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El blog de Joaquín España

Soy cazador desde que me acuerdo y tanta era mi afición al campo que el castigo habitual corrector en mi casa era quedarme los domingos sin salir al campo. He trabajado y dirigido la revista Caza y Pesca más de veinte años en diferentes etapas, por lo que como periodista y veterinario que soy, creo llevo un bagaje suficiente para verter mis opiniones sin más que meditar cada una de mis palabras. La inquietud, el conocimiento y un poquito de humildad me permite aprender algo cada día. Me enorgullezco de mis ancestros, de mi familia y de mi libro, que tarde mucho en preparar, pues un ensayo sobre la caza no es cosa que se haga en dos días. Soy cazador, pescador, y si algo hay que me inyecte la vida en mis venas es la música, por la que siento pasión y a la que le dedico mucho de mi tiempo libre.

 

Protestamos mucho pero…

Es curioso nuestro colectivo. Seguro que si preguntamos a cada uno de nosotros cuál es el problema de la caza, todos sacaremos a colación lo que nos pasa y cómo debemos arreglarlo, pero muy pocos nos preocupamos del principio, de la base, del origen de nuestra intensa problemática actual, que no es otra que la pésima imagen pública que tenemos.

Y siempre se dice que cada uno tiene lo que se merece. Porque, queramos o no, nos hemos instaurado en nuestros trece a la hora de decirle a la sociedad quiénes somos. Más bien nos hemos empeñado en no decir nada y que sea la sociedad la que venga a conocernos y comprendernos, y eso hoy en día no funciona. Seguimos empeñados en que, puesto que la razón y la Ley nos asisten, nada tenemos que hacer, siendo los demás los que tienen que esforzarse en conocernos y comprendernos.

Pues no, y a la vista está que nos equivocamos. A pesar de ser legión, nuestro colectivo es uno de los peores vistos por la sociedad. Esto además es aprovechado por grupos animalistas y anticaza, porque les facilitamos enormemente ser diana de sus protestas y la fuente de sus ingresos. Y nosotros nos dedicamos a hacerles el ‘caldo gordo’ con nuestra actitud y nuestra desidia.

Muchos, la mayoría de los cazadores, tienen una filosofía muy clara ante esta situación, ignorarla pensando que, como ellos (los enemigos) están equivocados, no hay que hacer nada. Mientras ellos (los enemigos) siguen socavando nuestra imagen con gran efectividad. Vamos a poner un ejemplo: ¿Se acuerdan de la gran manifestación que reunió en Madrid a más de doscientos mil cazadores y que colapsó la Castellana? ¿Recuerdan qué es lo que fue noticia para todos los medios de comunicación? Yo sí, fue la presencia en aquella manifestación de cinco militantes animalistas disfrazados que aparecieron unos segundos en la cabecera de la manifestación, justo, ¡oh, sorpresa!, cuando aparecía toda la prensa. Y podría dar muchísimos ejemplos, como los miles de manifestantes que reunimos en cada provincia en nuestras manifestaciones y que no tienen eco en la prensa, sin embargo, los animalistas y anticaza, con sólo cincuenta, sí, cincuenta manifestantes, salen en todas las cadenas de televisión. Y después de esto: ¿alguien piensa que estamos por el buen camino? ¿Alguien piensa que no tenemos que hacer nada? Pues perdónenme, creo que estamos totalmente equivocados.

Manifestación de cazadores del 1 de marzo de 2008 en Madrid.

Ya hace muchos años, y está publicado, abogué porque la federación destinara parte de sus fondos a unas campañas de imagen de la caza y del cazador, y hoy por hoy, pienso lo mismo, aunque ahora creo que ha de ser el colectivo el que se movilice en ese sentido creando sus propios instrumentos. Y no para convencer a los anticaza, no, sino para abrirle los ojos a la sociedad actual. Nadie va a venir a ayudarnos, nadie va a darnos ninguna razón y el tiempo corre en nuestra contra. Cuanto más tiempo tardemos en entender que necesitamos levantarnos de la poltrona y empezar a trabajar eficazmente en la unión del colectivo, menos tiempo vamos a tener para revertir esta situación.

Las redes sociales arden, los insultos, amenazas y los deseos de muerte hacia los cazadores crecen de manera exponencial. No son pocos los que sufren acoso, incluso en su propio trabajo, por parte de grupos extremistas que se confiesan animalistas, luchadores y que no piensan respetar ni leyes ni la integridad física del cazador. Y nosotros seguimos enfrascados en nuestra cada vez ‘más pobre’ razón, perdiendo día a día los pocos apoyos que nos van quedando en la sociedad.

Yo sí me he propuesto luchar, pero no basta con que unos pocos nos revelemos y nos pongamos en marcha, ya que hace falta la ayuda y el apoyo de todos, porque la voluntad y las buenas palabras se quedan en eso, simplemente en buenas palabras y cada vez está más cerca el que nuestros hijos, o quizás nuestros nietos, no tengan la oportunidad de disfrutar de la caza como nosotros lo hicimos, porque no quisimos esforzarnos en defender nuestras razones ante la sociedad, porque no quisimos adaptarnos a los nuevos tiempos, porque nos negamos a hacer lo necesario.

