas forestales.

Actuar con firmeza

Frente a los incendios forestales es necesario actuar con firmeza sobre las causas que los motivan, con un enfoque preventivo. Una medida básica en este sentido es que la biomasa que se acumula en las zonas forestales se recoja durante todo el año unido a otras labores de aprovechamientos de otros recursos de los montes, tratamientos de las masas forestales y, en definitiva, una política forestal activa. Incentivar esta actividad silvícola generaría empleo rural, contribuiría al buen desarrollo de las masas forestales y permitiría el aprovechamiento energético de estos residuos forestales (para uso térmico o para generar electricidad renovable), con lo que se reduciría además nuestra dependencia energética. Pero la realidad es que no se está potenciando suficientemente el uso de biomasa para calefacción (pellets o astillas) y que se han eliminado las primas para instalaciones de biomasa eléctrica. Cuando el 80 por ciento de los incendios tiene su origen en causas humanas, la prevención estriba en actuar sobre las causas que los motivan y así evitar que se produzcan, y sancionar a los responsables de acuerdo a la gravedad del siniestro, aunque desgraciadamente las penas todavía son pequeñas.


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