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Creo que tiene razón en todo lo que indica, pero me temo que tenemos la batalla perdida. Pienso esto porque veo que la población urbanita cada vez esta más alejada de la realidad natural y observo como se ha instalado en la sacralización de los animales, siendo la que más vida salvaje destruye con su actividad económica, siempre he dicho que como miembro de esta sociedad destruyo mucha más naturaleza, que como cazador, en este último caso lo que capturo se puede regenerar, en el primero muy difícilmente.
Cuando se habla de la mala imagen que tenemos ante la sociedad es verdad que me importa un pimiento, ya que la verdad se cae por su propio peso, esa sociedad no distingue entre el furtivo matarife y el cazador legal y respetuoso con el medio y los propios animales que caza, del mismo modo, que no es capaz de entender que la caza ha existido siempre y la que hace el ser humano también forma parte del equilibrio natural, mientras que todo lo que utiliza de forma irracional, sobreexplotando y contaminando la sociedad urbanita, no contribuye a ese equilibrio. Un urbanita al uso (seguramente más del 80% de la población), ante la muerte de una perdiz, un jabalí o cualquier otra pieza de caza por uno de nosotros, lo ve como un acto innecesario, ya que las pechugas o chuletas que de ellas se pueden sacar, se encuentran fácilmente incluso dispuestas en bandejas cuando no precocinadas en cualquier supermercado, es decir, tienen más derecho a vivir, que el pollo o el cerdo que otros han "asesinado" por ti, según ellos de una forma más ética. Soy de un pueblo de la provincia de Guadalajara, y llevo cazando primero como morralero y después digamos que en activo desde que tenía seis años, de todos los cazadores paisanos míos que hemos ejercido la venatoria en el término de mi pueblo, quedamos cinco y nuestros hijos ninguno va a seguir nuestros pasos, y no será porque no nos hayan visto cazar y traer las piezas a casa. La verdad me hubiera gustado que mi hijo sintiera la misma pasión que yo sentía cuando tenía su edad por acompañar a mi padre, abuelo y tíos, pero no veo que sea así, y últimamente casi lo prefiero porque pienso que podría llegar a ser el último de una especie (la humana cazadora) y no me gustaría que tuviese que sufrir la asquerosa incomprensión de la sociedad urbanita neotecnológica.
De todas formar, aunque soy muy pero que muy pesimista, le agradezco a Vd. y a otros que le acompañan en ese nuevo partido político que han fundado su esfuerzo, ojala me equivoque y tengan éxito.

Creo que tiene razón en todo lo que indica, pero me temo que tenemos la batalla perdida. Pienso esto porque veo que la población urbanita cada vez esta más alejada de la realidad natural y observo como se ha instalado en la sacralización de los animales, siendo la que más vida salvaje destruye con su actividad económica, siempre he dicho que como miembro de esta sociedad destruyo mucha más naturaleza, que como cazador, en este último caso lo que capturo se puede regenerar, en el primero muy difícilmente.
Cuando se habla de la mala imagen que tenemos ante la sociedad es verdad que me importa un pimiento, ya que la verdad se cae por su propio peso, esa sociedad no distingue entre el furtivo matarife y el cazador legal y respetuoso con el medio y los propios animales que caza, del mismo modo, que no es capaz de entender que la caza ha existido siempre y la que hace el ser humano también forma parte del equilibrio natural, mientras que todo lo que utiliza de forma irracional, sobreexplotando y contaminando la sociedad urbanita, no contribuye a ese equilibrio. Un urbanita al uso (seguramente más del 80% de la población), ante la muerte de una perdiz, un jabalí o cualquier otra pieza de caza por uno de nosotros, lo ve como un acto innecesario, ya que las pechugas o chuletas que de ellas se pueden sacar, se encuentran fácilmente incluso dispuestas en bandejas cuando no precocinadas en cualquier supermercado, es decir, tienen más derecho a vivir, que el pollo o el cerdo que otros han "asesinado" por ti, según ellos de una forma más ética. Soy de un pueblo de la provincia de Guadalajara, y llevo cazando primero como morralero y después digamos que en activo desde que tenía seis años, de todos los cazadores paisanos míos que hemos ejercido la venatoria en el término de mi pueblo, quedamos cinco y nuestros hijos ninguno va a seguir nuestros pasos, y no será porque no nos hayan visto cazar y traer las piezas a casa. La verdad me hubiera gustado que mi hijo sintiera la misma pasión que yo sentía cuando tenía su edad por acompañar a mi padre, abuelo y tíos, pero no veo que sea así, y últimamente casi lo prefiero porque pienso que podría llegar a ser el último de una especie (la humana cazadora) y no me gustaría que tuviese que sufrir la asquerosa incomprensión de la sociedad urbanita neotecnológica.
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